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EDITORIAL
México: ¿polarización o fragmentación?
Alejandro Deustua
1 de Diciembre de 2006
El desconocimiento de los resultados de las elecciones de julio
pasado por Andrés Manuel López Obrador ciertamente
incrementó el poder de las fuerzas fragmentadoras que hoy
cercan a México. Pero el impune desafío al Estado
de Derecho perpetrado por ese ciudadano ha llevado la inestabilidad
política en ese país a extremos no vistos desde la
primera mitad del siglo XX.
En efecto, la autoproclamación de López Obrador
como “presidente legítimo” no dejaría
de ser un gesto histriónico si no fuera porque ha sido acompañado
por la movilización de masas y por la probable comisión
de un delito constitucional: el intento de los parlamentarios del
PRD de impedir físicamente la juramentación del presidente
Felipe Calderón que es mandada por la Constitución
mexicana.
Sin embargo la incursión en el delito de usurpación
del poder por el líder del PRD y lo que podría denominarse
intento de golpe de Estado preventivo llevado a cabo por sus partidarios
congresales parecen haber sido considerados como una “seria”
pero legítima demostración de oposición a un
presidente reconocido por la autoridad electoral mexicana, por la
mayoría de los ciudadanos de ese país y por la comunidad
internacional.
Esta percepción del problema ha llevado al presidente Calderón
a una infraestimación del mismo en una transmisión
del mando que hubo de llevarse a cabo al estilo de una maniobra
militar. En efecto, en una exitosa intrusión el presidente
de México apenas pudo expresar que “no ignoraba la
gravedad de la situación” mientras reservaba las propuestas
de diálogo para el día siguiente en un acto que ni
siquiera se llevó a cabo en la sede del Ejecutivo, como corresponde
a una autoridad de su jerarquía, sino en el Auditorio Nacional.
Ello demostró no sólo la magnitud de la amenaza
planteada por López Obrador sino la fragilidad del gobierno
legítimo de México y la subestimación por el
mandatario de su propia autoridad.
Es cierto que al asumir el cargo en un contexto de extraordinaria
polarización, un Jefe de Estado debe intentar el diálogo
y proponer la recomposición de la unidad nacional como lo
hecho el Presidente Calderón. Pero al hacerlo también
debe reconocer públicamente cuál es la situación
que encuentra (especialmente cuando ésta es evidente en las
pantallas de TV) y no dar señales de que su autoridad puede
ser recortada con impunidad al punto de que se le impida el uso
de sus capacidades.
Si es claro que éstas no se limitan al uso de la fuerza,
el reconocimiento de que esa autoridad puede ser recortada (p.e.
a través de la denegación ajena del uso de los centros
físicos del poder) recuerdan lo ocurrido con el Presidente
Calos Mesa que, al adelantar que no emplearía la fuerza,
incrementó la disposición al desafío por quienes
luego obligarían a su renuncia desde la calle. Ello trae
a la memoria también las consecuencias de inestabilidad que
luego padecieron los vecinos de Bolivia.
A pesar de ello, es probable que el Presidente de México
logre recuperar, con el apoyo ciudadano y el respaldo internacional,
parte del terreno perdido en beneficio de los generadores de inestabilidad.
Esa tarea, sin embargo será ardua y de largo plazo porque
esos agentes no se limitan a la oposición del PRD. Éstos
son múltiples y violentos (el caso de las mafias narcotraficantes
que llevan 3000 muertos en su haber), están agresivamente
agazapados (los grupos guerrilleros no erradicados) y en otros casos
ya han conquistado baluartes territoriales de poder (Oaxaca).
Mucha de esa dinámica fragmentadora se aliviaría
si otro de los actores responsables –el sistema interamericano-
asumiera al respecto las obligaciones que competen a sus miembros.
Éstas han sido establecidas en la Carta Democrática
que permite que el Secretario General de la OEA y el Consejo Permanente
se preocupen activamente por la seguridad democrática de
un Estado americano cuando el proceso institucional de ese Estado
esté en riesgo o cuando peligre el legítimo ejercicio
del poder por las autoridades correspondientes.
En este caso es el propio Jefe de Estado amenazado el que podría
solicitar la evaluación del caso y ciertas medidas estabilizadoras
(p.e. una mediación). Como el Presidente de México
no lo hará porque quizás considere que su país
no ha llegado a ese extremo, porque confesaría mayor debilidad
y porque la tradición de la defensa del principio de no intervención
en la conciencia colectiva se lo impide, la comunidad interamericana
podría empezar emitiendo una no intervencionista declaración
en la que expresara su preocupación por las actividad desestabilizadora
de López Obrador y de sus seguidores. Pero, a la luz, del
debilitamiento del régimen de protección colectiva
de la democracia representativa en la región, los mandatarios
americanos probablemente tampoco darán ese paso.
Es posible que tal inacción se ampare en los requerimientos
que dictan de prudencia. Pero si la lectura de esa cualidad es errada,
la posibilidad de que la inestabilidad que genera México
se entronque con la propalan otros socios hemisféricos (p.e.,
Venezuela) es clara y visible. Si ella evoluciona hasta convertirse
en el nuevo statu quo regional, los ciudadanos que hemos demorado
en acceder al Estado de Derecho y a la democracia lamentaremos,
en imposible inercia, la llegada de un nuevo ciclo de anarquía
y estancamiento en la región.
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