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EDITORIAL
Ecuador: desarrollismo, populismo e interés nacional
Alejandro Deustua
27 de Noviembre de 2006
A pesar de la inestabilidad política en Ecuador y del proceso
de transición democrática en el Perú de los
últimos años, ambos países han desarrollado,
a partir de los tratados de 1998, intensos vínculos en todos
los campos.
Ello es indicador de que los intereses nacionales bilaterales
emergidos después de un conflicto armado pueden ser complementaria
y efectivamente construidos por Estados débiles. Para que
esta evolución estratégica que beneficia a peruanos,
ecuatorianos y a la región continúe, es necesario
que el próximo presidente del Ecuador los incorpore a su
agenda de manera más explícita y menos postergada
que la otorgada por el candidato Rafael Correa hasta ahora.
Especialmente si el probable presidente electo del Ecuador llegará
al poder sobre una plataforma fuertemente ideológica, predispuesto
a alineamientos regionales inarmónicos y convencido de la
necesidad de reformas institucionales que, de momento, no auguran
a su país estabilidad interna.
En efecto, el señor Correa y los miembros de su movimiento
Alianza País son tan apasionados promotores de la democracia
participativa en Ecuador como opositores de los partidos políticos
que definen la democracia representativa que los miembros del sistema
interamericano, incluido el Perú, se han comprometido a proteger.
Y su definición del mercado no es la del escenario en el
que la oferta y la demanda deciden los precios estableciendo el
orden económico sino un espacio de construcción social
en el que el desarrollo, asistido por el intervencionismo estatal,
debe ser organizado. En esto no sólo no hay coincidencia
con lo que ocurre formalmente en el Perú sino que la referencia
excluyente es Venezuela y Bolivia (y el resto de los países
del MERCOSUR sin que el señor Correa distinga la realidad
liberal chilena, p.e.).
De otro lado, el programa de gobierno del señor Correa
no parece conceder a la versión moderna de la soberanía
las limitaciones de la interdependencia mientras que su inserción
en el sistema interamericano supone un juego de suma 0 en la que
la vinculación o alejamiento de Estados Unidos traza la línea
de sus preferencias.
Pero más preocupante es la parcial referencia a una política
vecinal que privilegia la relación con el Brasil mientras
que promueve una estricta neutralidad en relación al conflicto
interno colombiano –y específicamente frente a las
FARC- para no comprometer la seguridad ecuatoriana. En ese ámbito
el Perú no aparece, esperamos que por error, en el programa
de gobierno.
Y el desbalance vecinal evoluciona hacia el planteamiento antisistémico
regional cuando el probable presidente electo enfila fuegos contra
la integración económica (la de los “grandes
mercados”, que es el requerimiento de Prebisch) para priorizar
la política a pesar de sus pésimos resultados cuando
carece de infraestructura y de interdependencia suficientes (algo
que, en la próxima cumbre cochabambina, la Comunidad Suramericana
de Naciones desea imprudentemente maximizar explorando los inexistentes
campos de la “nación” y “ciudadanía”
regionales). Ello incluye propuestas “políticas”
de unión monetaria cuando simultámente se compromete
el mantenimiento de la dolarización en Ecuador.
Sin embargo, el señor Correa sí concuerda con el
objetivo peruano de promover un nuevo orden internacional. Pero
en lugar de proceso o aspiración, lo suyo es objetivo revolucionario
en el que la confrontación antes que la negociación
parece preludiar el ejercicio organizado del poder económico
del sector público.
Si esta orientación chavista se pone en marcha, la fragmentación
regional se agudizará mientras se intensifica la polarización
interna y el conflicto interinsitucional en el Ecuador.
La buena relación con nuestro vecino es indispensable para
el Perú. Es necesario que el señor Correa también
lo entienda así y que actúe en consecuencia.
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