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EDITORIAL
Perú en APEC: relaciones de integración
y de poder
Alejandro Deustua
22 de Noviembre de 2006
La participación del Perú en la XIV cumbre de la
APEC ha destacado menos por su rol en la reunión de Hanoi
que por dos resultados bilaterales concretos: la suscripción
con Rusia de un acuerdo que establece “relaciones de socios”
entre los dos países y el desbloqueo de la relación
con Japón.
Estos resultados indican que, de manera complementaria a la comunitaria
agenda económica de la APEC y su disminuida preocupación
de seguridad (concentrada en el terrorismo), la relación
con una superpotencia económica que evoluciona complejamente
y otra reemergente con influencia decisiva en el sistema internacional
y en la cuenca del Pacífico, ha motivado esta vez a la política
exterior peruana.
Ello confirma que la “alta política” (aquélla
que prioriza las preocupaciones del poder) ha regresado a nuestra
agenda externa en el ámbito de la “baja política”
(los temas de integración) luego de la morosa negociación
con Estados Unidos cuyos resultados son aún inciertos.
Esperamos que en Cancillería halla conciencia de ello y
que no se desconozca esa realidad con la retórica minimalista
de una simple vocación cooperativa con vistas a la cumbre
de la APEC que el Perú organizará en el 2008.
En este marco el acuerdo con Rusia no es sólo uno que abre
la posibilidad de generar cooperación bilateral y multilateral
en todos los sectores (especialmente porque parte de un nivel muy
bajo): el status de “socios” que ambos Estados se han
reconocido debe tener una efectiva dimensión estratégica.
Si es claro que al respecto debemos tener en cuenta la asimetría
de capacidades entre las partes, también es necesario estar
al tanto de su diferente calidad de proyección.
Al respecto, la voluntad rusa de reposicionamiento en el sistema
internacional luego del acuerdo suscrito con Estados Unidos que
facilitará su acceso a la OMC, de la contribución
personal del presidente Putin al desarrollo de la agenda de la APEC
(que no incluyó el problema de Corea del Norte) y de su renovada
aproximación a la Unión Europea (Rusia busca la renovación
del acuerdo de asociación que está a punto de expirar
promoviendo la definición de valores comunes en el marco
de la diversidad y un espacio económico que incluya luego
libre circulación de bienes y personas) parece no sólo
decidida sino adecuadamente perfilada.
La pregunta es si la orientación de la inserción externa
del Perú tiene similar consistencia. En caso de no tenerla,
el acuerdo que eleva el status de la relación a la de “socios”
debe contribuir a definirla y en ningún caso debe ser retórico.
Menos cuando el intercambio comercial no llegó a US$ 100
millones el año pasado, los vínculos de aprovisionamiento
militar son prácticamente inútiles y la cooperación
cultural y científica se reduce a la presencia de estudiantes
peruanos en Rusia cuyo destino laboral es incierto.
Para empezar, el acuerdo peruano-ruso debe enmarcarse en un mejor
conocimiento de la aproximación rusa a Suramérica
y en una adecuada definición de nuestros intereses en Eurasia.
Por lo demás, es evidente que la especificidad de esa cooperación
política no podrá contradecir la orientación
de los compromisos establecidos con nuestros principales interlocutores,
que ésta debe orientarse por valores liberales (la democracia,
los derechos humanos y los principios del libre mercado) y que no
puede darse en el vacío actual.
Para brindar contenido bilateral a esta relación es necesario
potenciar la raquítica relación económica,
explorar a cabalidad las posibilidades de una adecuada participación
rusa en la repotenciación del equipo militar de ese origen
(especialmente el requerido para conformar el núcleo básico
operativo de la fuerza armada) y obtener el mejor conocimiento ruso
disponible (los sectores energético y aeroespacial son buenas
referencias).
De manera paralela a la construcción de esa base material,
la cooperación de seguridad debe orientarse al combate efectivo
de las amenazas globales (el terrorismo, el crimen organizado) y
maximizarla en el ámbito multilateral (especialmente en la
solución pacífica de conflictos regionales ahora que
el Perú tiene un sitio temporal el Consejo de Seguridad de
la ONU).
Como estímulo de esa disposición el Perú
debe contribuir a la incorporación rusa a la OMC en términos
no menores que los otorgados a China con ese propósito. Ello
debe suponer, por tanto, el reconocimiento de Rusia como economía
de mercado previa solución de las controversias económicas
que pudieran haberse presentado, del compromiso ruso de incrementar
su participación en el mercado peruano y del mejoramiento
del acceso de nuestras exportaciones al mercado euroasiático.
De otro lado, el acuerdo peruano-japonés sobre “recomposición
y profundización” de la relación bilateral debe
ser bienvenido siempre que éste no represente una evasión
de la responsabilidad japonesa de brindar explicaciones, de manera
reservada, por el excepcional vínculo mantenido con Alberto
Fujimori.
El interés del Perú por mantener las mejores relaciones
con Japón están a la vista: esa potencia es la segunda
mayor economía nacional, es un aliado occidental vital en
Asia, su proyección en la cuenca del Pacífico es extensa
y estabilizadora y es el origen de empresas de extraordinaria capacidad
de generación de capital y tecnología. Si estas capacidades
se complementan con una vocación multilateral de sólido
apego a los principios de la ONU, es evidente que el Perú
no puede darse el lujo, sino a gran costo, de prescindir de su cooperación.
Lamentablemente, quien personificó al Estado y a la Nación,
el señor Fujimori, ha pervertido el interés nacional
correspondiente. De allí que éste deba ser adecuadamente
saneado. Para ello no basta la disposición japonesa de respetar
el proceso de extradición al que está sometido Fujimori
en Chile y mucho menos apreciaciones que cargan al gobierno anterior
con la responsabilidad del impasse.
Si el Estado peruano ha sido agredido por su máximo representante
con la contribución de una potencia mayor, ésta debe
dar satisfacciones y compensar el daño inferido. Nuestras
autoridades no pueden obviar este requisito sin caer en un desmedido
pragmatismo que desmerecería aún más al Estado
que representan. Esperamos que este requerimiento haya sido atendido
y, si lo ha sido, que así se declare públicamente.
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