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EDITORIAL
APEC: ¿una zona de libre comercio liderará
el comercio global?
Alejandro Deustua
17 de Noviembre de 2006
Cuando en 1947 el GATT legisló sobre las zonas de libre
comercio y las uniones aduaneras no lo hizo con entusiasmo.
En tanto el propósito era organizar un régimen de
comercio global sobre las bases del principio de no discriminación
y la afirmación de la cláusula de la nación
más favorecida, los acuerdos de integración de ámbito
regional no parecían una contribución sustantiva a
la causa económica multilateral. Éstos eran más
bien vistos como discriminatorios, susceptibles de establecimiento
de reglas propias y, por tanto, funcionales a la problemática
que, en la primera parte del siglo XX, causó la fragmentación
del comercio internacional y el incremento de la tendencia al conflicto.
En consecuencia, su aceptación regulada fue considerada
como una excepción al régimen global y no como su
norma. Por lo demás se tomaron precauciones para su uso:
los convenios que creaban áreas de libre comercio debían
ser informados al GATT y los intercambios que registrasen deberían
incluir “sustancialmente” todo el comercio. En consecuencia
quedaba claro que la autoridad prevaleciente era la del régimen
global y que el libre comercio no podía estar referido a
sectores o a valores minoritarios de los intercambios.
En la década de los 50 del siglo pasado, la creación
de la Comunidad Europea en 1957 y, en menor escala, de la ALALC
en 1959, entre otras, inició un proceso de gradual incremento
de zonas de libre comercio que se expandió hasta la creación
de la OMC en 1994. Si para ese entonces estos acuerdos plurilaterales
ya proliferaban, a partir de entonces su crecimiento fue exponencial.
No obstante que la OMC incorporó la regulación del
GATT con algunas clarificaciones, la discusión sobre si estos
acuerdos contribuían u obstaculizaban el comercio mundial
en una etapa de globalización adquirió entonces extraordinaria
vitalidad académica y política.
Previamente, la creación del MERCOSUR en 1991 había
ya suscitado protestas marginales (como antes ocurrió con
la Comunidad Europea) de terceros y representantes de ciertas industrias
Y, a. la luz de la proliferación de acuerdos de libre comercio,
el argumento principal pareció atender menos a la discriminación
potencial que a la complejidad de la administración de los
acuerdos (la pésima metáfora del “plato de tallarines”
fue la más recurrida para dar cuenta de la complicación
de la gestión del comercio mundial).
En ese contexto, sin embargo, el régimen global de comercio
no pudo probar su eficiencia: la ronda Doha (la primera negociación
multilateral en el ámbito de la OMC) fue de tumbo en tumbo
hasta orillar el fracaso este año. Aunque sin relación
directa con esa falta de éxito multilateral y quizás
más alentados por el principio de regionalismo abierto, los
miembros de la APEC, organización creada en 1989 no como
un área de libre comercio sino como una zona de facilitación
de los intercambios, de la inversión y de cooperación
económica entre 21 economías del Pacífico que
representan aproximadamente el 60% del PBI y el 50 % del comercio
globales, adoptaron los compromisos de Bogor: los países
más avanzados de la zona procurarían establecer una
zona de libre comercio en el Pacífico hacia el 2010, mientras
que los países menos avanzados se adherirían el 2020.
Para un grupo de países –especialmente los asiáticos-
cuyo proceso de integración avanza más al ritmo de
la interdependencia creciente de sus economías que de la
creación de mecanismos de integración éste
no parece haber sido un paso que se haya dado con mucho entusiasmo.
Y menos cuando la normas entre los miembros de la APEC prioriza
la discrecionalidad: cada miembro hace la oferta de apertura que
puede y luego el conjunto la consolida.
Y tampoco lo es ahora cuando en la XIV cumbre de la APEC algunos
países, entre ellos Perú y Chile, han propuesto informalmente
dinamizar dentro de la APEC ese proceso. Estados Unidos ha co-liderado
la propuesta mientras que el Perú desea que éste incorpore
en el mediano plazo a los países latinoamericanos del Pacífico
(incluyendo a los que hoy no son todavía miembros de la APEC,
como los centroamericanos, Colombia y eventualmente, Ecuador). Como
es evidente, estos países comparten entre sí algo
más que una costa marítima: han negociado o suscrito
un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos (aunque Ecuador
no ha concluido las negociaciones y está pendiente la ratificación
en los casos de Perú y Colombia) y probablemente lo harán
con Canadá.
A esta iniciativa se ha agregado una condición: la negociación
del acuerdo se apresuraría si la ronda Doha fracasa definitivamente.
A pesar de las dificultades que, por razones internas, encuentra
sobre esta materia Estados Unidos, con ello se está creando
un punto de inflexión: ahora es un grupo de países
antes que el conjunto que adhiere a la OMC el que impulsaría
el comercio global. Si ese grupo de países llegase a conformar
un acuerdo de libre comercio, la excepción original se habría
vuelto norma y el régimen global seguiría entonces
los pasos de las agrupaciones regionales.
En la medida en que no halla conflicto, este desarrollo podría
ser aceptado por la mayoría y presionaría a la Unión
Europea y a las potencias emergentes que tienen dificultades de
consenso en la Ronda a que flexibilicen sus posiciones. Pero, a
la luz de la experiencia de la primera mitad del siglo XX, ciertamente
no es ésta la alternativa ideal.
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