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EDITORIAL
TLC: más reclamo de aprobación y menos lobby
Alejandro Deustua
15 de Noviembre de 2006
Cuando los Estado negocian y suscriben un tratado internacional
lo normal es que la responsabilidad de lograr su aprobación
o ratificación legislativa corresponda a cada uno de ellos.
El motivo es doble. De un lado, en tanto las ventajas del tratado
se asumen como mutuas al margen de quién obtiene más,
los intereses nacionales correspondientes obligan a cada Estado
a satisfacer esos intereses también en el ámbito interno.
Del otro, ésa es una gestión que es propia de la jurisdicción
de cada Estado en la que el cofirmante no tiene rol que cumplir.
Extraordinariamente, éste no es el caso del TLC suscrito
por el Perú con Estados Unidos. Como es evidente, aquí
el “Estado extranjero” (el nuestro) no sólo se
ve hoy obligado a participar abiertamente en el proceso interno
norteamericano sin que halla ley que lo reclame, sino que debe hacerlo
a través de un lobby de altísimo nivel que lo compromete
oficialmente. Mientras tanto el Ejecutivo norteamericano, que hace
similar esfuerzo, parece asumir que esa labor -y la dilación
de la aprobación- es natural al proceso burocrático
norteamericano.
Así vemos que, además de los servicios privados
contratados, un equipo del gobierno, nuestro Embajador y un representante
personal del Presidente hacen gestiones oficiales para convencer
a la contraparte parlamentaria de las ventajas del acuerdo efectivamente
son compartidas, mientras que el presidente de Colombia, un efectivo
aliado norteamericano, trata de convencer a su interlocutor de que
no demore su visto bueno sin obtener resultados.
Esta situación no sólo es atípica, sino que
evidencia que el interés norteamericano en la negociación
del TLC no ha sido adecuadamente definido, que el trabajo de lograr
consenso se realizó más en el Perú que en Estados
Unidos, que la intensidad conflictiva de la política interna
norteamericana efectivamente es capaz de arrastrar consigo al denominado
interés nacional y que el trato del interlocutor, como siempre,
depende de la dimensión de su importancia estratégica
y de los beneficios concretos que es capaz de generar para la primera
potencia.
Pero la situación de dilación señala responsabilidad
para la parte peruana también. Si las elecciones legislativas
norteamericanas estaban incluidas en el cronograma post -negociación,
es evidente que los negociadores peruanos no las tomaron adecuadamente
en cuenta.
En efecto, en tanto el equipo negociador fue esencialmente “tecnocrático”
(concepto que sus beneficiarios emplearon excluyentemente) es evidente
que desatendieron la dimensión política del tratado.
Así, no sólo fueron incapaces de obtener un trato
diferencial sustantivo acorde con el nivel de desarrollo del país
ni lograron los beneficios que podían derivarse del fundamento
de seguridad que alumbraba el régimen que iba a ser sustituido
(el ATPDEA que, a su vez, había reemplazado al ATPA), sino
que, como vemos ahora, su evaluación del impacto del proceso
electoral norteamericano fue completamente errada.
A la luz de estas consideraciones, parece inadecuado que las autoridades
peruanas del más alto nivel sigan haciendo lobby ante congresistas
norteamericanos de intereses dispersos: algunos desean “proteger
al trabajador peruano”, otros al norteamericano, otros no
desean libre comercio y otros sencillamente desean contrariar al
Ejecutivo y al opositor del partido republicano. Para probarlo allí
está la oposición de la mayoría de la Cámara
de Representantes a aprobar la ley que concede a Viet Nam, sede
de la actual cumbre de APEC y socio potencial de una gran zona de
libre comercio, la calidad de contraparte comercial “normal”
cuando ese Estado se dispone a perfeccionar su incorporación
a la OMC.
En lugar de insistir en el ejercicio del lobby de alto nivel el
gobierno debiera demandar por escrito a esos congresistas que asuman
sus responsabilidades, que evalúen bien los beneficios asimétricos
que obtienen del tratado y la calidad de socio que ofrece el Perú
en un área convulsionada como la andina.
Entendemos que esta propuesta puede parecer inadecuada a quienes
consideran que del TLC con Estados Unidos depende la dimensión
exportadora de la economía. Ellos debería recordar,
sin embargo, que fueron los miembros del Partido Demócrata
los que, durante la década de los 90, iniciaron un intensa
campaña de apertura de mercados cuyos resultados fueron la
suscripción del NAFTA, la implementación de la OMC
y la disposición a adoptar todas las medidas unilaterales,
bilaterales, plurilaterales para lograr su propósito aperturista.
Sobre la base de estos antecedentes, quizás debieran enrolar
para la aprobación del TLC al principal responsable de esa
política: el presidente Clinton.
Mientras tanto, debemos confiar en la disposición del Ejecutivo
norteamericano a prorrogar, de manera compensatoria antes que concesional,
el ATPDEA por el tiempo que dure el proceso de aprobación,
evaluar mejor la razón por la que el Presidente norteamericano
no remitió el texto del acuerdo al Congreso el 9 de noviembre
como se había comprometido y esperar que las seguridades
intemporales que brindó al Presidente García se hagan
realidad.
Lo que no debemos hacer es añadir al apresuramiento procesal
con que se aprobó el TLC por el Congreso peruano la súplica
de que se nos conceda un beneficio que en realidad es muto. Ello
no sólo es impropio sino que desmerecería la calidad
de socios (es decir, el status político) que el TLC acarrea.
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