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EDITORIAL
Estados Unidos: flexibilidad antes que radicalización
Alejandro Deustua
10 de Noviembre de 2006
Debido a una compleja distribución de responsabilidades
sobre la política exterior norteamericana, el cambio de composición
del Congreso en Estados Unidos tiene siempre un fuerte impacto en
el control de la misma.
En consecuencia, el triunfo de los demócratas en la Cámara
y el Senado potenciará ese efecto en el ámbito de
dos circunstancias dramáticas: el de la guerra en Irak y
el de una posible reorientación del liderazgo en la primera
potencia en la elecciones del 2008.
Sin embargo, la tensa interacción de estos factores en
momentos en que se abre un nuevo ciclo de cuestionamiento de la
eficacia del poder norteamericano (el primero fue la guerra de Viet
Nam) obligará inicialmente a demócratas y republicanos
a matizar las tendencias de polarización interna e inducirá
a los interlocutores externos responsables a no incrementar las
tendencias a la desafiliación.
Ejemplo de lo primero, es la actual disposición republicana
y demócrata a concertar parcialmente aunque la posibilidad
de generar políticas “bipartidistas” sea remota.
El precio: el bloqueo demócrata de iniciativas comerciales
consideradas no estratégicas (con graves costos para países
tan distintos como Viet Nam, Perú o Colombia).
Ejemplo de lo segundo, es la rápida toma de contacto entre
el presidente electo de México y el señor Bush o el
entendimiento bilateral ruso-norteamericano para que Rusia pueda
incorporarse a la OMC. El común denominador en estos dos
ejemplos podría describirse como respuestas de cohesión
a las tendencias internacionales de inestabilidad y desorden existentes
(y que un mayor debilitamiento interno o aislamiento de la potencia
mayor incrementaría).
Una muestra interna de esa disposición flexible es la renuncia
del Secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el nombramiento de Robert
Gates. Como es evidente, éste no es un mero cambio de nombres
sino que implica la alteración del tipo de aproximación
al quid pro quo de la última elección –la guerra-
y de la estrategia correspondiente.
En efecto, el nombramiento del pragmático señor
Gates supone la postergación de los ideologizados neoconservadores
en la conducción de la guerra de Irak. Al respecto debe entenderse
que el “pragmatismo” del nuevo Secretario de Defensa,
que sabe qué se puede hacer y qué no, no es equivalente
al “realismo” del señor Kissinger que, en su
momento, condujo una política exterior basada en una sofisticada
concepción del balance de poder y de la noción limitada
del interés nacional.
Ello quiere decir que, aunque con nuevos obstáculos, el
gobierno norteamericano no abandonará su leit motiv externo
–la “ideologizada” promoción de la democracia-
en la realización de sus objetivos de defensa sino que lo
modulará. En este marco, el apremio de la guerra iraquí
está conduciendo a la evaluación de nuevos planteamientos
estratégicos que, según se conoce, van desde la posibilidad
de incrementar la presencia norteamericana en el escenario (algo
que debió hacerse desde el principio) hasta un retiro calendarizado
en la medida en que la fuerza iraquí pueda evitar la guerra
civil y mantener el orden de un gobierno democrático.
En la medida en que ello puede requerir mayor cooperación
de los aliados institucionales norteamericanos (p.e., la OTAN),
también supondrá seguridades de que Estados Unidos
está dispuesto a cumplir con la responsabilidad de una superpotencia.
De allí que los demócratas no querrán optar,
en ningún caso, por un retiro crudo de los diferentes frentes
vitales para la seguridad norteamericana.
Pero, salvo que deseen arriesgar mayor desorden internacional,
tampoco debieran optar por un retiro económico que suponga
vulneración de compromisos adquiridos en áreas vulnerables
y convulsionadas como la andina (el caso de Perú y Colombia).
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