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EDITORIAL
Nicaragua: el sandinismo de regreso
Alejandro Deustua
08 de Noviembre de 2006
Daniel Ortega, una de los políticos más identificados
con la última etapa de la Guerra Fría en América
Latina, acaba de ser elegido para gobernar Nicaragua cuando su país
y vecinos aspiran a la modernidad.
Si el señor Ortega está al tanto de los nuevos requerimientos
democráticos y de desarrollo de su Estado y su entorno no
lo sabemos. Pero si sigue anclado en el pasado, Nicaragua y Centroamérica
corren el riesgo de perder otro cuarto de siglo. Especialmente si
el líder sandinista sigue la huella anticapitalista, antinorteamericana
y antipartidista que sostiene el ideario de su agrupación
(el viejo Frene Sandinista de Liberación).
Al revés de lo que sostiene Jorge Castañeda sobre
la desafiliación de ciertas izquierdas de la geopolítica,
la elección de Ortega sí plantea el riesgo de una
alteración estratégica en Centroamérica. Ello
puede ocurrir si el presidente electo opta por acercar a su país
a la influencia antisistémica venezolana.
Si la dimensión antiyanqui del pasado combatiente de Ortega
se deja ganar por ese centro de influencia, la relación de
poder entre Venezuela, Cuba y Nicaragua tenderá a alterar
la inserción occidental de Centroamérica en momentos
en que Estados Unidos está militarmente sobreextendido y
políticamente debilitado. Si Ortega da ese paso estará
cometiendo un grave error al sacrificar el provenir de su país
para beneficiar la influencia caribeña de Venezuela. Ésta
repercutirá, a su vez, sobre la relación de Venezuela
con Bolivia en el corazón suramericano.
Por lo demás, si el presidente electo de Nicaragua escoge
ese rumbo comprometerá también el sistema de integración
centroamericano que, sobre la base de políticas liberales,
está generando crecimiento en el istmo (que es menos intenso
que el suramericano). Y, en consecuencia, pondrá en riesgo
la compleja red de interdependencia que esa subregión ha
tejido con Occidente.
En efecto, Nicaragua forma parta del CAFTA que entró en vigencia
este año consolidando el mercado norteamericano para las
exportaciones centroamericanas. Ese mercado, que ya era dominante
en la zona, es vital para la subregión. Más aún
cuando frente a la escasa inversión, las exportaciones y
la maquila son el motor del crecimiento en ella y en Nicaragua en
particular.
Por lo demás, si Ortega decidiera asociarse estratégicamente
con Venezuela estará poniendo en cuestión el buen
desarrollo del Plan Puebla-Panamá que da organicidad a Mesoamérica
(la conjunción de Centroamérica con el sur de México)
a través de una serie de proyectos de integración
física, cooperación económica y lucha contra
la pobreza. Y de paso, arruinaría la continuidad integracionista
de los países latinoamericanos del Pacífico.
La disonancia nicaragüense con esos procesos de integración
probablemente arriesgaría también los términos
de la negociación del acuerdo de asociación política
de Centroamérica con la Unión Europea y perjudicaría
la negociación de un acuerdo de libre comercio con Canadá.
Bajo estas condiciones de “desenganche”, la posibilidad
de que Nicaragua diseñe para sí misma un escenario
de conflicto no sería desdeñable. Con una atingencia:
este escenario no consistiría sólo en un renovado
enfrentamiento con Estados Unidos, sino que atizaría la tensión
de los diferendos que sostiene con Honduras, Costa Rica y Colombia
en momentos en que Centroamérica ha elegido encaminarse por
la ruta del desarme prudente y de una seguridad colectiva incremental.
La inestabilidad que esa situación generaría en la
región sería, entonces, mayor y postergaría
irremediablemente aspiraciones nicaragüenses como la de constituirse
en una alternativa a Panamá para la construcción de
un canal transoceánico, entre otras.
Si ello ocurre, Nicaragua probablemente sería privada de
los beneficios que se derivan del status de País en Desarrollo
Altamente Endeudado que implica condonación de la deuda externa
siempre que el beneficiado ponga en marcha reformas estructurales
que le permitan crecer sanamente. En tanto Nicaragua es, después
de Haití, el país más pobre de hemisferio americano,
ese pasivo adicional no sólo tendría un alto costo
social sino que facilitaría una mayor dependencia del financiamiento
venezolano que, probablemente, ya ha sido dispuesto.
En cambio, si Daniel Ortega, circunstancialmente aliado con el
derechista y corrupto Arnoldo Alemán, decide no caer en estos
riesgos y busca la cooperación de los partidos liberales,
de sus vecinos, de Estados Unidos, del Brasil o de países
como el Perú, los beneficios de la integración y de
la modernidad llegarían con mayor prontitud a un Estado ya
extremamente violentado. La red de seguridad y de integración
de la que hoy disfruta no puede ser destruida en aras de un pasado
de sufrimiento y fracaso.
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