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EDITORIAL
Brasil, mandato de continuidad y de cambios sectoriales
Alejandro Deustua
03 de Noviembre de 2006
El triunfo en segundo vuelta del Presidente Luis Inacio Lula da
Silva (61% vs 39%) ha sido sólido e incontestable. A pesar
de los escándalos de corrupción y de la menguada división
electoral del país (el sur rico votando por la oposición
y el norte pobre por el oficialismo), es evidente que Lula ha consolidado
un liderazgo fuerte y ha obtenido un claro mandato de continuidad
al tiempo que sus conciudadanos han depositado en él expectativas
razonables de incremento del bienestar.
En un contexto internacional económicamente favorable, la
posibilidad de que Brasil se fortalezca con un renovado apoyo interno
debiera brindar a Suramérica nuevas posibilidades de cohesión
y de proyección externa. Y debiera permitir al Perú
incrementar las posibilidades de realizar mejor los contenidos de
la asociación estratégica con esa potencia regional.
Para ello Lula cuenta internamente con la posibilidad de fortalecer
aún más su liderazgo político si el diálogo
nacional al que ha convocado cuaja (el PSDB concurrirá al
llamado y posiblemente el liderazgo del PFL también) a pesar
de la resistencia de las bases partidarias.
Por lo demás, la buena perfomance económica contribuirá
a sustentar ese rol siempre que la satisfacción razonable
de la expectativa general –el mayor crecimiento y una distribución
sustentable de la riqueza- efectivamente fortalezca al gobierno.
El punto de partida es bueno: los superávits primario y de
cuenta corriente (4.9% y 1.8% el PBI) son señal de un manejo
prudente y previsor, la recaudación (20% del PBI) revela
solidez fiscal constituida en torno al gravamen del incremento de
mayores utilidades, la concurrencia de la inversión extranjera
en US$ 12550 millones muestra confianza externa (aunque un estudio
de la UNCTAD señalaba un decrecimiento de ese flujo financiero),
la desvinculación del FMI para efectos del servicio de la
deuda externa (51% del PBI) ha incrementado la confianza nacional
y las exportaciones, que han ascendido a US$ 118 mil millones, han
consolidando una balanza comercial ampliamente favorable.
Estos resultados debieran hacen sitio a un mayor crecimiento (la
duplicación del 2.5% en el 2005), a la mejora del índice
de desempleo (el desempleo abierto ha descendido a 9.8%) y al decrecimiento
de la inflación (del nivel actual de 5.7%) y de las altísimas
tasas de interés (aunque a la baja, se encuentran en 15.25%).
Aunque no se sabe muy bien cómo se procederá al respecto,
Lula se ha comprometido con una política económica
responsable (mitigando la incertidumbre por las críticas
al ortodoxo ex-ministro Palocci y por el anuncio de renegociación
de la deuda con los estados federados, lo que promovió la
venta de papeles brasileños) y con un adecuado aprovechamiento
las ventajas del contexto externo (que, a pesar de su justo discurso
inconformista, no podrá contribuir a deteriorar como lo hace
su socio Hugo Chávez).
Su política exterior, por tanto, no cambiará nominalmente
si desea aprovechar el entorno económico (del que depende
para duplicar las exportaciones brasileñas), salvo para mejorar
las condiciones de inserción en un escenario complicado económicamente
por la desaceleración norteamericana, estratégicamente
por problemas mayores de inestabilidad y desorden y regionalmente
por la descohesión suramericana. La mutación marginal
de la política exterior puede esperarse, si Brasil desea
potenciar un liderazgo extraregional y suramericano debilitado en
los últimos años y al que Lula sostiene, inverosímilmente,
que no aspira como rol (el País, Montevideo).
Al respecto las complicaciones serán mayores, sin embargo.
En el ámbito multilateral, la aspiración brasileña
de contribuir a la reforma del Consejo de Seguridad para “democratizarlo”
(con el “Grupo de los 4”) mediante su incorporación
como miembro permanente no parece de cercana realización
(por lo menos no hasta que culmine la administración Bush).
Y aunque el objetivo de lograr un nuevo orden mundial, que ahora
emerge desordenadamente, no dependerá de su política
exterior, la posibilidad de que obtenga algún éxito
en un relanzamiento de la ronda Doha en el ámbito de la reducción
de los subsidios a las exportaciones y producción agrícolas
sí tiene posibilidades de éxito. Ello dependerá,
sin embargo, de la flexibilidad de los desarrollados y de las concesiones
de apertura que esté dispuesto a realizar el G20 que el Brasil
colidera.
Por lo demás, en un calendario cercano de negociaciones interregionales
con la Unión Europea (que implica tanto a América
Latina como al MERCOSUR), Brasil perdería proyección
si, complementariamente, no da pasos de aproximación con
Estados Unidos. Al respecto, el obstáculo es la propia orientación
de la política exterior brasileña bajo el gobierno
de Lula. En efecto, aunque para aproximarse a Estados Unidos Brasil
no tiene que alinearse con la primera potencia, así pareciera
entenderlo el Canciller Amorim. Esa posición ciertamente
puede ser matizada.
Por lo demás, la aproximación a la primera potencia
contribuiría a regenera parte de la cohesión que Suramérica
y el MERCOSUR han perdido. En efecto nadie puede negar que los principales
países andinos desean asociarse a los centroamericanos para
potenciar la relación con la primera potencia sin erosionar
su calidad suramericana. Ello mismo ocurre con los países
pequeños del MERCOSUR –Uruguay y Paraguay- que desean
compensar en el mercado norteamericano lo que el MERCOSUR no ofrece
y sí traba. Si Lula está al tanto de estas disconformidades,
dará los pasos consecuentes y distensionará la relación
con la primera potencia.
Ello pasa por recuperar el liderazgo que Venezuela le ha arrebatado
en el ámbito regional y en la proyección extraregional
suramericana que Chávez ha complicado enormemente. La gran
mayoría de los países suramericanos ganarían
en estabilidad y reducirían los niveles de fricción
si Lula deja de considerar a Chávez como “un socio
trascendente” como si el rol desestabilizador del gobernante
venezolano no estuviera claro para la mayoría. Por lo demás,
estamos seguros que ello le será reclamado por los partidos
de oposición si el diálogo interno que Lula busca
cuaja.
Es con este Brasil fortalecido, pero que debe hacer cambios políticos,
con el que el Perú puede aspirar a hacer realidad una asociación
estratégica que debe acelerar el paso de una interdependencia
hasta ahora demasiado morosa.
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