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EDITORIAL
Redefinición del vínculo Perú-Japón
Alejandro Deustua
02 de Noviembre de 2006
El Perú se encuentra en pleno proceso de reinserción
económica externa y de redefinición de socios prioritarios.
En el gran escenario global, la relación con Occidente (Estados
Unidos y la Unión Europea) ha adquirido una nueva dimensión
amparada en el replanteamiento bilateral o regional de relaciones
económicas y políticas. Si desde el punto de vista
estratégico, Japón es una superpotencia económica,
un poder sustancial en la cuenca del Pacífico y un principalísimo
aliado occidental, el Perú no puede mantener con ese Estado
una relación minimizada sino a un gran costo estratégico
absoluto y relativo.
Aunque la relación con Japón haya mejorado diplomáticamente
con el insuficientemente explicado alejamiento de Alberto Fujimori
de Tokyo, la relación con esa potencia es mínima desde
el punto de vista del valor de los intercambios y continúa
pervertida por la influencia nefasta que ejerció sobre ella
un ex-mandatario que traicionó a su país.
Bajo estas condiciones, el gobierno ha nombrado a un nuevo embajador
con el propósito de normalizar el vínculo y el propio
Canciller se propone realizar una visita oficial al Japón
con ese mismo propósito y, de paso, avanzar en las conversaciones
sobre un TLC que México ya tiene y Chile está negociando.
Ese paso, sin embargo, no puede darse sin que la defensa de lo sustancial
de la soberanía del Estado –su identidad política-
haya sido fortalecida luego de la mella que supuso la oscura relación
que mantuvo Alberto Fujimori con Japón cuando ejerció
el cargo de Jefe de Estado y cuando, luego, obtuvo protección
de ese país en función de su cuestionable nacionalidad.
Mientras esa labor de esencial saneamiento no ocurra, se mantendrá
la premisa de que Fujimori, como Jefe de Estado peruano, subordinó
su cargo a la soberanía de una potencia extranjera durante
el ejercicio de su mandato y que, al margen de sus obligaciones
con la ciudadanía peruana, ratificó esa dependencia
cuando renunció cuestionablemente al mismo.
La intensidad de ese vínculo, reflejado en una decena de
viajes oficiales, de trabajo o simplemente informales y en una relación
especial con la Embajada de ese país en el Perú (que
incluyó el refugio circunstancial) es señal suficiente
de su excepcional y opaca complejidad. La densidad del mismo evolucionó
hacia el lado de la perversión habida cuenta de las actividades
delincuenciales del ex –mandatario que éste extendió
a Tokio al nombrar a un gestor personal antes que a un Embajador.
Si los canales entre el Perú y Japón tuvieron ese
grado de distorsión, es evidente que éstos no sólo
complicaron la relación entre ambos Estados. También
mancillaron la esencia del cargo de la Presidencia de la República
cuyo titular ejerce la Jefatura del Estado y representa a la Nación.
De allí que sea indispensable que, antes de avanzar en la
relación bilateral, el Perú demande y reciba explicaciones
satisfactorias sobre el tipo de vínculo que Fujimori mantuvo
con Japón durante el ejercicio del cargo, sobre la naturaleza
de cada una de las acciones realizadas por el ex-presidente y sobre
la intensidad con que las instituciones concurrentes a la gestión
fujimorista fueron comprometidas. El caso es tan serio –al
punto de que puede ser incorporado al ámbito de los delitos
de lesa patria- que el Estado peruano no puede darse por satisfecho
sólo con algún gesto de buena disposición por
el interlocutor. Aquí está en juego está la
seriedad y la solvencia política de un Estado pequeño
y débil que desea interactuar con seriedad en la comunidad
y el sistema internacionales.
Si el Perú recibe estas explicaciones a satisfacción
de sus autoridades, entonces se puede proceder a incrementar el
nivel de la relación bilateral. Aún así, éstas
deben estar condicionadas a una compensación por el daño
recibido. Ésta se debe concretar en un mejor nivel político
y en un incremento sustancial de la relación económica
que no implique cooperación al desarrollo (que, a veces,
es el instrumento dadivoso con que las grandes potencias compensan
su falta de interés en otros campos).
Una vez satisfecho el requisito de saneamiento previo, el Perú
debe recibir un trato especial en la cuenca del Pacífico
y en la red de asociaciones occidentales del Japón, un incremento
sustancial de las inversiones japonesas (que hoy apenas registran
US$ 785 millones de 33 empresas) con significativa transferencia
de tecnología de punta en sectores estratégicos y
un aumento significativo del comercio sujeto a acceso preferencial
(hoy las exportaciones peruanas bordean apenas US$ 800 millones)
con proyección asistida al resto de la red comercial japonesa
en Asia.
La aspiración a un TLC común no es suficiente para
un Estado que no sólo ha sido afectada por el tipo de relación
establecida por Fujimori con consentimiento del Japón sino
que ese Estado aprovechó para proyectar poder e imagen en
la región en los albores de la década pasada. Y que
no contento con ello, expresó públicamente que no
cambiaría de política hacia el Perú cuando
Fujimori fugó y el Presidente Paniagua asumió el cargo
entendiendo por ello que “seguiría apoyando”
los esfuerzos de “estabilización y de desarrollo democrático”
en nuestro país.
Si el Perú debe intentar redefinir la relación estratégica
con una potencia mayor como el Japón debe hacerlo como un
Estado renovado que debe ser compensado por el daño inflingido.
En consecuencia no puede proceder basado sólo en la necesidad
de “desfujimorizar” la agenda. La condición de
la nueva relación estratégica que se pretende establecer
depende de ello.
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