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EDITORIAL
La IED global y la brecha entre Asia y América
Latina
Alejandro Deustua
30 de Octubre de 2006
Aunque siempre se señalen riesgos e inequidades, casi todos
los reportes económicos multilaterales en los últimos
dos años traen buenas noticias independientemente de que
aquéllos evalúen la perfomance global y nacional o
la de sectores y flujos económicos.
Lo mismo ocurre con las proyecciones inmediatas que demuestran,
salvo por los riesgos de los desequilibrios globales, que el ciclo
económico expansivo sigue siendo razonablemente vigoroso
a pesar de su desaceleración y de los últimos reportes
de la baja perfomance norteamericana.
Este es el caso también del comportamiento de la inversión
extranjera directa (IED) en el 2005 del que da cuenta la UNCTAD
en su último reporte ad hoc (1)
En efecto, esa organización registra para el año
pasado un flujo global de IED del orden de US$ 916 mil millones.
Éste añade al crecimiento de 29% el hecho de que sus
beneficios han incluido a casi todas las “grandes subregiones”.
Y aunque el informe dé cuenta de que este alto nivel sigue
estando por debajo del año pico (el 2000 con US$ 1.4 mil
millones de millones), proyecta más crecimiento para el próximo
año.
Es verdad que la estructura del escenario receptor del flujo continúa
siendo ampliamente dominado por los países desarrollados.
Lo mismo ocurre con el instrumento transmisor de IED (fusiones y
adquisiciones transfronterizas que se registran principalmente entre
aquellos países). Sin embargo, los países en desarrollo
parecen mejorar su participación en el mercado.
En efecto, mientras que los desarrollados se beneficiaron el 2005
de 59% de los flujos (US$ 542 mil millones), lo países en
desarrollo lo hicieron en el orden del 36% (US$ 334 mil millones).
Estas proporciones parecen mejores que las de años anteriores.
Es más, los países en desarrollo exportan cada vez
más capitales en términos de IED a través un
mayor número de grandes empresas. Si éstas son estatales
o privadas es otra cuestión, mientras que el incremento debiera
reflejarse en mayor empleo, mejora tecnológica y, por tanto,
mayor productividad.
Esta dinámica virtuosa ocurre también en el nivel
“sur-sur” según la UNCTAD. Pero el organismo
no señala que ella va acompañada de un efecto discriminador
que amplía la brecha entre Asia y América Latina como
receptores de IED y de sus beneficios. Este hecho confirma una fenomenología
que viene ocurriendo hace décadas de la que el organismo
en cuestión no da cuenta.
En tanto ese factor de desplazamiento es ya estructural, no es
posible hoy enfocar el flujo de IED (o el de comercio) sólo
en términos “Norte-Sur”, “desarrollados-en
desarrollo” o “centro-periferia” entre cuyos actores
hay conexión. A esas dicotomías es necesario incorporar
la variable de la brecha “sur-sur” entre cuyos actores
hay menor conexión o no la hay en absoluto. Esto resulta
aún más necesario cuando la brecha financiera entre
Asia y América Latina sigue pareciendo hoy más el
resultado de un juego de suma 0 a pesar del incremento de las “inversiones
horizontales” que debieran generar ganancias de suma variable
propia de una interdependencia creciente.
En esta perspectiva se entiende mejor que mientras que el Asia
percibió el año pasado US$ 199.6 mil millones de IED,
América Latina recibió US$ 103.7 mil que, descontando,
la inversión off shore, implica en realidad sólo US$
67 mil millones. Por lo demás, en términos nacionales,
los principales receptores que en Asia son China (US$ 72.4 mil millones)
y Singapur, superan de largo a Brasil y México (donde la
IED se redujo el año pasado en -17% y -3%, respectivamente).
El debilitamiento relativo de la capacidad de “arrastre”
de las principales economías latinoamericanas en relación
a las asiáticas está, en este rubro, a la vista.
De otro lado, debe decirse que la ventaja cualitativa que se fundamenta
en las razones generales del crecimiento, también reporta
mayores beneficios para el Asia que para América Latina .
Veamos.
Es evidente que el crecimiento global, el crecimiento sostenido
de las economías nacionales, el mayor dinamismo de las empresas
multinacionales y la reinversión derivada de utilidades mayores
ha beneficiado a todos como sostiene la UNCTAD.
Pero es también claro que las economías asiáticas
crecen mucho más que las latinoamericanas, que en ellas se
asientan mucho más empresas afiliadas a las grandes matrices
multinacionales y, especialmente, su crecimiento nacional no se
debe, como en el caso latinoamericano, al incremento de los precios
de los productos básicos. Ello implica que Asia derive menor
IED a los sectores primarios que América Latina y consolide
mejor el sector servicios e industrial (en el mundo en desarrollo
la IED en el sector servicios disminuyó de 40% a 35%, el
industrial participa con 40% y el sector primario concentró
25% del total). Las condiciones de menor vulnerabilidad, mejor disposición
corporativa y la magnitud y estilo de crecimiento parece más
sólido en el Asia aunque en América Latina existan
mejores –o más costosas- políticas en casos
excepcionales.
Ello se refleja en la ampliación de la brecha estructural
entre ambas regiones desde hace tres décadas por lo menos.
Para mostrar ese efecto tomemos los flujos de IED hacia Asia y América
Latina sólo para el período 2000-2005. En cada año
de esta serie el flujo asiático no sólo superó
al latinoamericano sino que lo hizo en valores crecientes (US$ 31
mil millones de diferencia en el 2000, US$ 95.9 mil millones en
el 2005). Como resultado para el período tenemos una diferencia
agregada del orden de los US$ US$ 311 mil millones. Esta cifra se
acerca a toda la inversión extranjera dirigida al conjunto
de los países en desarrollo el año pasado (US$ 334
mil millones).
Es verdad que si el resultado de un período económico
indica que la mayoría estamos igual o mejor que al principio,
todos estaremos mejor. Los que ganan estarán en mejores condiciones
de compensar a los perdedores para mejorar las condiciones de distribución.
Pero esa conclusión no explica las pérdidas de ganancias
por posicionamiento en el mercado (inserción) o participación
en el mismo. Éstas explican, más bien, una mayor estratificación
del poder económico global proyectado regionalmente que resulta
en mayores obstáculos a la competitividad y productividad
latinoamericana.
Si América Latina se está beneficiando de la inversión
extranjera no lo está haciendo al ritmo que debiera al tiempo
que sus mercados tienden a ser relativamente postergados en términos
de IED. Los “optimistas” de la integración –en
su versión hemisférica o subcontinental-, como prefieren
definirse aquéllos que no desean ver sus problemas, tienen
aquí un serio desafío que confrontar. De su buena
disposición a hacerlo, que debiera reflejarse en la formación
de capital, depende, en buena medida, el progreso tecnológico
y el empleo latinoamericano. Al respecto la interdependencia “sur-sur”
no esta funcionando aún adecuadamente.
(1) World Investment Report 2006
UNCTAD
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