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EDITORIAL
Perú-Chile: un gran avance (pero el cielo no es
límite aún)
Alejandro Deustua
27 de Octubre de 2006
La posibilidad de que un eje articulador de estabilidad e integración
en el Pacífico sur suramericano con efectos en el corazón
del subcontinente y proyección hacia la cuenca del Pacífico
se ha abierto en Santiago.
Además de la reactivación de los mecanismos de fomento
de la confianza bilateral, aquél ha sido el mayor resultado
de la secuencia de reuniones entre ministros de comercio exterior,
del área social y finalmente de los ministros de relaciones
exteriores y defensa peruanos y chilenos.
Si desde el punto de vista institucional, nunca en la historia
de las complejas relaciones entre ambos países había
confluido una masa crítica tan intensa de jefes de sectores
gubernamentales, la complejidad de la interdependencia que ella
puede generar a futuro es muy grande.
La responsabilidad de que esa masa crítica no devenga en
un riesgo y derive sólo en otro sofisticado –y frustrado-
artificio diplomático a lo que nuestros países han
sido tan proclives, depende de que el Consejo de Integración
Social Peruano-Chileno efectivamente genere bienes públicos
comunes en educación, salud y trabajo. Y también depende
de que el ACE 38 ampliado distribuya mejor los beneficios en ciertos
sectores (como el financiero) y avance en otros (como propiedad
intelectual) mientras incrementa la interdependencia económica.
Y por cierto también será una resultante del éxito
inmediato de los estudios comprometidos para la organización
de misiones conjuntas de operaciones de mantenimiento de la paz
bajo un Estado Mayor conjunto (sobre la postergación indefinida
de logros en este sector, los estudios sobre estandarización
de metodologías de medición del gasto militar son
un buen ejemplo).
De momentos concentrémonos en el resultado del “2+2”
que ha sido producto de la renovada convocatoria del Comité
Permanente de Coordinación Política. En este acápite
el mayor punto de encuentro corresponde a la seguridad colectiva
bajo responsabilidad de la ONU.
Aunque éste es un gran logro por el que algunos venimos reclamando
desde hace algún tiempo debe reconocerse lo evidente: éste
éxito se ha obtenido en el escenario que menos asperezas
y obstáculos presenta, el externo (lo cual es perfectamente
lógico dentro de la progresividad que tendrá esta
relación). Y aunque, las fuerzas que se convoquen para cumplir
en el exterior con las misiones de mantenimiento de la paz supongan
el establecimiento de un Estado Mayor conjunto, debe entenderse
que esto es algo que ocurre de facto en el terreno cuando cualquier
fuerza es desplegada por mandato de la ONU bajo el comando de alguno
de los ejércitos comprometidos.
Ciertamente, ello supone un fuerte avance en las medidas de fomento
de la confianza entre los participantes, pero dista bastante de
otro tipo de compatibilidades militares en el ámbito interno
(incluyendo las menos compromisorias, como los ejercicios conjuntos
o el empleo compartido de infraestructura de mantenimiento –el
caso chileno-argentino-, entre otros).
De allí que las declaraciones exultantes en esta materia
(por ejemplo, “el cielo es el límite” o “hay
que hacer historia en el siglo XXI” en el caso de ciertas
autoridades concurrentes) parezcan hoy sobredimensionadas a pesar
del gran avance producido. Y lo son, por ejemplo, porque la historia
frustrada de los estudios sobre materias novedosas en este sector
son cercanas a los dos países. Refirámonos nuevamente
al encargo de estudio a la CEPAL sobre estandarización de
metodologías de medición del gasto que fue realizado
por los gobiernos de los presidentes Toledo y Lagos hacia la primera
parte del gobierno del ex-presidente peruano. Como dijimos, de su
resultado nada se conoce salvo que se postergó a la luz de
los desencuentros surgidos por el planteamiento de la controversia
peruano-chilena sobre delimitación marítima.
De esos antecedentes el 2+2 no ha dicho públicamente nada.
Y el compromiso al respecto no ha sido la obtención de un
resultado que ya debiera estar disponible (especialmente teniendo
como referencia que la “metodología” que estudia
la CEPAL ya existe en el caso chileno-argentino). Por lo demás,
para incrementar la burocratización del proceso, ahora hay
que realizar otro probablemente sofisticado estudio sobre homologación
de la información del gasto militar cuando se entendía
que éste formaba parte del ya encargado.
Por lo demás, no parece apropiado que autoridades peruanas
sostengan que en el horizonte de estas reuniones aparezca el reemplazo
de elementos fundamentales de la defensa nacional (como el concepto
de disuasión básica o de seguridad defensiva) por
el de seguridad cooperativa. En esa expectativa hay un estratégico
error de apreciación que debe ser rápidamente corregido.
La seguridad cooperativa es un tipo de régimen que aún
pertenece al campo de la seguridad colectiva, no al de la seguridad
nacional. En consecuencia, aquélla sólo puede aplicarse
como complementaria de ésta, no como su reemplazo.
Y menos cuando la asimetría de fuerzas y de gasto entre
Perú y Chile ya no es cuestión contable sino de realidad
palpable. Si nuestra fuerza armada sólo tiene capacidad para
cubrir efectivamente una mínima proporción de su territorio
y apunta hoy apenas a restituir un núcleo operativo básico,
es evidente que el desbalance es grande en el área y que
éste puede estar cargado hacia el lado del predominio por
nuestro vecino.
Por lo tanto, la aproximación militar y estratégica
con Chile, que debe ser estimulada, debe serlo bajo las normas de
la prudencia básica: disminuir la brecha de capacidades.
Éste es un interés nacional que el Perú no
puede deponer y que Chile debe aceptar en tanto le interesará
cooperar más con un Estado con el que pueda lograr mayor
dimensión de complejidad cooperativa (interoperatividad,
planeamiento conjunto, asociación eventual, etc.) que con
uno que puede percibe como disminuido.
De nuestra parte, ello implica más gasto y no menos como
parecen esperar ciertas autoridades. Especialmente si se trata de
construir un eje de seguridad estable en el Pacífico sur
suramericano que absorba la inestabilidad continental (particularmente
en el caso de Bolivia), que proyecte seguridad en el Pacífico
y cuyas capacidades puedan interactuar efectivamente con otros socios
y aliados en el área.
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