|
EDITORIAL
Suramérica: más fragmentación que
integración
Alejandro Deustua
24 de Octubre de 2006
Una región es mucho más que el territorio que la
delimita. Aunque su definición sea debatible, normalmente
se asume para ella un cierto grado de cohesión que abarque
desde principios y cultura complementarios hasta niveles relevantes
de interdependencia económica y de comunicaciones.
Aunque hoy la interdependencia suramericana se ha incrementado en
el contexto del aumento del comercio global y de la integración
económica, la participación regional en el comercio
mundial no ha ganado sitio. Y aunque la interconexión física
ha mejorado, su mejor exponente (IIRSA) está lejos de haber
alcanzado un punto de inflexión. En consecuencia, el incremento
del perfil suramericano debido al empuje de sus Estados emergentes,
a la revalorización de los espacios regionales y a su variable
grado de interacción política no es todo lo alto que
debiera.
En contraste con este escenario de ganancias relativas, Suramérica
ha perdido cohesión e identidad en relación a la década
de los 90. La referencia es buena porque Suramérica tenía
en ese momento una aspiración hemisférica y había
suscrito parámetros económicos y políticos
en el ámbito del sistema interamericano.
El proceso ALCA, suscrito por todos los presidente americanos, estableció
como prerrequisito la convergencia de los procesos subregionales
de integración regidos por principios de libre comercio.
De esta manera la convergencia suramericana adquiría la vitalidad
económica del marco hemisférico.
Complementariamente, la Asamblea General de la OEA procedió
a la conformación del régimen de protección
colectiva de la democracia representativa. El proceso culminó,
con intensa participación peruana, en la adopción
de la Carta Democrática. De esta manera, los países
de la región adhirieron a principios fundamentales que forman
parte del acervo occidental.
Lamentablemente, el ALCA fue cuestionado por algunas potencias regionales
obligando a otras a optar por la vía bilateral. Adicionalmente,
la Carta Democrática dejó progresivamente de aplicarse
hasta el punto de obviar la vulneración de sus principios
(los de la democracia representativa).
Es en ese contexto de fragmentación hemisférica que
se suscribió la Comunidad Suramericana de Naciones. La vieja
vocación suramericana de compensar en alguna medida el poder
norteamericano adquirió entonces niveles exuberantes: la
CSN, como la CAN pretendieron para sí un nominal status comunitario
cuando la realidad de sus integrantes mostraban sustanciales divergencias
de principios. Pero se insistió en la pretensión queriendo
lograr por decreto lo que la realidad negaba en los hechos.
Como resultado del relajamiento de la disciplina integradora emergió
un escenario proclive a mayor división. Así la CSN
vio cómo proliferaban en la región hasta tres tipos
de “integración”: una marcada por la interpretación
extensa del principio de regionalismo abierto (la CAN), otra signada
por un proceso más endógeno (el MERCOSUR) y otro por
la emergencia de una supuesta “integración de los pueblos”
con acento en lo social y el mercantilismo (el ALBA de Chávez).
Cada una albergó uno o más centros de poder y de proyección:
los principales andinos negociaron con Estados Unidos y desean hacerlo
con la Unión Europea (mientras que Venezuela se separaba),
el MERCOSUR no deseaba negociar con la potencia hemisférica
y no podía hacerlo con la Unión Europea (mientras
albergaba internamente el conflicto –el caso Argentina-Uruguay
es el más reciente) y el ALBA incorporaba a Cuba mientras
llevaba la influencia venezolano-cubana al corazón suramericano.
Como elemento dinamizador de esa tendencia fragmentadora, Venezuela
ha desempeñado un rol central que medianas potencias conosureñas
no han contenido. Es en este marco que el Perú debe reevaluar
su inserción regional y los instrumentos para lograrla.
DERECHOS RESERVADOS
El Editor (ADC) |