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EDITORIAL
Resistencia multilateral la despenalización de
la coca
Alejandro Deustua
20 de Octubre de 2006
El Director General de la Oficina de la ONU contra las Drogas
y la Delincuencia (ONUDD), Antonio María Costa, acaba de
presentar a las autoridades bolivianas que procuran la despenalización
de la coca noticias poco gratas. En efecto, el representante de
la mayor instancia multilateral ha informado públicamente,
en La Paz, que la aspiración del gobierno boliviano a obtener
un régimen más benigno en la fiscalización
de la hoja no tiene mayores posibilidades de éxito (1).
Al revés que para el oficialismo boliviano, esta opinión
autorizada constituye una excelente noticia para los Estados que
luchan precariamente contra el narcotráfico, para el régimen
multilateral que establece el marco legal de esa lucha y para quienes
sostenemos que alrededor de la mitificación de la coca se
ha organizado un movimiento político que, a través
de un nacionalismo sui generis, pretende llevar a las organizaciones
cocaleras –y a quienes se benefician de ellas- al poder.
Al respecto, el Director General de la ONUDD, se ha remitido a
confirmar que la Convención Única sobre Estupefacientes
de 1961 suscrita en Viena es un régimen fuerte y respetado
por la mayoría de los países miembros de la organización,
que el proceso de revisión del régimen coactivo que
regula la siembra de coca planteado por Bolivia será muy
largo, que su buen enrumbamiento depende del interés colectivo
antes que del singular, que el consenso al respecto indica que no
existe mayor apoyo comunitario al reclamo boliviano y que, en apariencia,
sí existirían disposición a no favorecerlo.
El representante de la ONUDD no pretende con ello confrontación
alguna con el gobierno de Bolivia. El señor Costa ha concurrido
más bien a La Paz para brindar cooperación en la lucha
contra el narcotráfico y, en apariencia, para contribuir
a la precisión de un estrategia boliviana hasta ahora poco
perfilada (existe confusión sobre la dimensión de
la unidad de siembra de coca legal permitida –el “cato”-,
la cantidad de hectáreas legales que resultan del agregado
de “catos” y ausencia de un estudio de demanda legal
en torno a la cual se fijaría la coca legal –que ,
sin embargo, la realidad, indica que estaría por debajo de
las 12 mil hectáreas permitidas).
El pronunciamiento del Director General de la ONUDD debería
ayudar al gobierno boliviano –y a la autoridad andina que
lo promovió de manera inapropiada y sui generis- a reconsiderar
su planteamiento. Ello implica que Bolivia abandone la pretensión
de extraer la hoja de coca de la lista de estupefacientes sometidos
al rigor de la erradicación y de la fiscalización
(la lista I de la Convención de Viena) para trasladarla a
una de más benigno trato (la lista III). Esta decisión
favorecería el entendimiento andino en la materia, fortalecería
la disposición a evaluar mejor las mínimas posibilidades
económicas de la coca legal y fortalecería la lucha
contra el narcotráfico.
Pero si el gobierno boliviano desea mantenerse en su posición,
pues tendrá que superar los niveles de la simple justificación
y alegato retórico que, en apariencia, sus más altas
autoridades llevaron en el primer trimestre a Viena y proceder de
a acuerdo a los términos del artículo 3 de la Convención
de 1961.
Ello supone notificar formalmente al Secretario General de la ONU
de la intención correspondiente, acompañar la solicitud
con evidencia científica que apoye la afirmación de
que la coca no tiene uso indebido ni efectos nocivos (hecho probablemente
indemostrable) y someter esa evidencia a la evaluación de
la Organización Mundial de la Salud y de la Comisión
de Estupefacientes. Una vez que estas organizaciones se pronuncien
luego de consultar a sus instancias farmacológicas, el dictamen
deberá ser considerado por los gobierno de los Estado miembros.
Finalmente, éstos deberán votar en el Consejo Económico
y Social de la ONU.
Si la autoridad boliviana proyectó que podría tener
un pronunciamiento favorable hacia el 2008, la frustración
de la aspiración puede ser el resultado que la realidad le
imponga. Bien haría entonces esa autoridad en minimizar sus
riesgos y franquearse la cooperación internacional abandonando
una cuestionable aspiración de máxima, desligarse
de la exaltación mistificadora de la coca y desescalar las
expectativas políticas de los gremios cocaleros. Los resultados
se reflejarían en estabilidad interna y vecinal que sus ciudadanos,
vecinos e interlocutores seguramente agradecerían.
Lamentablemente, el presidente Morales ha decidido continuar ejerciendo
la dirigencia sindical del gremio cocalero que lo llevó al
poder sin reparar en la incompatibilidad de esa función con
la de Jefe de Estado. Y al hacerlo ha dado impulso a similar activismo
gremial en el Perú (las candidaturas cocaleras proliferan
con vistas a las próximas elecciones regionales mientras
el señor Nelson Palomino –un cocalero que aún
no ha saldado cuentas con la justicia- se propone como candidato
presidencial para el 2011 y los “asesores” de comités
ad hoc realizan actividades con aval diplomático extranjero)
generando mayor inseguridad transnacional en la subregión
andina. Esa actitud ciertamente no favorecerá la buena relación
de Bolivia con el Perú ni con otros países.
Si en lugar de ello el gobierno boliviano intensifica su disposición
a erradicar la coca ilegal (aunque no excluyente, la vía
concertada es un buen instrumento al respecto), reclama por mayor
y mejor aplicación del principio de responsabilidad compartida
con un horizonte de aplicación mensurable y fortalece los
esfuerzos de interdicción (“cocaína 0”)
como lo ha reconocido el Director de la ONUDD, no sólo logrará
una mejor inserción externa sino que coadyuvará a
mitigar la confrontación interna y a favorecer el tránsito
a la modernidad de una ciudadanía que se merece un destino
mejor.
Mientras el gobierno del señor Morales se decide, en el Perú
debemos mantener la guardia frente a un planteamiento que sólo
favorece al narcotráfico, a la repudiable intromisión
de agentes diplomáticos y otros informales que erosionan
el interés nacional y a la erosión de los regímenes
multilaterales contra las drogas y delitos afines más allá
de lo que opine el representante de la ONUDD.
(1) Entrevista en La Razón (20 de octubre de 2006)
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