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EDITORIAL
Perú-Estados Unidos: un encuentro estratégico
Alejandro Deustua
11 de Octubre de 2006
La reciente visita del Presidente del Perú a su colega
norteamericano ha tenido un resultado que ciertamente supera la
dimensión promocional de un simple acuerdo de libre comercio.
En efecto, la visita ha hecho explícito entre las partes
el fundamento de ese instrumento y de sus antecedentes: el entendimiento
común de que un vínculo estratégico existe
entre el Perú y Estados Unidos en función de intereses
complementarios objetivos.
Así lo ha declarado el Presidente García (quien
en entrevista televisada por la CNN hizo pública la “convergencia
estratégica” entre ambos países), lo ratificó
la Secretaria de Estado Condolezza Rice (quien aseguró al
Presidente García que el Perú es para Estados Unidos
un “importante aliado estratégico en la región
y el mundo”) y lo dejó entrever el Presidente Bush
en la Casa Blanca (quien recibió a un “amigo”
con el que espera mantener una buena relación de trabajo).
Por cierto que no es ésta una alianza formal militar que
suponga el otorgamiento mutuo de garantías de seguridad y
ni siquiera una económica que suponga emprendimientos conjuntos
frente a terceros. Pero sí es una relación política
que supera el nivel ordinario al materializar en el TLC los presupuestos
establecidos en el ATPA y el ATPDEA: los beneficios económicos
que se comprometen se asientan en una base de seguridad que tienen
como sustento la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.
El reconocimiento específico de que el TLC tiene esas características
(que ahora se amplían al logro de la seguridad democrática
en nuestro país, la facilitación de la lucha contra
la pobreza y la ampliación de la frontera del comercio) confirma
el punto. Éste tiene valor en sí mismo y frente a
los demás.
Tiene valor en sí mismo en tanto que el Perú confirma
su pertenencia al grupo de Estados liberales que adhieren a los
principios democráticos y de mercado en momentos en que éstos
están siendo cuestionados en la región. Así
está reconocido en el comunicado conjunto emitido luego del
encuentro presidencial en Washington.
Pero este documento no se limita a confirmar la identidad política
de quienes lo suscriben. También compromete sus secuelas
prácticas: la promoción de la democracia con desarrollo
(la provisión de servicios básicos), de gobernabilidad
(fortalecimiento de capacidades y del Estado de Derecho) y lucha
contra el terrorismo y el crimen trasnacional (a través de
la presencia del Estado en zonas amenazadas, extradición
de miembros de carteles delincuenciales y de lucha contra el narcotráfico
en áreas específicas). Los beneficios económicos
del libre comercio, siendo vitales, son también funcionales
a esos propósitos estratégicos.
Y lo son también en función de terceros en tanto
el Perú confirmó el compromiso, adquirido regional
y hemisféricamente hace más de una década,
de fortalecer la democracia y la economía de mercado en la
región. Especialmente ahora en que, como reconoce el Presidente
García, la economía mundial continúa en expansión.
Al hacerlo, el Perú renovó un rol hemisférico.
Si bien éste no ha sido negociado ni ha supuesto delegación
de poder alguno o de especial liderazgo en el área, sí
ha confirmado su vocación mediante la señalización
de dos riesgos que deben ser revertidos: la emergencia de una suerte
de “fundamentalismo andino” (que el Presidente García
ha reconocido correctamente en los movimientos que, a través
de la exaltación de la coca, pretenden configurar una suerte
de nacionalismo de los pueblos para llegar al poder) y la emergencia
de un movimiento neoestatista (que, sustentado en la renta petrolera
o de otros recursos, pretende expandir la influencia de modelos
semiautárquicos en la región).
Aunque la referencia a los modelos venezolano y boliviano y sus
respectivos conductores no pudo ser más alusiva sin que sus
titulares no fueran mencionados, es claro que el Perú ha
trazado una línea distintiva frente a ellos.
He aquí la dimensión política de un acuerdo
que fue negociado con excesivo e irresponsable sigilo tecnocrático
impidiendo un mejor resultado. Y aunque aún no hay certeza
de cuándo será aprobado por el Congreso norteamericano,
sí hay certidumbre del compromiso del presidente de los Estados
Unidos y confianza en él.
Ahora que se ha esclarecido la ruta (que es la occidental en un
país suramericano), el Perú debe persistir en ella
salvando eventuales períodos de tránsito de un acuerdo
a otro y corrigiendo en el camino lo que haya que corregir.
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