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EDITORIAL
La idealización de la coca y la promoción
del narcotráfico
Alejandro Deustua
02 de Octubre de 2006
Como ocurre con todo interés que busca legitimidad, su
satisfacción requiere de cierta racionalidad y ésta,
de una causa moral o ideológica. Sin ese fundamento ideal,
el interés difícilmente se socializa. Ello es más
evidente en la política, sea ésta liberal o totalitaria,
idealista o materialista, racional o populista.
Siguiendo esa pauta, el sindicalista Morales buscó en la
mitificación de la coca la causa que socializara el neoindigenismo
boliviano como sustento para arribar al poder. Bajo la presión
de ese poder, la nobleza de las causas de la justicia social, del
ambientalismo y del nacionalismo fue expropiada por el líder
boliviano para llegar al gobierno. Como consecuencia, las fuerzas
centrífugas desatadas por él y por el intento de aplicar
su peculiar ideología a la redefinición del Estado
han enrumbado a Bolivia por los caminos de la ingobernabilidad,
de la inestabilidad, de la fuerte pérdida de cohesión
interna y de una eventual inviabilidad.
Esas mismas fuerzas están fermentando ahora en el Perú.
Amparadas por el Congreso, éstas desafían al Estado
con la “guerra cocalera” (la congresista Obregón
ha sido explícita al respecto), se encubren en universidades
tan antiguas como prestigiosas (la casona de San Marcos donde se
han realizado actos de mistificadora exaltación de las bondades
de la coca), se debilita la institución del Estado de fiscalización
de la hoja (el caso de Enaco) y se transita internacionalmente hacia
la flexibilidad de su siembra y consumo (la acción boliviana
patrocinada por organismos andinos para revisar los anexos de la
Convención Única de Estupefacientes de 1961).
Como consecuencia, la acción legal que el Estado emprende
para la erradicación de la coca ilegal es contestada organizadamente
por sus cultivadores mientras sus líderes imputan a quienes
aplican la ley cargos de violación de derechos humanos y
genocidio al tiempo que reclaman la declaración de la coca
como patrimonio natural además del concurso de la Cancillería
para contribuir a su despenalización internacional (demandas
del quinto congreso cocalero).
Mientras ello ocurre, la congresista que advierte sobre acciones
contra la autoridad democrática (las primeras que no provienen
directamente de organizaciones terroristas) es protegida por su
inmunidad. De manera paralela, los actos mistificadores de San Marcos,
que confrontan a las ciencias médicas y farmacéuticas
con las virtudes tradicionales de la hoja y su imposible industrialización
(dentro del 10% de la hoja legal para el consumo se incluye también
una proporción que basta y sobra para sus usos productivos)
reciben el respaldo de agentes diplomáticos extranjeros.
En se marco, la ineficiente y erosionada institucionalidad antinarcóticos
del Estado se desmoraliza y erosiona al tiempo que su acción
externa, incapacitada para captar mayor cooperación, opta
por la propuesta de otra reunión política (una nueva
cumbre de países productores y consumidores que incluya a
Estados Unidos y la Unión Europea).
En otras palabras, frente al embate de la organizada movilización
cocalera, su dimensión política y su probable vínculo
con el narcotráfico, el Estado retrocede alarmantemente pasando
de la coacción legítima y de la concertación
racional a la contención del problema y a la reversión
del esfuerzo antidrogas.
Como es evidente, en ese contexto sólo el narcotráfico
y los promotores de una nueva ideología indigenista basada
en la protección de la coca pueden ganar. Si en el primer
caso estamos frente a un serio peligro de seguridad nacional en
el segundo, el artificio político del movimiento en marcha
no puede ocultar los riesgos que éste implica para el Estado
y su progreso.
Por lo tanto es indispensable que éste reaccione incrementando
su disposición al diálogo en la medida en que éste
busque y logre resultados, ratificando el propósito de mantener
en el sector el monopolio legítimo de la fuerza, reorganizando
su precaria institucionalidad alrededor de un centro único
de toma de decisiones y de una estructura cohesiva, consolidando
su autoridad jurisdiccional y procurando mayor cooperación
externa que, a falta de recursos, debiera reflejarse en compromisos
concretos de reducción de la demanda.
Al respecto debe tenerse en cuenta que el Perú lleva más
de un cuarto de siglo (la mitad del tiempo que tomó resolver
la Guerra Fría) en un esfuerzo que, a falta de éxito,
sólo puede mostrar avances políticamente sobredimensionados
y retrocesos estratégicamente infravalorados. Ello se refleja
en una acumulativa pérdida de capacidades, de cohesión
nacional y de valores e intereses fundamentales.
Si el Perú desea asumir un liderazgo en la región,
como es intención de este gobierno, el decisivo avance en
la lucha contra las drogas es una de las condiciones para lograrlo.
Lo contrario es arriesgar la seguridad nacional, vulnerar más
el tejido social y adentrarse en el camino de la inviabilidad si
el escenario boliviano llega a cuajar en nuestro país como
pretenden los que han iniciado la ideologización del cultivo
de la coca y la promoción, como consecuencia, de la dimensión
política del narcotráfico.
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