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EDITORIAL
La evaluación “final” del Secretario
General de la ONU
Alejandro Deustua
25 de Setiembre de 2006
Aunque su segundo período concluye recién a fin
de año, el Secretario General de la ONU Kofi Annan, acaba
de dirigirse por última vez a una reunión ordinaria
de la Asamblea General de la ONU. A pesar de que en ella constató
los progresos realizados desde 1997, su mensaje no ha sido predominantemente
optimista.
Al respecto es tentador concluir que el lado novedoso del pesimismo
del señor Annan deriva de una demasiado apretada evaluación
de los desafíos de los últimos 10 años: en
tanto éstos se han intensificado, son en realidad, nuevos
dice él. Aunque no disponemos de los mensajes finales de
los seis antecesores del Secretario General, estamos seguros que
éstos no habrán diferido en tono a la luz de la creciente
complejidad del sistema internacional y de los obstáculos
que ha presentado su evolución hacia una verdadera comunidad
de naciones.
Veamos. Cuando en 1997 se hizo cargo por primera vez de la Secretaría
General, el señor Annan afrontaba tres desafíos: corregir
los términos de una globalización injusta, resolver
el desorden global en un nuevo orden internacional e incrementar
la vigencia del derecho en el comportamiento de los Estados. Hoy,
en setiembre del 2006, los desafíos económicos, de
seguridad y jurídicos que deja el Secretario General a su
aún desconocido sucesor son los mismos, pero incrementados
(y, por ello, nuevos, repite él).
En efecto, para el señor Annan los términos de la
globalización siguen siendo injustos: la interdependencia
ha crecido pero el progreso del Asia no se ha transferido a otras
regiones menos favorecidas, los Objetivos del Mileno no se cumplen
al ritmo esperado y la exclusión económica no ha dejado
de ser una característica del sistema.
Por lo demás, en materia de seguridad, los conflictos intraestatales
no han disminuido como debieran, sus instrumentos (la proliferación
de armas ligeras y de armas de destrucción masiva) no han
sido controlados, el terrorismo campea, el problema migratorio no
puede ser controlado y la irresolución del sexagenario conflicto
del Medio Oriente ha llegado al punto de cuestionar la legitimidad
de la ONU.
Y en lo que toca a la amplitud e intensificación del Estado
de Derecho, las violaciones de los derechos de las minorías
son mayores mientras que los problemas de ingobernabilidad se mantienen.
A pesar de ello, el señor Annan no ignora el progreso logrado
en cada uno de estos campos en la década que su gestión
culmina: el número de guerras interestatales es menor, la
interdependencia ha incorporado a grandes segmentos de nuevos actores
al progreso y la cobertura de los regímenes universales humanitarios
y democráticos se ha extendido en medio de sus graves problemas.
Pero así como el Secretario General olvida otros elementos
del progreso (el crecimiento de la economía global que ha
atenuado los problemas de exclusión, el incremento de la
disposición de mecanismos de seguridad colectiva regional
a actuar bajo mandato de la ONU y la ampliación de la regimentación
humanitaria), tampoco reconoce otros pasivos en que ha fracasado
abiertamente o que han estado fuera de su control.
Entre los primeros se encuentra la crisis del multilateralismo no
debida a la acción unilateral (p.e. el reiterado fracaso
de la Ronda Doha, la “imposibilidad realista” de lograr
una expeditiva reforma del Consejo de Seguridad o la insuficiencia
e ineficacia de las diferentes agrupaciones de Estados dentro de
la ONU).
En el ámbito de seguridad el fracaso de la Organización
en el combate de ciertas amenazas globales (como los problemas del
medio ambiente o el narcotráfico) ha sido clamorosa. Mientras
que la incapacidad de controlar la tendencia insurreccional de entidades
subnacionales, de mitigar los desequilibrios que surgen con el posicionamiento
de las denominadas potencias emergentes o las disfuncionalidades
que presentan el serio incremento de “Estados fallidos”,
entre otros, constituyen factores de inestabilidad en cuyo intento
de gestión la ONU no ha tenido éxito.
.
Y en el ámbito económico, los riesgos que presentan
los desequilibrios globales, las distorsiones de los altos precios
del petróleo, los “booms” sectoriales sin que
los órganos responsables (el FMI, el G8, entre otros) hagan
mucho por corregirlos son fracasos comunitarios mientras que la
disminución de la atención en los problemas del desarrollo
para concentrarse en una “agenda mínima” (los
Objetivos del Milenio) no constituyen grandes éxitos de la
Organización.
De otro lado, si el Secretario General se propuso afrontar desafíos
que estuvieron siempre fuera de su control por pertenecer a la capacidad
de los Estados y a la dinámica intrínseca del sistema
internacional, no puede atribuirse a la ONU fracaso sino falla de
apreciación de sus conductores. Este es el problema del nuevo
orden internacional que es esencialmente consecuencia de la capacidad
y ejercicio del poder nacional.
Por lo demás, no había necesidad de que el Secretario
General se refiriese a cada uno de estos desafíos para que
su propuesta de encontrar una respuesta comunitaria a los problemas
que él ha priorizado sea válida. Pero la premisa para
que esa respuesta sea efectiva consiste en que la comunidad internacional,
afianzada por valores comunes, se sostenga y no se disuelva en un
sistema conflictivo.
Lamentablemente, en los últimos años serias tendencias
divisorias del sistema internacional que determina la cohesión
de la ONU han aparecido sea bajo la presión de una multipolaridad
emergente, por las políticas de conflicto que practican quienes
desean sacar partido de las mismas o por la erosión del sistema
interestatal en ciertas regiones estimuladas por fenómenos
disolventes como la ingobernabilidad o el terrorismo. Ellas han
ido aparejadas de fuertes cambios económicos sistémicos
(concentración del capital, emergencia de una nueva disposición
a ejercer el poder económico o la recusación del “consenso
económico” predominante sin que haya emergido una alternativa)
y de crecientes escenarios de vacío de poder.
De allí que, a la par de que reclamar más “soluciones
globales para problemas globales” (que ciertamente van en
progreso), el Secretario General quizás debería haber
postulado también el fortalecimiento el sistema interestatal
en el entendido de que éste es el que fundamenta al multilateralismo.
Si no lo ha hecho él, quien lo suceda tendrá que
volver sobre esta premisa básica: a pesar de los avances
de la globalización, la vigencia ordenadora de los Estados
seguirá siendo una cuestión vital para la subsistencia
de la ONU. Olvidarlo es un error estratégico que nadie que
aspira al cargo puede darse el lujo de cometer. El Secretario General
podría recuperar este lugar común para la agenda colectiva
antes de pasar al retiro mientras hecha una nueva mirada a la evaluación
de su gestión.
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