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EDITORIAL
Contra la violencia religiosa
Alejandro Deustua
19 de Setiembre de 2006
Si hay una institución que promueve como política
el ecumenismo religioso esa es el Estado Vaticano. Juan Pablo II
practicó esa política de manera tan esforzada como
incuestionable. Y, en la medida en que Benedicto XVI ha optado por
la continuidad moderada, ésa parece ser hoy también
la posición del Estado pontificio.
La referencia es pertinente en momentos en que las tensiones del
sistema internacional pretenden ser explotadas por los que no pudiendo
lograr la multipolaridad inmediata procuran el cisma de varias maneras.
Si la referencia divisoria más recurrida al respecto es Samuel
Huntington y sus planteamientos sobre el choque de civilizaciones,
la referencia práctica la constituye el fundamentalismo islámico
que, a través de la práctica sistemática del
terrorismo, pretende impedir que el progreso alcance a las sociedades
musulmanas y que la cuestión del poder se confronte o se
negocie, en lo posible, al margen de la guerra.
El Vaticano ha pretendido plantear este problema en otros términos.
Así lo ha escogido el Papa Benedicto XVI al referirse al
fundamentalismo islámico a través de una alegoría
del siglo XIV referida a la práctica específica de
la yihad. Esa alusión como muestra de irracionalidad violenta
en una exposición teológica no referida al Islam ciertamente
ha sido incorrecta.
Y lo ha sido porque la alusión fue la única referencia
a la irracionalidad fundamentalista en un texto que plantea la relación
entre razón, fé cristiana, filosofía griega
(el “logos” o conocimiento racional) y los fundamentos
de Europa como distinta de la racionalidad desprovista de ética
y de aspiración divina (no del Islam). En este caso el error
lógico ha resultado también en un desacierto diplomático.
Pero la reacción del mundo islámico a esa imprudencia
pontifica no sólo ha sido totalmente desproporcionada sino
peligrosa. Si su cobertura va desde el amago del retiro de embajadores,
pasando por jornadas de multitudinarias protesta, el asesinato de
una monja y la amenaza de muerte proferida por Al Qaeda, ciertamente
éste ha sido irresponsable y supera toda medida. Más
aún cuando nadie en el mundo islámico ha seguido la
huella apaciguadora que el Papa ha intentado al expresar su pesar
por el efecto de sus palabras.
Lo cual demuestra otro error vaticano: si Benedicto XVI deseó
recusar el uso de la violencia con cualquier propósito religioso
debió reiterar la posición de la Iglesia (que la condena)
para motivar su recusación universal aprovechando, por ejemplo,
el período de sesiones de la Asamblea General de la ONU que
se acaba de inaugurar. El Vaticano pudo liderar una campaña
ecuménica a este respecto.
Como el Papa no lo hizo, los Estados occidentales podrían
plantearan en ese foro junto con los islámicos la condena
de la violencia religiosa, para evitar el peligro de su intensificación
o de una división sistémica entre el mundo cristiano
y el musulmán en el sistema internacional. Ello, por cierto,
implicaría una condena concreta del terrorismo y de las ideologías
fundamentalistas que lo promueven.
Considerando que este planteamiento puede ser de difícil
articulación política, es imprescindible hacer saber
a la comunidad islámica en la ONU que si bien el respeto
a la sensibilidad religiosa es una obligación universal,
su eventual vulneración no puede generar respuestas coercitivas
y menos la subyugación de valores universales frente a cualquier
acción que se considere arbitrariamente como blasfemia. Si
de sharias que condenan a muerte a novelistas (Rushdie) o caricaturistas
(el caso danés) estamos hartos (como hartos estamos de la
irresponsabilidad provocadora), más hartos estamos de la
reacción sangrienta de quienes se consideran religiosamente
excepcionales y segregacionistas.
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