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EDITORIAL
La crisis mexicana: un caso de escalamiento por inacción
Alejandro Deustua
18 de Setiembre de 2006
Mientras los gobiernos que han reconocido o felicitado al presidente
electo de México, Felipe Calderón, no reaccionan frente
al persistente desconocimiento del Jefe de Estado que deberá
jurar el 1 de diciembre por el opositor López Obrador, una
crisis de seguridad mayor sigue formándose en México.
Peor aún, si, mientras ese proceso va acompañado
de la comisión continuada del delito de rebelión (la
constitución mexicana lo establece en su artículo
136), la autoridad mexicana no es capaz de restablecer el orden
político en ese Estado. Y mientras el señor López
Obrador -y sus seguidores- vulneran el orden constitucional al proclamar
un “gobierno paralelo”, los miembros del sistema interamericano
se inhiben de recurrir al artículo 20 de la Carta Democrática
que los faculta, como al Secretario General de la OEA, a realizar
una apreciación colectiva de los hechos en el marco del Consejo
Permanente de ese organismo.
Y para completar el escenario de la inacción, la prensa se
limita a dar cuenta de los hechos y, eventualmente, de restarles
importancia segura de que la convocatoria del Consejo Nacional Democrático
que pretende ampliar la influencia del sedicioso López Obrador
irá perdiendo apoyo (The Economist).
En un contexto en que el vacío de poder es temido tanto
como el poder ilegal que pueda instalarse en él y teniendo
en cuenta la dimensión del potencial expansivo de las crisis
mexicanas, la desatención colectiva a la peligrosa erosión
de la autoridad en ese Estado es una omisión que puede costar
caro a los ciudadanos de ese país y desestabilizar a la región
en su conjunto y al sistema internacional.
En el primer caso, aunque el apoyo a López Obrador vaya
disminuyendo, su irresponsable voluntad de desafío y la fuerza
de su radicalización no pueden ser subestimadas. En efecto,
un político despechado que convoca a un millón de
personas en el centro de la capital mexicana que lo reconocen como
el “presidente legítimo”, que se compromete a
fundar una “nueva república”, que es “autorizado”
a formar gobierno, a recaudar impuestos y a ampliar la “resistencia
civil” sin que la autoridad reaccione ciertamente constituye
una amenaza interna que procura la confrontación civil.
Desconocer ese hecho objetivo es tan irresponsable como abandonar
a la ciudadanía al peligro de la violencia colectiva si el
conflicto se sigue escalando. Especialmente en un escenario nacional
donde las fuerzas subversivas no brillan por su ausencia y en que
los agentes organizadores de amenazas globales (los carteles de
narcotraficantes, p.e.) desean asegurarse la debilidad del Estado.
Por lo demás, la naturaleza geopolítica de México
(limítrofe con Estados Unidos y con inmediata proyección
sobre Centroamérica y la cuenca del Caribe) da cuenta de
su extraordinaria capacidad de transmisión de inestabilidad
si ésta se aposenta en su territorio (especialmente en un
contexto de creciente ingobernabilidad centroamericana).
Ese potencial se incrementará si López Obrador cuenta
con socios externos en Suramérica cubriendo así la
totalidad del Hemisferio. Y éstos ya existen en los gobiernos
de Venezuela y de Bolivia (ambos son los únicos en la región
que no han felicitado o reconocido al presidente electo Felipe Calderón)
cuyos titulares tienen ostensible experiencia en el golpe de Estado
de masas.
En este caso, el rechazo del presidente Chávez al reconocimiento
del señor Calderón ha sido especialmente duro a pesar
de su origen anecdótico (el apoyo a López Obrador
tiene una base en la campaña “antichavista” que
realizó el señor Calderón). Aquél se
da en un contexto de antinorteamericanismo agravado en el marco
de la cumbre NO-AL realizada en la Habana y en la forja de la “alianza
estratégica” de Venezuela con Irán perfeccionada
durante la visita del presidente Ahmadinejad a Caracas. Si el movimiento
de López Obrador se asimila a los propósitos antisistémicos
chavistas, la relación con Irán constituirá
uno de los hilos conductores globales más perversos de la
crisis mexicana.
El otro es el que puede derivar del paso de la actual sensación
de incertidumbre que los agentes económicos mexicanos prefieren
soslayar a un cuadro de inestabilidad mayor generado por incremento
del riesgo político y energético (reflejable en un
incremento de los precios de petróleo) y la reducción
de la inversión (México es el primer receptor de inversión
extranjera de América Latina). Una combinación de
mayor desaceleración económica combinada con un alza
del precio del crudo catapultada por un factor de riesgo político
inmanejable es, ciertamente, la receta perfecta para generar incertidumbre
en Estados Unidos e inestabilidad mayor en América Latina.
Frente a este escenario, las autoridades de México y del
sistema interamericano están en la obligación de actuar.
El señor López Obrador debe ser persuadido de las
serias consecuencias de sus acciones.
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