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EDITORIAL
Narcotráfico: distinguir entre el diálogo
y la debilidad
Alejandro Deustua
5 de Setiembre de 2006
El Primer Ministro ha incursionado en una nueva y flexible forma
de atención de los asuntos contenciosos internos. Mediante
el diálogo con los gremios ha resuelto problemas que incumben
a la autoridad fiscal del Estado (la contribución minera
derivada de ganancias extraordinarias) y al establecimiento del
orden (la desactivación parcial la protesta minera que incluyó
bloqueo de carreteras). Con la misma aproximación negociadora
intenta ahora un diálogo con los gremios cocaleros para resolver
asuntos vinculados a la aparente ineficiencia de la política
antidrogas.
Estamos seguros que el Primer Ministro no espera del trato con
estos últimos resultados similares a los obtenidos con los
dos primeros por razones elementales que conciernen al tipo de actores
implicados y a la creciente debilidad del Estado en la lucha contra
el narcotráfico.
En efecto, si la definición de empresarios y obreros mineros
es clara, legal y se enmarca en una actividad formal y legítima,
la diferencia entre cultivadores legales e ilegales de coca está
permeada por la predominante influencia de una poderosa actividad
ilícita. Es en este ambiente brumoso que el gobierno debe
trazar la línea en su compromiso de lucha contra el narcotráfico
antes de avanzar en la atención de los requerimientos cocaleros:
la eliminación de la erradicación no voluntaria, el
veto a la autoridad (la dirección de Devida) y a sus instrumentos
(las organizaciones encargadas de promover la sustitución
de cultivos), la industrialización de la coca y el empadronamiento
general o indiscriminado de cultivadores, entre otros.
En tanto estos reclamos implican debilitar la política
antinarcóticos del Estado, influenciar su futura orientación
y, eventualmente, promover una suerte de codirección de la
misma, el Primer Ministro, en nombre del Estado, debe dejar en claro
que su autoridad es incuestionable, que sus políticas pueden
ser consultadas pero no determinadas por terceros y que a ese proceso
no pueden concurrir agentes que han incurrido en ilegalidad manifiesta.
Estamos al tanto de que la soberanía del Estado es relativa.
Pero aún bajo esos términos, la que supone el establecimiento
del orden interno no puede erosionarse aún más sin
que la entidad estatal pierda competencias que le son inherentes.
Tener claridad sobre la competencia estatal es esencial especialmente
cuando en un vecino (Bolivia) ésta ya ha sido cooptada por
el sindicalismo cocalero mientras que, en el ámbito externo,
el régimen jurídico que regula la lucha antinarcóticos
ha sido puesto en cuestión con participación de organismos
subregionales en el que el Perú participa (la CAN).
Este es el caso de la iniciativa que la autoridad de la Comunidad
Andina asumió durante el primer trimestre en Viena cuando
amparó el interés del presidente Morales de que el
régimen internacional de fiscalización de la hoja
de coca se flexibilizara en el marco de la Convención Única
de Estupefacientes de 1961 suscrito en aquella capital en el marco
de las Naciones Unidas (y que fue modificado en 1972).
El planteamiento que se llevó a ese foro consistió
en extraer a la hoja de coca de la Lista I de la mencionada Convención
para inscribirla en la Lista III que admite un régimen interno
más discrecional, con mayor propensión a facilitar
el comercio de la coca y menor rigor en la obligación internacional
de la fiscalización de su siembra, de su cuantía y
de la advertencia pública de su riesgo. Ello se obtendría
en el 2008.
Si ello ocurre en el marco del debilitamiento institucional de la
entidad comercializadora del Estado (Enaco), del incremento de la
influencia de las regiones cocaleras en su dirección y de
la inscripción indiscriminada de cultivadores en un padrón
que ampliaría la cuantía de los cultivos, el Estado
no sólo habrá perdido el control de su ya débil
capacidad regimentadora en la materia sino que será más
vulnerable a la presión por la legalización del cultivo
bajo el pretexto de su “despenalización”.
Con una bancada cocalera en el Congreso cuya posición en
la materia es gremial y una considerable capacidad de presión
política interna y de apoyo externo (cercano a la organización
que lidera el presidente Morales y a ciertos foros del que pueden
no escapar ciertas vertientes del Parlamento Andino), el Estado
incrementará considerablemente su vulnerabilidad frente al
narcotráfico.
Estamos seguros de que el Primer Ministro no desea este resultado
y que actuará en consecuencia. Ello implica distinguir entre
la necesidad de mejorar la eficiencia de la lucha contra el narcotráfico
de la perversa flexibilización de los débiles instrumentos
estatales en la materia.
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