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EDITORIAL
Estados Unidos, Occidente y Cuba
Alejandro Deustua
31 de Agosto de 2006
El Secretario Adjunto del Departamento de Estado norteamericano,
Thomas Shannon, está convencido de que Cuba asiste a una
transferencia del poder “en cámara lenta”. En
ella sólo el pueblo cubano deberá determinar su futuro
(1).
Este diagnóstico optimista presenta un matiz escénico,
sin embargo: para que la transición ocurra con estabilidad
Fidel Castro debiera jugar un rol de árbitro (y no porque
hoy le quede sólo esa alternativa). El lado pesimista implícito
en ese diagnóstico no deja de ser alarmante: si el dictador
que ha confrontado a Estados Unidos y al sistema interamericano
por medio siglo no desempeña ese rol mediador, la competencia
por el poder en Cuba puede generar una situación de inestabilidad
con indeseables consecuencias regionales según el señor
Shannon (2).
Si ésta es la evaluación pública norteamericana
sobre la situación cubana, la aspiración consiste
en que la transición se oriente hacia la transformación
democrática en la isla y a la reincorporación del
Estado cubano al sistema hemisférico. Estados Unidos coadyuvará
a ello no levantando el bloqueo (lo que sólo ocurrirá
luego de que Cuba “se abra”) sino estimulando a la comunidad
democrática internacional para que ésta persuada a
los cubanos de los beneficios de asociarse a ella al tiempo de promover,
en Cuba, un espacio de diálogo al respecto.
Lo primero que cabe decir sobre el particular es que la vieja
aspiración a una apertura cubana tiene carácter cuasi-universal
y no sólo norteamericano (Juan Pablo II la resumió
en La Habana en una fórmula de “simple” planteo
Vaticano: “que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra
a Cuba”). Su consenso, por tanto, ya es amplio.
Lo segundo es constatar que esta aspiración no debe confundirse
con el diagnóstico si se tiene en cuenta la realidad cubana
desde que la fuente de poder externo de Castro (la URSS) se derrumbara.
En esa oportunidad el régimen castrista aparentó una
incipiente flexibilización política e intentó
una artificiosa y sectorial reforma económica sólo
hasta encontrar un nueva ancla de sustento económico (Venezuela)
y una mayor receptividad occidental (la Unión Europea mejoró
el diálogo con Cuba y las organizaciones de integración
latinoamericanas le brindaron voz y espacio).
Los resultados no han sido esperanzadores: Cuba fustigó
a la UE cuando ésta vigorizó su posición sobre
la promoción de los derechos humanos en la isla, Venezuela
brindó asistencia energética y financiera vital para
la supervivencia de la dictadura cubana (con la que desea compartir
“legitimidad” ideológica primero para heredarla
después), el Mercosur proporcionó a Castro populosa
tribuna antisistémica en Argentina bajo el alero chavista
y la organización de la Cumbre Iberoamericana siguió
admitiendo que Castro suscribiera falsos compromisos democráticos
a cambio de una inútil socialización política.
En otras palabras, ciertos Estado europeos y latinoamericanos
antepusieron los sentimientos derivados de su anacrónica
filiación ideológica (que hoy no pueden ejercer en
sus respectivas jurisdicciones) por encima de los intereses de una
creciente comunidad democrática internacional sin conseguir
flexibilidad alguna de la dictadura cubana.
Y ahora Estados Unidos sigue, parcialmente, esa huella priorizando
la persuasión y vigorizándola sobre cualquier otro
instrumento para orientar lo que ha logrado coactivamente (aunque
a gran costo) en otras regiones: el cambio de régimen.
Para que esa huella se transforme efectivamente en el camino adecuado
es indispensable el apoyo de la comunidad democrática internacional,
como lo reclama el Subsecretario Shannon. Pero como ello no está
a la vista en el Mercosur, ni en la Cumbre Iberoamericana y tampoco
en la OEA (el foro donde este marco transformador debiera lograrse),
es preciso promover algo más que discusiones altruistas sobre
el cambio democrático en Cuba sin llegar a la intervención
coactiva abierta.
Un primer paso para ello, consiste en revisar los diagnósticos.
¿Estamos realmente ante el fin de un régimen totalitario?
La referencia china es acá pertinente: no es improbable que
Cuba cambie primero el régimen económico que el político.
Para proceder en ese sentido cuenta con suficiente capacidad de
gestión interna (Cuba ha instruido a dos generaciones de
tecnócratas capaces de producir quizás un mejor gobierno
que el castrista sin renunciar a la protección del Partido
Comunista y de la Fuerza Armada) y apoyo externo (la que derivaría
de la implementación de reformas económicas orientadas
hacia la incorporación a la OMC aunque ésta fuera
lejana).
Al margen de que lo logren, el intento facilitará al régimen
cubano mayor soporte internacional postergando la reforma política.
Ello complicará fuertemente los intentos latinoamericanos
de consolidar una comunidad democrática representativa hoy
debilitada por la injerencia venezolana, su contenciosa filiación
extraregional, su creciente influencia económica y la indisposición
de ciertas potencias (p.e., Brasil y Argentina) a minimizar el rol
político de Chávez.
Un segundo paso consiste en relativizar la utilidad de ciertos instrumentos
diplomáticos para lidiar con los denominados “conflictos
intratables”: asegurar la supervivencia del enemigo fuerte
mientras se le combate con el propósito de negociar posteriormente
con él.
Este es uno de los mecanismos que adoptó en el pasado Israel
con determinados interlocutores (y que, probablemente, hoy sigue
empleando con los costos del caso). Y puede ser también,
en alguna variante, un instrumento norteamericano al reconocer inmatizadamente
el rol de “árbitro” a Castro y al otorgar a Venezuela
y China un rol potencialmente constructivo en la transformación
democrática de la isla si esos Estados desearan adoptarlo
(3).
Para evitar que este recurso diplomático in extremis altere
los débiles principios liberales de la mayoría de
los Estados latinoamericanos, Occidente en su conjunto (Estados
Unidos, la Unión Europea y América Latina), antes
que sus competidores, deben tomar la iniciativa para promover el
cambio democrático en Cuba creando el contexto externo apropiado
para ello. Esa responsabilidad corresponde principalmente a los
Estados miembros de la OEA. Éstos deben asumirla.
(1) La Política Exterior de Estados Unidos hacia Cuba
The Washington Foreign Press Center, Washington DC
23 de agosto de 2006
(2) (3) Teleconferencia de prensa en Lima del Secretario Adjunto
para Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, Tomas
A. Shannon
30 de agosto de 2006
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