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EDITORIAL
La alternativa nuclear en el mundo y Suramérica
Alejandro Deustua
25 de Agosto de 2006
Las dificultades de libre acceso a las fuentes de energía
no renovable y el fuerte incremento de los precios del petróleo
están replanteando en Europa, Asia y América el recurso
a la energía nuclear como alternativa entre las fuentes renovables.
En la medida de que ese desarrollo converge con la emergencia
de nuevas potencias en el sistema internacional y con el hecho de
que algunos conflictos regionales incluyen eventualmente el componente
nuclear (los casos de Irán y Corea del Norte), es claro que
el nuevo impulso energético tiene una dimensión geoestratégica
de considerable magnitud.
La primera de ellas consiste en la revisión de la lista
de Estados “nucleares” y “no nucleares”
establecida a la fecha de la firma del Tratado de No Proliferación
(1968) y de su puesta en vigor (1970).
Entre los primeros sólo se encontraban Estados Unidos,
la Unión Soviética, China, el Reino Unido y Francia.
Aunque entre los no firmantes (India, Pakistán, e Israel),
sólo los dos primeros han reconocido oficialmente su status
nuclear (Israel ni lo confirma ni lo niega), es evidente que esas
tres potencias se cuentan, desde hace algún tiempo, en el
“club nuclear” ampliado.
Posteriormente, Estados como Sudáfrica, Brasil y Argentina
suspendieron sus desarrollos nucleares pero mantuvieron su capacidad.
Entre el resto de los países no nucleares de los 187 que
ratificaron el Tratado de No Proliferación quizás
algunos desarrollaron conocimientos básicos sobre esta materia
(el Perú entre ellos a través del IPEN) pero siempre
dentro de las obligaciones de uso pacífico establecidas en
el TNP que obliga a coordinar términos de vigilancia con
la Organización Internacional de Energía Atómica.
Para enfatizar esa obligación los países latinoamericanos
(33 signatarios) suscribieron en 1968 el Tratado de Tlatelolco vigente
desde 1969 que declara a la América Latina zona libre de
armas nucleares. Esta calidad es compatible con el desarrollo de
actividades y sistemas orientados al uso pacífico declarado
como derecho inalienable por el TNP.
El segundo impulso revisionista del status nuclear establecido
con la firma del TNP es el que proviene de potencias antisitémicas
como Corea del Norte e Irán que han sido conminadas por el
Consejo de Seguridad a deponer todos los desarrollos y sistemas
que no cuenten con la adecuada supervisión de la OIEA.
Y el tercero proviene de agentes terroristas que intentan, manifiestamente,
de hacerse con armas de destrucción masiva.
Es en este renacimiento proliferador que aparece el interés
de países desarrollados y no desarrollados de recurrir a
la energía atómica para usos pacíficos. Entre
los últimos se encuentran algunos de la región que
brindan seguridades de cumplimiento de los tratados de no proliferación
(p.e., Chile, Brasil, Argentina). Pero ese interés se complica
por la competencia eventual de gobiernos como el de Venezuela cuyas
intenciones y alianzas no brindan seguridades de ninguna especie
en la materia.
Bajo estas circunstancias, las organizaciones creadas al amparo
del TNP y del Tratado de Tlatelolco deben estar alertas para que
la reanudación de la investigación nuclear, producción
de uranio enriquecido y de construcción de plantas en Brasil
(Angra III)
y Argentina (Atocha II), entre otros desarrollos, cumplan con las
normas correspondientes y faciliten mecanismos de supervigilancia
con la OIEA (especialmente si el material producido va a ser comercializado).
Si bien es cierto que los Estados de la región tienen pleno
derecho a adquirir esta capacidad, deben evitar que en Suramérica
se arriesgue una quiebra del régimen nuclear existente. Las
consecuencias serían extremadamente costosas para todos.
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