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EDITORIAL
El narcotráfico y el terrorismo: una amenaza incrementada
Alejandro Deustua
18 de Agosto de 2006
La amenaza del narcotráfico se inscribe hoy en un contexto
de seguridad sustancialmente deteriorado por el incremento de otro
desafío global: el terrorismo.
Si la vinculación entre narcotráfico y terrorismo
es una premisa comprobada, aunque matizada por el diferente carácter
de los escenarios donde se arraiga, se concluirá que la determinante
influencia del terrorismo en los principales centros de conflictos
regionales (los del Medio Oriente) deberá tener un impacto
en los ámbitos locales (p.e. en Colombia). En estos casos
la intensidad de la filiación entre narcotráfico y
terrorismo tenderá a incrementarse tanto por la naturaleza
del vínculo (p.e. el carácter narcoterrorista de las
FARC) como por el grado de relación entre ambas amenazas.
A ello debe agregarse dos componentes locales. En el lado de la
demanda, el consumo no se abate con la intensidad suficiente para
que la intensidad del narcotráfico descienda.
Éste es un viejo problema del que los países desarrollados
no han logrado dominar y al que los países en desarrollo
(especialmente los suramericanos) han agregado intensidad con su
significativa incorporación al mercado de consumo (el caso
brasileño) o a la cadena de intermediación (el caso
mexicano).
Y en el lado de la oferta el problema ha sido innovado no sólo
por la fatiga y debilidad estatales en la lucha contra esa amenaza
sino por la creciente organización política de los
productores (especialmente en lo países andinos). En estos
países los productores, cuyas organizaciones no distinguen
adecuadamente al cultivador legal del ilegal, ya alcanzaron el poder
(en Bolivia el presidente Evo Morales sigue considerándose
un líder cocalero) y han ganado posiciones en el Perú
(la “bancada cocalera” del Congreso).
El problema se agrava si se considera que organizaciones como la
CAN han contribuido con el gobierno de Bolivia con gestiones para
extraer la coca de la lista I de la Convención de Viena de
1961 (Convención Única de Estupefacientes) que identifica
a la coca como uno de los productos que deben someterse al rigor
del Estado.
Aunque en los países andinos la producción de coca
ha descendido notablemente en la última década (a
principios de los 90 el área sembrada en el Perú no
bajaba de 110 mil has. mientras que hacia el 2004 asciende a 54
mil (50300 según Enaco), la mayor productividad, nuevos mercados
y los intentos “despenalizadores” y “legalizadores”
están complicando seriamente el problema.
Al respecto debe tenerse en cuenta que del total mencionado, 43624
has.de sembríos cocaleros (correspondientes a 100936 TM)
están comprometidas con el narcotráfico y sólo
6676 has. (obtenidas de 9 mil TM) se orientan al consumo legal según
la ONU (el saldo podría catalogarse dentro de la categoría
coca legal/informal). Esta última cifra sube, según
la contabilidad de otras organizaciones, a cerca de 10 mil has.
El hecho de que la línea que separa la coca legal y la ilegal
presente tan bajo margen de error para el Estado y los organismos
internacionales y de que ello no quede claro para los productores
organizados políticamente es ciertamente un problema mayor.
Más aún cuando se reitera la evidencia de que no
hay cultivo lícito que pueda competir con el precio de la
coca destinada al narcotráfico. En efecto mientras que el
precio del producto agrícola más barato (el olluco)
y el más caro (el cacao) se paga 0.29 y 4.78 soles por kilo,
respectivamente, en centros cocaleros como Huanuco y Cuzco, el precio
de la coca destinada al narcotráfico en esos mismos departamentos
asciende a 9.55 soles por kilo (FONAFE, Minag. 2005).
Si esa diferencia es imbatible en términos de remuneración
y el narcotráfico hace de ella un negocio de US$ 293 millones
anuales sólo en el Perú parece evidente que esta amenaza
no puede combatirse sólo a través de mecanismos de
mercado como algunos pretenden sino que sigue reclamado la intervención
coercitiva y desarrollista del Estado.
Lo primero que se debe decir al respecto es que el Estado debería
contar con US$ 300 millones anuales para sustituir a mayor ritmo
el cultivo ilegal de coca. Como ello no ocurre, es necesario fortalecer
las instituciones encargadas del control de la coca legal (Enaco)
y de aquellas responsables por la erradicación de la ilegal,
la interdicción, el desarrollo alternativo y la prevención,
entre otras, a niveles superiores que los que requeriría
una erradicación expeditiva y sostenible.
Lamentablemente, el gobierno acaba de dar una muestra de debilidad
al respecto: la disposición a entregar el control de Enaco
a uno de los gobiernos regionales de mayor producción cocalera
(el Cuzco, cuya producción ilegal es, con 16247 has., la
segunda en el país -aunque es también el primer productor
legal con 5894 has.-) (Enaco). Peor aún, el directorio de
esa repartición podría ser dominado por una representación
mayoritaria de gobiernos regionales eminentemente cocaleros.
Como es evidente bajo ese esquema Enaco agregará a sus problemas
de ineficiencia los económicos derivados de la estructura
de precios de la coca legal frente a la informal/legal y la ilegal.
En efecto, mientras esa entidad compra al productor a 5.19 soles
el kilo de hoja (cuyo costo de producción es sólo
de 1.57 por kilo) y vende al consumidor tradicional a 21 soles el
kilo, los agentes informales ofrecen mayores ventajas al productor
(5.66 soles por kilo) obligando a Enaco a comprar a mayor precio.
Pero ese problema es ínfimo frente al precio que pagan los
agentes del narcotráfico directamente al productor (9.55
soles por kg) (1).
Frente a la magnitud del desafío que presente el “mercado”
de la coca, el Estado y la comunidad internacional están
obligados a redoblar esfuerzos. Especialmente si el vínculo
del narcotráfico con la política se ha incrementado
en un contexto regional que pierde resistencia frente al problema
de la coca ilegal en un contexto global en el que el vínculo
entre el narcotráfico y el terrorismo parece haberse incrementado.
(1) Cifras expuestas en CEDRO
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