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EDITORIAL
Atrayendo el fundamentalismo del Medio Oriente y del Caribe
Alejandro Deustua
16 de Agosto de 2006
Si alguien tiene dudas en torno al potencial de proyección
del conflicto del Medio Oriente hacia América Latina, allí
están para absolverlas la relación especial establecida
entre los presidentes de Venezuela e Irán.
En efecto, el señor Hugo Chávez en reciente visita
a su colega iraní Mahmoud Ahmadinejad acaba de compartir
con él odios antimperialistas y antisemitas. Es más,
éstos han sido condimentados con deseos mutuos de que “lluevan
rayos” sobre Estados Unidos e Israel. En tanto esta nueva
versión del Apocalipsis se realiza en épocas de apogeo
terrorista, aquélla puede entenderse como un estímulo
abierto a los grupos que emplean esos medios no convencionales de
lucha.
Es más, extralimitando el ámbito de la fraternidad
bolivariana, el presidente Chávez ha avalado, literalmente
de la mano de Ahmadinejad, la política iraní de desarrollo
nuclear. Y lo ha hecho con la intención de que esa política
se propale al resto de los países de la OPEP justo cuando
el Consejo de Seguridad de la ONU ha reclamado formalmente a Irán
que ponga fin a su programa nuclear y acepte la supervigilancia
de la Organización Internacional de Energía Atómica
que sospecha que el programa iraní no tiene sólo fines
pacíficos.
De esta manera, los Estados suramericanos que insisten en fundamentar
su política exterior en la supuesta ventaja geopolítica
que otorga la lejanía de los principales centros de conflicto
tendrían que revertir sus premisas: a través de la
alianza venezolano-iraní, el presidente Chávez está
atrayendo a Suramérica el principal conflicto regional del
mundo (el del Medio Oriente) que, como lo sostiene la ONU, altera
la paz y la estabilidad mundiales.
Y lo hace tan hostilmente como lo realizó en 1960 la Cuba
castrista en relación con la Unión Soviética.
Aunque con una notoria diferencia estratégica. En efecto,
mientras que Castro, buscó después de 1959, el amparo
de la superpotencia comunista al punto de convertirse en detonante
de una inminente guerra nuclear (la crisis de los misiles de 1962
que felizmente se desactivó), Chávez ha llevado su
apoyo a Irán, como pretende hacerlo con Corea del Norte,
en una gira que busca la construcción de una alianza anti-occidental
de amplio espectro. Su herramienta es el poder petrolero transformado
en promotor de la proliferación nuclear y de conflictos regionales
como instrumento de cambio del sistema internacional y de promoción
de potencias emergentes antisistémicas.
Para ello Chávez requiere de la filiación castrista
de manera que ésta sustente su legitimidad y proyección
ideológicas. Es evidente que con ese objetivo el presidente
venezolano se ha mostrado en La Habana como heredero, mentor o par
del dictador cubano dependiendo de la interpretación que
merezca esa visita.
Ésta, por lo demás, ha mostrado que aún sin
Castro, una versión del castrismo estará vigente en
Suramérica. Si éste ya tiene una dimensión
formal (la alianza cubano-venezolana), ahora querrá adquirir
una dimensión más permeablemente bolivariana e internacionalista
si cabe. Es posible que, al respecto, la vía de la diplomacia
de los petrodólares y de los cooperantes sea sólo
uno de sus instrumentos.
Por lo demás, a la luz del “nuevo pensamiento estratégico”
chavista, el vínculo de Venezuela con las potencias afiliadas
al radicalismo islámico y al radicalismo comunista sólo
puede interpretarse como un intento de crear un suerte de Guerra
Fría extremadamente inestable, militarista y beligerante
en Suramérica y el mundo.
Es evidente que este planteamiento parece extravagante. Y lo es…
pero el señor Chávez cree en él y desea aplicarlo.
En consecuencia, los miembros del sistema interamericano, de la
apresurada Comunidad Suramericana de Naciones y del Mercosur no
pueden seguir considerando la relación con Venezuela sólo
como un vínculo “integracionista” o constructor
de la “patria grande” que hay que saber administrar
aceptando el tutelaje del “padre Bolívar” (como
opinan algunos miembros del gobierno) o absorbiéndolo (como
ingenuamente buscan los socios del Mercosur).
Si Chávez desea traer a Suramérica la beligerancia
del castrismo y del fundamentalismo islámico, es legítimo
que las democracias representativas de nuestra región planteen
una enérgica respuesta política y estratégica
(la contención es una alternativa) a la megalomanía
chavista. En ese contexto, brindar apoyo para que Venezuela forme
parte del Consejo de Seguridad (como lo han hecho los miembros del
Mercosur) constituye una extraordinaria imprudencia.
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