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EDITORIAL
Dos semanas de política exterior
Alejandro Deustua
9 de Agosto de 2006
Luego de que el primer mensaje del Presidente García rebajara
la prioridad de la política exterior al omitirla en su mensaje,
el Jefe de Estado ha concretado en estos días algunos aciertos
y varios preocupantes errores.
Entre los primeros se registran la invitación andina a
Chile para su incorporación como miembro asociado de la CAN
y el anuncio del viaje a Estados Unidos para promover la aprobación
del TLC. Entre los segundos preocupa la potencial alteración
de la vinculación del Perú con el régimen interamericano
de derecho humanos por la insistencia en reclamar la pena de muerte,
la desarticulación geopolítica del sur mediante la
promoción de un megapuerto en Tacna (que competirá
con Ilo y Matarani) y de un ferrocarril Tacna-La Paz (que desestimulará
el mejor uso del tramo IIRSA Ilo-Desaguadero-La Paz) y el debilitamiento
institucional de la lucha contra el narcotráfico (el eventual
traslado de ENACO al gobierno regional de Cuzco y la integración
de su directorio por representantes que buscan legitimar la coca
ilegal ampliando el padrón correspondiente).
Si a dos semanas de iniciado el gobierno el balance en el sector
Relaciones Exteriores sobresalta, la propuesta del Canciller sobre
su sector añade al requerimiento público de claridad,
la necesidad de ordenar la acción gubernamental en la materia
sobre una premisa que persiste en olvidarse: la política
exterior no es una función de la política interna.
Al margen de esta cuestión fundamental, el Canciller ha
asegurado que prefiere encauzar su sector antes que revolucionarlo.
Magnífico. Pero ello requiere una básica definición
de cómo se entiende el entorno externo en el que procederá.
Si éste se ha deteriorado globalmente en materia de seguridad
(p.e., la intensificación de conflictos regionales y de proliferación)
y económica (el fracaso de la Ronda Doha) mientras el hemisferio
americano y la región pierden cohesión, no basta señalar
que nuestra inserción en la globalización debe ser
múltiple y que la prioridad corresponderá, como siempre,
a los países vecinos.
Mucho menos cuando la dimensión valorativa de la globalización
está siendo cuestionada y la asimetría de su fundamento
material dista de haberse corregido. Frente a ello es necesario
reconfirmar la partencia del Perú a la comunidad democrática
de naciones y fortalecer su participación activa en regímenes
que mejoren los términos de la gobernabilidad global (el
Consejo de Seguridad es vital, pero también lo es la Convención
del Mar o el G20, p.e.).
Y si nuestra inserción valorativa es occidental y la estructural
es periférica hay que confirmar lo primero y mejorar lo segundo.
Ello no puede confundirse con relaciones equivalentes con Estados
Unidos, la Unión Europea y el Asia.
De otro lado, es claro que con la primera potencia debemos ampliar
la agenda pero hay que precisar cómo porque al respecto la
novedad no abunda. De otro lado, la relación con la Unión
Europea no se limita al futuro acuerdo de asociación (la
relación bilateral debe recuperarse). Y la relación
con Asia ciertamente no se presenta sólo como un horizonte
paradisíaco: con Japón es imprescindible esclarecer
lo ocurrido en la última década, con China falta solucionar
problemas como la competencia desleal o la implicancia del status
de economía de mercado. En la búsqueda de oportunidades
allí, como en la APEC, el desbrozamiento del terreno no debe
obviarse.
Y es claro que el fortalecimiento de la relación vecinal
es una prioridad. Pero la innovación aquí no puede
reiterar las complicaciones de la imprudencia. En primer lugar,
es necesario corregir la heterogeneidad de status en ese ámbito
de relación (hay demasiadas clases de “relaciones especiales”,
insuficiencia de interdependencia real y omisión de prioridades
–Brasil- para resaltar otras –Chile-). En segundo lugar,
la construcción de nuevas entidades (la Asociación
del Pacífico Latinoamericano) debe realizarse sobre bases
sólidas y sin apresuramientos (el proceso de gestación
de la Comunidad Suramericana no es un ejemplo a seguir).
Finalmente, es bueno que el acápite institucional se oriente
al futuro y se asiente en la austeridad y la simplificación.
Pero debe recordarse que un presupuesto de 0.9% del total no da
para muchos recortes sin sacrificio de eficiencia y que el replanteamiento
del organigrama, aunque ahora necesario, no debe convalidar una
tendencia manifiesta de la autoridad. Si de regresar a lo básico
se trata, empecemos por la división orgánica entre
asuntos bilaterales y multilaterales y reforcemos el área
económica. Lo realmente nuevo, “peruanos en el exterior”
y “asuntos globales”, puede potenciarse sobre esa infraestructura.
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