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EDITORIAL
El segundo mandato del Presidente Uribe
Alejandro Deustua
7 de Agosto de 2006
El Presidente Álvaro Uribe ha iniciado su segundo período
como Jefe de un Estado que ha recuperado considerablemente niveles
esenciales de seguridad acompañados de crecimiento económico
y renovada legitimidad social y externa. Sobre esa base, que aseguró
su reelección luego de una modificación constitucional,
la expectativa es que Colombia logre acercarse a la pacificación
y continuar por la vía del progreso bajo un liderazgo que
el 62% de los colombianos ha apoyado.
Esta no será una tarea fácil a la luz a la luz de
la capacidad narcoterrorista ya no para mantenerse a la ofensiva
militar sino para eludir negociaciones serias de paz. Y menos en
un contexto de seguridad global desmejorado extraregionalmente (la
reanudación de conflictos regionales estimulados por agrupaciones
terroristas de proyección internacional–Irak, Líbano-,
entre otros) y regionalmente (la inestabilidad atraída a
Suramérica por la irresponsable acción del presidente
Chávez, la incertidumbre que el totalitarismo cubano arroja
sobre el Caribe y la proyección potencial de la polarización
política mexicana).
Es verdad que el Presidente Uribe ha logrado logros encomiables
bajo condiciones adversas (el incremento de la capacidad de desafío
de las FARC y de otras fuerzas narcoterroristas durante el gobierno
del señor Pastrana). La desmovilización de las “Fuerzas
de Autodefensa” (las AUC), el inicio de negociaciones con
un ELN debilitado y el exitoso hostigamiento a las FARC erosionando
considerablemente su capacidad de despliegue y de control territorial,
son pruebas palpables de los logros del liderazgo político
del presidente colombiano y de sus fuerzas armadas (cuya capacidad
ha sido notoriamente recuperada).
La desmovilización de algo menos de 30 mil subversivos,
el incremento de la presencia del Estado en buena parte de un territorio
antes sometido al rigor narcoterrorista, el incremento notable del
tránsito de personas negado antes por el control carretero
de la subversión y la considerable reducción de todos
los índices de criminalidad violenta complementan poderosamente
el éxito de la lucha antisubversiva en Colombia.
Sin embargo, queda mucho por hacer: a pesar de los esfuerzos de
erradicación e interdicción, Colombia sigue siendo
el centro principal del tráfico global de cocaína
(que ahora incorpora a toda la cadena de producción), las
FARC mantienen un considerable poder local y de interacción
externa, los desmovilizados no han sido asimilados suficientemente
ni por el mercado ni por la sociedad y el malestar social sigue
siendo alto (cerca de 50% de pobreza según versiones de consenso).
De otro lado, el Presidente Uribe deberá continuar promoviendo
reformas económicas que una ciudadanía con mayor sensación
de seguridad puede tender a resistir con mayor intensidad (una muestra
de ello ha sido la oposición a la privatización de
parte de la empresa petrolera estatal Ecopetrol).
Es verdad que ahora el Presidente Uribe ha matizado el enfoque
de mercado compensándolo con el de la equidad en la inauguración
de su segundo mandato. Y que éste se refleja, por ejemplo,
en propuestas de compensación a los sectores que podrían
ser perjudicados por la probable reforma tributaria (reducción
del impuesto a la renta equilibrada con el aumento de impuestos
indirectos que todos pagan). Pero los requerimientos de mayor apertura
en ciertos sectores como el agrícola (algunos de los cuales
corresponden a los términos del TLC con Estados Unidos sin
que se hayan reducido los subsidios a la producción y exportación
norteamericana luego del fracaso inicial de la Ronda Doha) pueden
despertar un nivel de controversia superior al registrado durante
la primera administración.
Es verdad que, internamente, ello será compensado por la
influencia del “uribismo” en el Congreso (una coalición
de diversos partidos que, por tanto, no es incondicional a pesar
de ser mayoritaria), por el apoyo del sector empresarial y por la
lealtad de la Fuerza Armada. Pero la capacidad de movilización
opositora callejera que hoy emerge en otros países de la
región puede incrementarse también en Colombia (especialmente
si la economía se aletarga al compás de la desaceleración
externa a partir del 2007) adelgazando el apoyo que hoy disfruta
el Presidente Uribe.
Este efecto, sin embargo, será atenuado externamente por
el mayor apoyo que provendrá de Estados Unidos y de la subsistencia
del Plan Colombia (US$ 600 millones anuales según The Economist)
contra el narcotráfico y el terrorismo y a favor del fortalecimiento
institucional y del soporte de reformista. En este punto, la asociación
estratégica entre Colombia y la primera potencia tenderá
a incrementarse.
A pesar de ello, esa base de apoyo debe ser ampliada en la región
para que Colombia logre una mejor inserción contextual. Ese
apoyo debe orientarse a ayudar a Colombia a terminar, de una vez,
con la confrontación interna que la marca contemporáneamente
desde 1948 (el año del “bogotazo”) y con la corrupción
(que hoy se retroalimenta desde los países vecinos y demanda
de droga norteamericana y europea).
Al respecto debe recordarse que Colombia no ha solicitado ni deseado
mayor cooperación salvo la que ocurre a partir de sus fronteras.
De manera concordante, la políticas de los vecinos –como
en el caso peruano- es la de no inmiscuirse en el conflicto colombiano.
Ello no obstante (y salvando el caso de Venezuela, país con
el que Colombia procura mantener la mejor relación posible
a la luz de la magnitud de la interdependencia bilateral -los intercambios
colombo-venezolanos son los mayores de la subregión andina-),
los demás vecinos podrían incrementar el nivel de
cooperación de seguridad efectiva con Colombia (p.e. fortaleciendo
sustantivamente la seguridad fronteriza con el propósito
de reducir el radio de acción delictiva de las FARC).
De esta manera se lograría un mejor arraigo de seguridad
de Colombia en consonancia con el incremento de su nivel de integración
que, aunque aún insuficiente, ha aumentado notoriamente.
Quizás ello pueda ayudar al esfuerzo del Presidente Uribe
cuyo éxito se proyectará al conjunto de la región.
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