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EDITORIAL
El fracaso (¿pasajero?) de la Ronda Doha
Alejandro Deustua
4 de Agosto de 2006
Cuando en el 2001 la IV Reunión Ministerial de la OMC lanzó,
en Doha (Qatar), la primera ronda de negociaciones comerciales multilaterales
post-GATT, la expectativa internacional de mayor apertura comercial
giraba en torno a la vinculación de otros ámbitos
ligados al comercio y a la mejor distribución de beneficios
colectivos. Para remarcar el segundo objetivo, la denominada Ronda
del Desarrollo debía procurar incluir mejor a las economías
menos favorecidas. En ese contexto, que intentaba probar a todos
las ventajas de la globalización, el sector que progresivamente
recibió la mayor atención fue el agrícola.
La focalización no exclusiva sobre este sector se fue decantando
luego de que los problemas de la caótica reunión de
Cancún (2003) evidenciaran la complicación de avanzar
en los “temas Singapur” (inversiones, competencia, contrataciones
públicas y facilitación del comercio). Los países
en desarrollo no veían con claridad en esos temas (que incluían
variantes en el ámbito laboral y ambiental) ganancias suficientes
que retribuyeran su gran esfuerzo de reforma. Sin embargo, dentro
de las dificultades del proceso (que incluyeron sucesivas postergaciones
de los plazos de culminación), se evidenciaron progresos
marginales en las reuniones de Ginebra (2004) y de Hong Kong (2005).
La disposición a avanzar se estableció, por ejemplo,
en grandes objetivos de corto plazo (liberación arancelaria
y de cuotas de acceso a 97% de los productos de países en
desarrollo más pobres además del establecimiento de
un programa de asistencia al comercio -aid for trade-) y de largo
plazo (ofertas de eliminación de los subsidios agrícolas
hacia el 2013).
Por lo demás, los incentivos de ganancias cuantitativas emergían
de todos lados: la OCDE consideró que un recorte arancelario
y de subsidios del orden del 50% podría generar US$ 44 mil
millones al año en beneficios. De otro lado el Banco Mundial
estimó que la liberación completa del comercio podía
rendir US$ 287 mil millones de mayores ingresos hacia el 2015 (aunque
concentrando 2/3 de los beneficios en los países desarrollados).
Y alguna vez The Economist refirió un rango de ganancias
anuales globales de entre US$ 300 mil y US$ 500 mil millones si
la Ronda era plenamente exitosa.
Mientras ello ocurría, el consenso a favor de la globalización
se incrementaba en las élites de los países en desarrollo
(Pew, citada por BBC, encuentra ese cambio especialmente en África)
a pesar de que la preferencia proteccionista no cedía en
las ciudadanías de los países desarrollados (especialmente
visible en el Congreso norteamericano y en la actitud antiglobal
de parte de la población europea).
Por lo demás los Jefes de Estado que participaron en la reciente
cumbre del G8 realizada en julio en San Petersburgo se comprometieron
a culminar la Ronda Doha en el 2006 de manera ambiciosa: recortes
significativos de aranceles y subsidios agrícolas y generación
sustantiva de flujos de comercio.
Sin embargo, el 24 de julio pasado, los jefes de delegación
de los principales interlocutores reunidos en Ginebra declararon
la suspensión, sine die, de la Ronda. El fracaso en esta
etapa fue reconocido por todos (incluyendo al Director General de
la OMC, Pascal Lamy) mientras que las posibilidades de reanudación
sólo se consideraron para cuando hubieran reales posibilidades
de éxito (lo que no ocurrirá este año). Aunque
nadie retiró las “ofertas” de apertura realizadas
durante las negociaciones, el compromiso colectivo de concluir la
Ronda el 2006 se quebró.
Como consecuencia, la imputación de responsabilidades emergió
de inmediato. El Director General Lamy, en un intento de objetividad,
explicó que el desacuerdo sobre las “dos patas del
triángulo” (reducción de aranceles y apoyos
internos agrícolas) prevalecieron sobre la falta de progreso
en otros temas (NAMAs o bienes no agrícolas).
Estados Unidos se quejó, en cambio, de falta de flexibilidad
de sus interlocutores (especialmente de la Unión Europea)
para mejorar el acceso (reducción de tarifas) a cambio de
su propuesta de reducción de subsidios (que bordearía
el 60%) y de falta de ambición de los participantes (Estados
Unidos no deseaba un “Doha lite”).
La representación de la Unión Europea, a su vez, acusó
directamente a Estados Unidos de carecer de la flexibilidad necesaria
que indicase su disposición de llegar a un consenso de reducción
de subsidios agrícolas al margen de las ofertas cuantitativas,
de esperar compensación cuasiparitaria por sus “concesiones”
y de sobredimensionar la “ambición” de la Ronda
cuando las posiciones se habían acercado (especialmente con
el G20).
Y el G20 (representado además del vocero hindú,
por el Canciller Amorim, de Brasil) defendió la flexibilidad
de su Grupo pero endilgó la ausencia generalizada de esta
cualidad a todos los demás (especialmente a Estados Unidos).
Previamente enumeró los costos del fracaso.
Las consecuencias de una negociación regida por el principio
que establece que nada está acordado hasta que todo esté
acordado está a la vista: frente a la imposibilidad de éxito
parcial, el fracaso es total…. hasta nuevo aviso.
Pasados los humores de la derrota, podría esperarse, sin
embargo, un reposicionamiento de la Ronda. Especialmente si la economía
global incrementa su desaceleración, la disposición
proteccionista se arraiga y los costos de erosión del multilateralismo
económico se incrementan.
Sin embargo la nueva señal de partida tardará en llegar
por tres motivos. Primero porque el esfuerzo desperdiciado ha sido
enorme y los interlocutores querrán cobrarse o no perder
más capital político que el ya invertido. Segundo,
porque no pocos Estados revaluarán los costos de mayor apertura
frente a la demora en la materialización de beneficios. Y
tercero, porque el Ejecutivo de la mayor potencia (Estados Unidos)
perderá autoridad negociadora (el fast-track –o TPA-
otorgado al presidente Bush por el Congreso de su país caduca
en junio del 2007).
Como consecuencia de este tercer factor cualquier resultado de una
eventual negociación que deba ser ratificado por el Congreso
norteamericano podrá ser alterado por sus miembros. Difícilmente
la Unión Europea negociará bajo esas condiciones.
Y tampoco lo hará el G20 cuando se modifique la actual ley
agropecuaria norteamericana sin incluir las reducciones de subsidios
ofrecidas en la Ronda. Por lo demás, las elecciones parlamentarias
norteamericanas del próximo 7 de noviembre impedirán
cualquier nueva iniciativa negociadora de Estados Unidos.
Frente a este estado de cosas, es evidente la gran pérdida
de oportunidades comerciales sufrida por los 149 integrantes de
la OMC. Pero tampoco puede ocultarse la pérdida de legitimidad
padecida por el foro del principal régimen global surgido
después de la post-Guerra Fría. De otro lado, a la
luz de los problemas de autoridad que padece la ONU, la suspensión
de la Ronda Doha arrojará mayores dudas sobre los beneficios
del multilateralismo como proceso. En tanto esta forma de interacción
política es indispensable para la comunidad internacional,
ésta puede perder cohesión.
Sin embargo, como los principios y normas del régimen multilateral
de comercio no han sido cuestionados (sólo el foro lo ha
sido), es esperable un mayor recurso a sus preceptos para progresar
en el ámbito bilateral y plurilateral (los acuerdos de libre
comercio recibirán un nuevo impulso). Pero también
es esperable un mayor recurso a los procesos de solución
de controversias derivados de fricciones emergentes.
Como resultado, la mayor complejidad e inequidad de interacciones
no multilaterales puede retroalimentarse mediante el eventual cuestionamiento
o vulneración de las propias normas de la OMC. El orden global
aún vigente en el sector podría entonces debilitarse
(p.e., las acusaciones de dumping parecen crecientes).
Si ello ocurre en un contexto de fricciones incrementales en el
ámbito de la seguridad, la tendencia al conflicto puede aumentar
en todos sus ámbitos. Especialmente si la economía
global se desacelera más rápidamente a partir del
2007 como algunos anuncian.
En lo que respecta a los países en desarrollo, las diferencias
entre Estados emergentes y competitivos (Brasil, India, China),
Estados medianos (Perú, Colombia, Chile) y los países
menos desarrollados (Bolivia, Haití) se incrementará
fraguando la evidencia de una nueva jerarquía de poder en
el mundo. Ello puede no favorecer la cohesión en organizaciones
de intereses convergentes como el G20 (algunos de sus miembros como
Brasil, India y Australia formaron con Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón del G6 que tuvo a su cargo la última
negociación de Ginebra).
Por lo demás, a la luz de estas circunstancias los países
medianos y chicos negociarán con los grandes acuerdos de
libre comercio donde las asimetrías no podrán compensarse
en negociaciones de mayor aliento (el caso de los subsidios agrícolas
que Perú y Estados Unidos esperaban resolver en la OMC y
no entre ellos). Ello podría debilitar antes que incrementar
los términos de interdependencia entre estos países
al hacerse más vulnerables. Si ello se generaliza, la consecuencia
sería una mayor pérdida de confianza en el proceso
de globalización hoy reflejada en mayores obstáculos
en el traslado de los beneficios del comercio a los Estados más
pobres.
Por los riesgos que implican estas circunstancias es necesario que
la Ronda Doha recupere dinámica. Y que en ella la disputa
entre las potencias mayores se atenúe y el trato diferencial
sea mejor aplicado a través normas y reglas comunes antes
que por concesión arbitraria. El Perú debe participar
activamente en ese esfuerzo. La exposición de un interés
nacional primario así lo demanda.
Ftes: OMC, OCDE, IHT, The Economist, BBC
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