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EDITORIAL
La ausencia de la política exterior en el discurso
inaugural del Presidente García
Alejandro Deustua
31 de Julio de 2006
A la luz de la adscripción internacionalista del APRA,
de un escenario de interdependencia determinante para la condición
de vida nacional y de la significación de los viajes del
presidente electo, la muy escasa referencia del presidente Alan
García a la política exterior en el discurso de toma
de posesión ha sido una decepcionante sorpresa.
Es verdad que esa omisión ha sido mitigada por la referencia
prioritaria, aunque poco explícita, a la integración
latinoamericana, suramericana y andina, por los importantes avances
realizados para incrementar sustantivamente la relación con
Chile y por las entrevistas mantenidas con otros presidentes visitantes
(los casos de Colombia y Bolivia ciertamente no habrán sido
rutinarios).
Y quizás porque el discurso tuvo una referencia fundamentalmente
interna (reforma del Estado y austeridad, empleo y reforma social,
seguridad ciudadana), la decisión de enriquecer una economía
abierta, de obtener un rol de liderazgo económico regional,
de lograr el grado de inversión, de proteger las 200 millas
(en lamentable alusión a la no adscripción a la Convención
del Mar) y de destacar la importancia labor consular, fue menos
enfatizada que la referencia al Servicio Diplomático en el
capítulo de austeridad (recortes de 50% en sueldos en el
exterior y de 25% en gastos de representación).
Por lo demás, teniendo en cuenta que el resumen del plan
de gobierno del APRA no es demasiado explícito en asuntos
externos (Brasil, vecinos, integración regional, TLC con
Estados Unidos, UE, OMC, APEC, Antártida) era importante
una indicación más concreta de la visión del
Jefe de Estado de la relación del Perú con el mundo
y de lo que se propone hacer al respecto al principio de su gobierno.
¿Se puede concluir de esta desaprensión que la política
exterior tendrá una menor importancia en la gestión
del Presidente García? Si el discurso es una indicación
de prioridades, preocupaciones y de parámetros, la respuesta
es obviamente afirmativa. Pero la dimensión inercial de lo
dejado de lado y la realidad contextual del Perú cambiará,
felizmente, esa respuesta hacia el lado negativo.
En cualquier caso, la coexistencia entre la omisión discursiva
y los requerimientos externos del Estado es indicativa de un primer
gesto de imprudencia presidencial que esperamos sea revertido a
la brevedad. El deterioro de la integración regional, del
multilateralismo internacional y de los términos de seguridad
del contexto global así lo exigen.
En cualquier caso, ese cambio ha empezado a producirse parcialmente
en el ámbito bilateral con la manifestación de voluntad
de los gobiernos de Perú y Chile de impulsar la relación
entre los dos países (el nivel de la misma se había
reducido en el último tramo del gobierno del presidente Toledo).
Ello, no obstante, la dimensión de la delegación chilena
a la transmisión de mando (que incluyó, además
de la Presidente Bachelet y del Canciller Foxley, a los presidentes
de los principales partidos políticos del vecino) y el nivel
de la visita (una visita de Estado) han sido los mayores signos
de esa decisión. El gobierno peruano no ha dicho mucho al
respecto aún.
Este ejemplo pone en evidencia la importancia que las relaciones
bilaterales tendrán bajo la presidencia del Dr. García
más allá de lo hasta ahora admitido. Esta vía
de relación no sólo deberá intensificarse por
razones propias de su naturaleza sino de manera compensatoria a
la crisis de la integración regional y del multilateralismo
global. Los alineamientos controversiales que está induciendo
Venezuela en Suramérica y el Caribe agregan para el Perú
una dimensión de urgencia al buen uso este instrumento.
Por lo demás, debe recordarse que si, la importancia de las
relaciones bilaterales regionales se incrementó en el Perú
durante la década pasada como resultado de la reversión
de los escenarios de conflicto y de los deseos de buena vecindad
(aunque fuera mal instrumentada por los defectos de su múltiple
calificación –p.e. la proliferación de “relaciones
especiales”, “estratégicas” o de integración
“profunda”), hoy ésta debe medirse por la alteración
de su balance (la dimensión específica de las referencias
estatales principales han sido alteradas en el ámbito regional
y vecinal).
A ello ha contribuido el fuerte cuestionamiento colectivo de regímenes
regionales (el incumplimiento de los principios de solidaridad democrática
y la reducción de la convergencia económica), la redefinición
de la viabilidad, orientación y organización de ciertos
Estados (Bolivia y, potencialmente, otros), la emergencia de la
fricción donde había complementación (muy notorio
en el Cono Sur) y el comportamiento hostil venezolano y su despliegue
promotor de asociaciones antisistémicas incorporadas a la
región.
Como resultado de ello el requerimiento del buen manejo por el
Estado de estas innovaciones ha aumentado. En tanto ello requiere
de un mayor rol y status del Estado, el instrumento bilateral adquirirá
una mayor visibilidad e importancia estratégica. .Ésta
no podrá eludirse bajo la presión de la ideología
integracionista del partido de gobierno.
Y menos cuando la fragmentación suramericana pasa por el
reperfilamiento de la definición de la relación de
los socios regionales con Occidente y Estados Unidos. Ello acarrea
no sólo un signo de identidad sino que define el tipo de
inserción. En la medida en que ésta sea disonante
entre los socios, la transmisión de seguridad o vulnerabilidad
dependiente de ese tipo de filiación se incrementará.
En lo que respecta al Perú, la transmisión de vulnerabilidad
a un escenario que, como el latinoamericano, es hasta ahora el más
seguro del mundo, aumentará impulsado por la creciente influencia
venezolana.
Bajo estas circunstancias parece inadecuado que al principio de
un nuevo gobierno su titular pondere sólo la vocación
integracionista. Y más cuando la integración está
en cuestión. Al respecto debe recordarse que la crisis de
la CAN no ha sido detonada sólo por el coactivo retiro venezolano
ni será saneada por la eventual asociación chilena.
Y que la del Mercosur tampoco será aliviada mediante medios
tradicionales cuando esa agrupación acaba de incorporar a
un socio desestabilizador.
Por lo demás, reclamar para la integración bajo
estas circunstancias una dimensión política y social
sin haber establecido bien la dimensión infraestructural
y de mercado es un evidente apresuramiento que debe evitarse (sobre
los riesgos del voluntarismo y del apresuramiento, el ejemplo de
la Comunidad Suramericana de Naciones es bastante explícito).
En consecuencia, el Presidente García no debiera apostar
retóricamente a la integración sin reconocer su realidad
y sin contar con medios para cambiarla.
A este respecto se necesitará más bien un reacomodo
de socios que compartan principios, instituciones e intereses coincidentes
antes que declaraciones. Entre ellos debe estar la redefinición
de la idea de “bloque” como requisito para enfrentar
los problemas de la globalización. En Suramérica hoy
el “bloque” no sólo no existe sino que la premisa
sobre la que descansa –la noción de “fortaleza”-
es incompatible con el ejercicio del principio de regionalismo abierto
que países como Perú, Chile, Colombia y Ecuador ya
han puesto en práctica con intensidad mayor que Venezuela,
Bolivia y los países del Mercosur (la adhesión a ese
principio por los países chicos en esa agrupación
es inhibida por los países grandes).
Finalmente, una política exterior peruana sin una explícita
preocupación multilateral cuando el Estado es miembros no
permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, es absolutamente
contraproducente. Si esa membresía acarrea responsabilidades
globales, el Presidente debe poder identificarlas y atenderlas como
prioritarias. Más aún cuando la crisis del sistema
multilateral ha sido recordada por el Secretario General de la ONU
a propósito del peligrosísimo conflicto del Medio
Oriente y cuando la erosión del régimen multilateral
de comercio está en alerta roja según el testimonio
de su más alta autoridad –el Director General de la
OMC- a la luz del fracaso de la Ronda Doha.
Aunque el multilateralismo global es relativamente reciente, constituye
una fuente de poder tradicional para la política exterior
peruana que ningún gobierno puede desatender. El discurso
del Presidente García ha sido preocupantemente silencioso
al respecto. Esa omisión debe ser corregida de inmediato.
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