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EDITORIAL
Otra crisis coreana (y una incendiaria innovación
venezolana)
Alejandro Deustua
7 de Julio de 2006
La República Popular Democrática de Corea (Corea
del Norte) es un estado totalitario, extraordinariamente militarizado
y sistemáticamente hostil. Organizado en torno a un cerrado
formato estalinista, gasta 25% del PBI en seguridad y compromete
a 20% de su población con una las fuerzas armadas más
numerosas del mundo.
Si sobre esta plataforma brutal, que condena a su población
al hambre, busca un reconocimiento de su poder a través de
la amenaza externa, Corea del Norte es objetivamente un Estado peligroso
al margen de cualquier clasificación ideológica que
quiera otorgársele. Y si, en consecuencia, la inestabilidad
que genera tiene un potencial de riesgo mayor, la evaluación
de ésta debe partir de la condición estructural del
Estado que la promueve. Por lo tanto sus intenciones (¿llamar
la atención?, ¿humillar a la superpotencia en su día
nacional?, ¿provocar sin objetivo preciso?) no pueden ser
consideradas como meros atenuantes estratégicos por provenir
de un Estado “irracional” (que no lo es).
En consecuencia, luego de que las autoridades norcoreanas procedieran
al lanzamiento de un misil de largo alcance (y de seis más
de otro calibre) que es potencialmente capaz de impactar en Rusia,
China, India, Canadá o Estados Unidos (y que la comunidad
internacional en su conjunto, incluida China y Rusia, intentara
prevenir), el Consejo de Seguridad de la ONU no puede dejar de tratar
el tema bajo el capítulo VII de la Carta.
Luego de que Corea del Norte abandonara las obligaciones del Tratado
de No Proliferación, se opusiera al trato con la Organización
Internacional de Energía Atómica, adquiriera un arsenal
misilístico de corto, mediano y largo alcance y lo probara
vulnerando el territorio de sus vecinos, la amenaza que ese Estado
acaba de lanzar no puede ser tratada sólo como un asunto
diplomático –que también lo es- en el ámbito
de la solución de controversias a que se refiere el capítulo
VI de la Carta de la ONU.
Menos aún cuando los escenarios diplomáticos propuestos
a Corea del Norte han sido rebasados deliberadamente por sus autoridades.
Ello ocurrió con las negociaciones bilaterales con Estados
Unidos sobre aprovisionamiento de infraestructura nuclear para usos
pacíficos en la década pasada y con las negociaciones
plurilaterales con cinco países (la República de Corea
-Corea del Sur-, Japón, China, Rusia y Estados Unidos) que
intentan buscar, con Corea del Norte, una solución al problema
de seguridad que ésta plantea hoy.
Si, como es evidente, la resolución que al respecto pueda
producir el Consejo de Seguridad no busca agredir a Corea del Norte
sino hacer frente a la crisis al tiempo de establecer un nuevo piso
para negociaciones que puedan contribuir a la apertura de ese régimen
y su incorporación plena y pacífica a la comunidad
internacional, la ausencia de una posición firme en la materia
sólo contribuirá a la rigidización de la dictadura
que lo gobierna. Y, por lo tanto, promoverá su hostilidad
e incrementará su capacidad de agresión.
Lamentablemente el consenso para ello no existe entre los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad. Pero por lo menos ellos sí
coinciden en la evaluación del problema.
En tanto la crisis abarca a la Cuenca del Pacífico, esos
Estados tienen el apoyo de los países americanos ribereños.
Ello, sin embargo, no ocurre con Venezuela. En una prueba más
de lo peligroso que sería para la comunidad internacional
que ese Estado accediera a un sitio entre los miembros no permanentes
del Consejo, el gobierno de Chávez es el único país
suramericano que se ha pronunciado a favor de Corea del Norte.
Y lo ha hecho al día siguiente de suscribir el protocolo
de adhesión como miembro pleno del Mercosur en clara y desafiante
demostración de su disposición fragmentadora en la
región. En un momento de prueba para la seguridad colectiva
global, la posibilidad de articular un consenso suramericano sobre
la materia ha sido quebrado por ese gobierno que pretende una alianza
con Corea del Norte desviando la atención del problema hacia
las complejidades que presenta el Tratado de No Proliferación.
Al margen de Venezuela, el Perú, como miembro no permanente
del Consejo, está en la obligación de lograr el apoyo
de los Estados suramericanos responsables para producir una respuesta
racional al serio desafío planteado por Corea del Norte.
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