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EDITORIAL
Venezuela: ¿cambio de liderazgo en el Mercosur?
Alejandro Deustua
5 de Julio de 2006
Frente a la evidente motivación ideológica y antisistémica
que sustentó el retiro de Venezuela de la Comunidad Andina
y que hoy fundamenta su incorporación al Mercosur, muchos
asumimos que los miembros de esta última agrupación
admitirían al nuevo socio afirmando su propia racionalidad.
Sustentada ésta en su capacidad de “absorber”
el irredentismo venezolano y de someterlo a los principios y normas
de integración vigentes en el Mercosur, este grupo subregional,
pensábamos, devendría en un escenario estabilizador
de una fuerza contestaria.
Aunque el Presidente Luiz Inacio Lula da Silva así lo dio
a entender (Brasil “no desea que el Mercosur importe ideologías
políticas”), los términos con los que Venezuela
ha suscrito el Protocolo de adhesión a esa agrupación
no han confirmado ese presupuesto.
Es más, el hecho de que la suscripción de este documento
se haya realizado en Caracas a insistencia venezolana a pocas semanas
de la realización de una cumbre ordinaria conosureña
(que bien podría haber albergado el acto), confirma que la
influencia venezolana ha superado, hoy, los criterios de integración
de esa agrupación. Siendo aquélla ideológica,
geopolítica y económicamente fragmentadora su aceptación
evidencia que los mandatarios que concurrieron a Caracas han sucumbido
momentáneamente al peculiar liderazgo del señor Chávez
subordinando la capacidad colectiva de un sensato, aunque erosionado,
proceso de integración.
Así, parece claro que el Protocolo de adhesión de
referencia se concentra en los términos de ampliación
del área de libre comercio (entre el 2010 y el 2013 según
los países involucrados) y de la unión aduanera mercosureña
(en un nivel de alrededor del 12%), entre otros asuntos técnicos.
Pero lo que no parece tan claro es el contraste de estos acuerdos
funcionales con la sustanciación política de la adhesión.
Para empezar, los empresarios venezolanos (p.e., los de Fedeagro)
no sólo no parecen convencidos de la conveniencia económica
de esa vinculación sino que coinciden en que la decisión
del señor Chávez es exclusivamente política.
A este convencimiento se ha añadido el del Presidente de
la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur que
promueve la incorporación de Venezuela por todo tipo de razones
menos las propias del mercado de escala (1).
En efecto, el señor Carlos Álvarez (un conocido
político argentino que escribe en diarios de su país)
prefiere otorga prioridad geopolítica al vínculo entre
un Estado de la Cuenca del Caribe y el Cono Sur. La argumentación
no es nueva (todo acuerdo de integración tiene mayor o menor
dimensión política y, eventualmente, geopolítica)
pero sí la precariedad de su sustento basado, apenas, en
la vinculación energética y en una primitiva complementariedad
económica.
Lamentablemente, esa autoridad no parece alerta al potenciamiento
del rol venezolano en el Mercosur en proporción directa al
deterioro de la influencia de los demás países que
lo integran. En efecto, el nuevo vínculo parece sustentarse,
a su entender, en la vulnerabilidad energética y financiera
de los Estados que él representa. De esta manera, las expectativas
sobre aprovisionamiento de hidrocarburos venezolanos y de financiamiento
de adeudos o gasto de los países del Mercosur son presentados,
en su esquema, de manera tan sobresaliente que Brasil, Argentina,
Paraguay y Uruguay aparecen como sujetos a la benevolencia venezolana.
Por lo demás, en ese esquema el Mercosur expandido es presentado
como un “bloque” cuyo “poder” se explica
sólo por el agregado del PBI regional (75% del total suramericano).
Es en este mero dato estadístico que la autoridad conosureña
sustenta su alusión a la complementariedad de mercados. Excluidos
ciertos sectores de gran potencial –como el automotor, entre
otros- parece evidente que el intercambio de derivados del petróleo
por productos manufacturados y productos agropecuarios no creará
demasiado comercio entre las partes (menos cuando, dada la característica
del mercado del petróleo, éste no requiere de un acuerdo
de libre comercio para ingresar con arancel 0 al país de
destino).
Por lo demás, sin ninguna concesión al principio de
regionalismo abierto, ese “bloque” presenta, en la visión
del Presidente del Comité de Representantes, una dimensión
perversa: minimizar la relación de los países menores
con los Estados Unidos de manera tal que éstos no requieran
negociar con esa potencia acuerdos de libre comercio cuya calidad
es, en su percepción, negativa. Ciertamente, ésta
es una alusión directa a los miembros de la Comunidad Andina
que han optado por negociar acuerdos de libre comercio con Estados
Unidos y otras potencias occidentales. Pero también a Paraguay
y Uruguay.
Y es en ese contexto de primitivo y mercantilista antinorteamericanismo
que, en pleno proceso de adhesión, Argentina y Venezuela
han negociado un acuerdo de asociación estratégica
que, definido principalmente por compromisos de inversión
y compra venezolanas y de asimétrica cooperación energética,
discrimina a los otros miembros de la agrupación. Con imprudencia
consecuente, la terminología empleada para definir el nuevo
vínculo (un “eje argentino-venezolano”) confirma
el punto.
En una dimensión más amplia –la suramericana-
la naturaleza excluyente de la adhesión venezolana al Mercosur
queda reflejada en otra iniciativa energética: la “incorporación”
de Uruguay, Paraguay y Bolivia al proyecto de “ducto del Sur”
(US$ 20 mil millones de inversión) sin hacer ninguna referencia
al programa de integración IIRSA que, de manera ya consensuada,
abarca (¿o abarcaba?) estas iniciativas de integración
física suramericana.
Si el presidente Chávez intentó establecer antes
los términos de su adhesión a un acuerdo establecido,
como el Mercosur y si el formato de su incorporación es el
que la autoridad conosureña describe, entonces el presidente
venezolano ha logrado imponer los términos de ese arreglo.
Y si éstos no son lejanos a su confrontacional vocación
extraregional (reflejado hoy en su apoyo a Corea del Norte, Irán
o Siria) pronto podríamos ser testigos de serios intentos
de manipulación del Mercosur por Venezuela con otros propósitos
estratégicos.
Salvo que mejoren su capacidad de absorción, los miembros
fundadores del Mercosur podrán evaluar entonces las peculiaridades
de la “dimensión política” de la integración
que algunas de sus autoridades prefieren hoy otorgarle.
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