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EDITORIAL
Comentario inicial sobre la aprobación del TLC
con Estados Unidos
Alejandro Deustua
28 de Junio de 2006
En términos ideales la aprobación de cualquier tratado
internacional debiera estar exenta de presión temporal. Pero
cuando ello no ocurre (p.e., en acuerdos cuya formalización
tiene plazo para que el Estado suscriptor reciba los beneficios
plenos del mismo), esa circunstancia debe ser enfrentada en función
del interés nacional en juego.
Como éste es mejor discernible en los acuerdos económicos
su aprobación debiera poder ser más expeditiva. Especialmente
cuando el proceso de negociación del acuerdo es de dominio
publico, el resumen de sus versiones preliminares han sido publicadas
con anticipación y los costos de no aprobarlo superan a los
beneficios de la omisión (especialmente si el programa concesional
de acceso -el ATPDEA- no se renueva). Ese es el caso del TLC con
Estados Unidos cuya negociación desde mediados del 2004.
Si el acuerdo en cuestión garantiza que 29% de nuestras
exportaciones sigan accediendo a nuestro primer mercado de destino,
que éstas continúen creciendo por encima del promedio
(13% anual bajo el régimen ATPDEA vs 10% a otros mercados)
y que el Perú se beneficie políticamente del mismo,
la aprobación rápida por el Congreso peruano está
justificada. Especialmente si de ésta depende que el Congreso
norteamericano proceda en el mismo sentido en la actual legislatura
para impedir cualquier solución de continuidad en el acceso
a ese mercado a finales de este año.
Esta preocupación circunstancial debe ser superada además
por los sustantivos beneficios potenciales del acuerdo. En una economía
cuyo crecimiento depende en no poca medida de la dinámica
exportadora, el acceso franco al primer mercado nacional del mundo
es tanto un requerimiento como un incentivo. Especialmente cuando
la calidad y dimensión del primer destino exportador es indisputable
(29% de nuestras ventas vs. 24% en el conjunto de la Unión
Europea y 17% en el caso de China), en circunstancias en que la
gran mayoría de nuestros socios y competidores regionales
ya han procedido en ese sentido (México, Centroamérica
y Chile) y cuando nuestras colocaciones pueden ser desplazadas por
otros proveedores (China) si a los costos de producción se
suman indeseables barreras al comercio.
Por lo demás, el acuerdo debiera promover no sólo
el crecimiento basado en exportaciones sino agregar un incentivo
adicional a la inversión que hoy no concurre a nuestro mercado
con la intensidad debida (en el caso de México la inversión
extranjera se cuadruplicó después del NAFTA). Ello
debiera reflejarse en crecimiento descentralizado (las regiones,
especialmente las costeñas tendrán mayor estímulo
para incrementar su producción), en incremento del empleo
(hacia el 2003, según el Mincetur, el ATPA/ATPDEA fue responsable
de 194 mil empleos directos y 550 mil empleos indirectos) y mayor
y mejor consumo por efectos del incremento importador.
Es claro que estas proyecciones (que corresponden a la información
oficial) no implican seguridad de logros sin el desarrollo local
de un buen clima de negocios, del incremento de la productividad
y de la generación de una mejor infraestructura física
e institucional para mejorar los términos de la competencia.
Ello reclama de complementario e indispensable esfuerzo propio que
debe ser realizado.
Por lo demás la incertidumbre sobre los buenos resultados
del acuerdo no puede desconocerse. Pero ésta declina (no
se incrementa, como sostienen algunos) si se concluye que los modelos
de equilibrio general y parcial con que estos han sido evaluados
no arrojan en general resultados negativos (un estudio arroja un
impacto negativo de 2% del PBI, pero otros sitúan las ganancias
entre 0.7% y 7% del PBI en el largo plazo nada menos, mientras el
partido del nuevo gobierno lo estiman en 1% del PBI).
De otro lado, debe reconocerse que sí hay sectores perjudicados
(los exportadores de ciertos productos como el maíz, el trigo
y el algodón), que existen ciertas pérdidas por erosión
de competencias (concesiones excesivas en certificaciones agrícolas,
solución de controversias, compras estatales y liberalidad
de la inversión) y también distorsiones por el efecto
de las asimetrías (mayores beneficios para las exportaciones
norteamericanas).
Pero si estos costos son propios de la naturaleza de las partes,
ellos deben poder ser reducidos mediante compensación local
o arreglos conjuntos en el futuro.
Por lo demás la dimensión económica del TLC
con Estados Unidos, no debe escapar a nadie la estratégica.
La primera potencia negocia acuerdos de libre comercio con socios
políticos con quienes la apertura de mercados sólo
es parte de un proyecto mayor: ayudar a consolidar su pertenencia
a la comunidad democrática de naciones. En ese propósito
Perú y Estados Unidos tienen claros intereses complementarios.
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