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EDITORIAL
Implicaciones de continuidad y cambio de una visita al
Brasil
Alejandro Deustua
13 de Junio de 2006
La visita del presidente electo Alan García al Presidente
Luis Inacio Lula da Silva refleja prioritariamente continuidad de
trato en una relación vital para el Perú. Aun si aquélla
se matiza con el renovado énfasis que ambos Jefes de Estado
desean otorgar a la relación bilateral, la reunión
García-Lula no representa innovación cualitativa alguna
en esta perspectiva. Especialmente si la conversación fue
liberada de factores exógenos (o “deschavizada”
según el virtual presidente electo del Perú).
En efecto, desde que el actual gobierno formalizó con Brasil
una asociación estratégica articuladora de nuestra
inserción suramericana, la relación con esa potencia
cambió sustancialmente pero no adquirió el dinamismo
de su renovado impulso. Sin embargo, el escaso sustento material
con que luego se fundó la Comunidad Suramericana de Naciones
tuvo en el vínculo con Brasil un triple anclaje: la integración
física (tres proyectos transamazónicos IIRSA de los
cuales dos son transoceánicos), un acuerdo de complementación
económica y un acuerdo de seguridad (los acuerdos de vigilancia
y protección amazónica SIVAM-SIPAM).
En ese contexto se desarrolló una agenda que, salvo por
el avance del proyecto de integración regional del sur del
Perú con el Acre brasileño, no ha tenido el despliegue
esperado (es verdad que el tránsito de personas ha sido mejorado,
pero el comercio bilateral, los flujos financieros y la relación
de seguridad siguen estando muy por debajo de sus posibilidades
a pesar de su incremento).
El presidente electo García seguramente ha tratado con el
presidente Lula cómo progresar en esta agenda, innovándola
con acápites como el de integración energética
(la relación entre Petroperú y Petrobras), entre otros.
Especialmente si para ambos países (pero especialmente para
Brasil) Suramérica no es sólo un espacio de integración
regional sino una plataforma de proyección y competencia
global.
Pero estos elementos de continuidad de la relación bilateral
deben haberse alterado cuando ambos mandatarios consideraron el
contexto regional. Si, más allá del denominado “giro
a la izquierda”, la fuerza innovadora en Suramérica
es la ofensiva continental venezolana, la hostilidad con que se
expresa y el carácter antioccidental que la caracteriza,
resulta francamente inverosímil que en Brasilia no se haya
considerado este factor de peligros revisionismo.
Si la conversación se “deschavizó” queremos
asumir que no se procedió a ello por completo. Y menos cuando
la elección del señor García ha sido interpretada
generalmente –aunque él lo minimice- como un sustantivo
factor de contención del intervencionismo de Chávez
y de sus perniciosas connotaciones de poder.
En tanto Itamaraty debe estar al tanto de esta influencia fragmentadora
(aunque la OEA y ciertas cancillerías conosureñas
no quieran expresarlo), esperamos que el señor García
haya planteado el problema para revertirlo más allá
de la contienda verbal con que Chávez y el presidente electo
están trivilizándolo. Y también es de de esperarse
que, al respecto, el presidente Lula no haya cometido el error de
proponer sus buenos oficios en la materia en tanto ello haría
pasar por bilateral una cuestión de dimensión regional.
De la misma forma esperamos, que el presidente electo no haya
reconocido a Brasil el status de “hegemón constructivo
o positivo” (lo que implicaría alteración de
los términos de la asociación estratégica y
confirmaría un mal uso de los términos de las relaciones
internacionales por el nuevo mandatario) ni que haya expresado su
preferencia electoral por Lula (lo que implica injerencia en comicios
internos que es de lo que los peruanos estamos hartos).
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