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EDITORIAL
Un éxito antiterrorista en Iraq
Alejandro Deustua
9 de Junio de 2006
Estados Unidos es una país en guerra y sus enemigos declarados
son las organizaciones terroristas de alcance global y los Estados
que las cobijan (especialmente los que pretenden el control de armas
de destrucción masiva). Si Al Qaeda es el mayor de estos
grupos (los atentados del 11 de setiembre del 2001 lo registran),
la muerte de uno se sus líderes más notorios, el jordano
Abu Musab al- Zarqawi, ciertamente constituye un éxito en
esta lucha de largo plazo contra ese enemigo.
Especialmente si Zarqawi, como Bin Laden, había adquirido
un status cuasi-mítico en Irak (el escenario estratégico
principal donde la primera potencia y sus aliados se encuentran
empeñados).
Allí la sangrienta actividad de Zarqawi confirmó
la presencia de Al Qaeda que muchos negaban. Y lo hizo de la manera
más brutal: además de sus métodos –desde
la decapitación de rehenes, los ataques de terroristas suicidas
o el uso intensivo de coches bomba- orientó los ataques no
sólo contra las tropas que actúan en el terreno sino
contra las oficinas de la ONU (donde murió el Sergio Vieira
de Melo, el diplomático pacificador) y contra la población
civil contribuyendo trágicamente al enfrentamiento entre
suníes y chiitas.
Estimular el caos extremo y la confrontación violenta en
una sociedad dividida en agrupaciones religiosas entre otros factores
de fragmentación, era uno de los objetivos de este asesino
en masa que levantaba el estandarte de “Al Qaeda en Mesopotamia”.
Para tales fines fundó el Consejo de Guerreros Sagrados como
arma y feudo dispuesto a impedir que Irak se reconstituya en un
Estado primero y que organice en un gobierno estable y pacífico
después.
En ninguno de estos dos propósitos Zarqawi tuvo éxito:
Irak es un Estado en formación y su aspiración a la
gobernabilidad democrática se funda en el hecho masivo de
la aprobación de una Constitución, la elección
de un Parlamento y, luego, de un Ejecutivo, a través de la
consulta electoral. Y aunque la violencia todavía jaquee
la emergencia de esa unidad política al amparo de la ONU,
los progresos de la reconstrucción institucional son lentos
pero cotidianos.
Si el proceso de la reconstrucción estatal iraquí
no avanza como debiera, se debe a grupos que, como el de pseudo-mitológico
Zarqawi, lo sabotean cotidianamente de la manera más salvaje.
Por tanto, eliminado éste, Irak habrá dado otro paso
más hacia el objetivo de convertirse en un una unidad política
estable y pacífica en el Medio Oriente.
Lamentablemente ese paso no es aún decisivo. Y no sólo
porque sean alrededor de 60 las agrupaciones que reclaman el nombre
de Al Qaeda en Irak (New YorkTimes) sino porque los grupos terroristas
se organizan allí –y en otras partes- en células
flexibles y descentralizadas que les permiten amplitud de alcance,
seguridad y mutabilidad (si una célula desaparece, es reemplazada
por otra sin que ésta dé cuenta de la desaparición
de la anterior).
Esta última característica indicaría que
la muerte de Zarqawi tendría, desde la perspectiva operacional,
valor relativo. Especialmente cuando las fuerzas en pugna son numerosas
y complejas (desde miembros del partido Baath de Hussein y de la
“resistencia” nacionalista hasta agrupaciones del crimen
organizado). Pero su valor será mayor si se tiene en cuenta
que ese jefe terrorista era reconocido como emblemático y
que, en consecuencia, habrá lucha por el poder y no sólo
sucesión en esa agrupación. Por tanto, el efecto psicológico
de su desaparición en la ciudadanía iraquí
incrementará la percepción colectiva de que la pacificación
es posible.
Aún así, ésta tardará en llegar porque
la lucha contra el terrorismo recurriendo al necesario uso de la
fuerza para confrontar la amenaza inmediata complica la lucha por
las ideas –en este caso, las ideas democráticas- que
el gobierno iraquí y sus aliados llevan a cabo en ese convulsionado
país.
En todo caso, Irak y Estados Unidos han logrado una victoria sobre
un enemigo –el más violento del fundamentalismo islámico-
que confronta no sólo a Irak sino a la esencia de Occidente.
Quienes han llevado a cabo la tarea han cumplido con su deber. Así
debe ser reconocido por todos los Estados que, sin estar en situación
de guerra como Estados Unidos, cooperan entre sí teniendo
claro que las organizaciones terroristas constituyen una amenaza
global y, por lo tanto, contra todos.
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