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EDITORIAL
OEA: el predominio del desestabilizador
Alejandro Deustua
7 de Junio de 2006
A pesar de que el Canciller del Perú solicitó ante
la reciente Asamblea General de la OEA un pronunciamiento afirmativo
del principio de no intervención especialmente en proceso
electorales, ni el proyecto de Declaración de Santo Domingo
(sede de la reunión) ni las noticias oficiales sobre sus
resultados recogen la solicitud peruana fundada en el reclamo por
la sistemática injerencia del Presidente Hugo Chávez
en nuestro país.
De otro lado, el Secretario General de la OEA, José Miguel
Insulza, se ha referido apenas indirectamente al requerimiento peruano.
Y lo ha hecho en términos que le parecieron incómodos
(señaló que en la región hay disputas que no
ayudan a la unidad hemisférica). La minimización del
reclamo está a la vista.
Este resultado evidentemente no constituye una victoria de la diplomacia
peruana. Menos aún cuando, con anterioridad, en el Consejo
Permanente, el desarrollo del pronunciamiento peruano sobre la materia
fue bloqueado por Estados vinculados a Venezuela.
Es más, el resultado emite una señal de renovada
mutación de la OEA: este organismo parece estar reingresando
en un ciclo de relativización de sus principios constitutivos
como es la defensa colectiva de la democracia representativa y el
derecho de los pueblos a establecer su orden interno sin injerencia
externa en un marco democrático generalmente aceptado. A
estos efectos se ha obviado, además, el carácter hostil
de la injerencia que bien puede constituir un acto de agresión.
El caso es aún más grave si se considera que la
posición peruana estuvo avalada por la opinión del
jefe de la Misión de Observación Electoral en el Perú,
el señor Lloyd Axworthy, en el sentido de que la injerencia
venezolana vulnera las normas interamericanas. Y la gravedad se
transforma en irresponsabilidad colectiva cuando, según los
medios, el reclamo peruano recibió el apoyo de la primera
potencia (Estados Unidos), de “países grandes”
(Canadá, México y Brasil) y de influyentes países
centroamericanos (Guatemala –que postula a un sitio no permanente
en el Consejo de Seguridad de la ONU-, Nicaragua y El Salvador)
sin que ello sirviera demasiado.
Es verdad que los documentos que coronan las reuniones de la Asamblea
General de la OEA (el órgano hemisférico de mayor
jerarquía) se producen por consenso (es decir, sin veto que
en este caso pudo provenir de Venezuela). Pero ello no debiera haber
sido obstáculo para que los Estados Miembros ratificaran
hoy la vigencia de un principio que ellos mismos suscribieron ayer.
Ni para que el Perú dejara constancia multilateralmente recogida
de su reclamo.
De otro lado, también es verdad que el Canciller trató
el tema bilateralmente con sus colegas en reuniones informales previas
que pudieron resultar en apoyo silencioso al reclamo peruano (que
se reportó a través de los países mencionados).
Pero lo que la Cancillería buscaba era un pronunciamiento
multilateral, no apoyos bilaterales más o menos explícitos
ni el magro registro notarial de una inconformidad nacional. Y menos
cuando la posición oficial de Venezuela ha consistido en
definir el problema precisamente como sólo bilateral y fundado
en la afirmación de que su hostilidad es defensiva en tanto
el desestabilizador sería nada menos que el Presidente Toledo.
Por lo demás, el presidente electo Alan García ha
expresado que se propone establecer relaciones normales con Venezuela
siempre que los gobernantes de ese país procedan con respeto.
Luego de la beligerante respuesta del candidato García a
la intromisión del presidente Chávez esta declaración
sólo puede entenderse en la necesidad del nuevo gobierno
de eliminar todos los obstáculos posibles a la nueva administración
que se inicia el próximo 28 de julio.
Pero ni las necesidades del consenso interamericano en una reunión
convocada para tratar el mejor acceso de los pueblos a los servicios
informáticos, ni los minoritarios apoyos bilaterales al reclamo
peruano, ni la necesidad del próximo gobierno de asumir el
poder sin fricciones remanentes justifican que una cuestión
de Estado que afecta el interés nacional sea silenciada en
el foro hemisférico.
Y menos cuando la cuestión de fondo –la hostilidad
venezolana sustentada en una revisionista alianza con Cuba- persistirá
manifestada en su vocación regionalmente fragmentadora y
desestabilizadora sin importar las promesas de apaciguamiento que
sus representantes planteen. Si la OEA ha renovado recientemente
sus principios liberales, el cuestionamiento de los mismos por uno
de sus miembros sin que se haga algo al respecto ciertamente atenta
contra la aspiración a la cohesión hemisférica
que aquellos postulados debieran promover.
Si se trata de minimizar los riesgos de una contienda que verá
nuevas formas de ejercicio del poder y novedosos alineamientos en
la región, la OEA es el foro que debiera contribuir a su
contención. Pero el silencio multilateral al respecto sólo
favorece al Estado hostil, intensifica la dimensión bilateral
de la contienda e incrementa, en consecuencia los ulteriores riesgos
colectivos de la misma.
Luego de la Asamblea General de la OEA en Santo Domingo ni el
intervencionismo venezolano ha sido contenido ni muchos de los Estados
miembros parecen dispuestos ha procurar su reversión. Ello
quedará librado ahora al fuero de cada país. La responsabilidad
del Secretario General de la OEA y de aquellos Estados impasibles
está a la vista. Todos queremos estabilidad en la región,
pero no a costa del predominio del desestabilizador.
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