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EDITORIAL
Injerencia venezolana y degradación de la comunidad
hemisférica y regional
Alejandro Deustua
31 de mayo de 2006
Aún en épocas de globalización –o,
si se prefiere, de creciente interdependencia-, las elecciones presidenciales
en un país siguen siendo una decisión colectiva de
carácter esencialmente nacional. En ellas se renueva la orientación
del orden interno y se reperfila o mantiene la proyección
externa del Estado. Si esta unidad política comparte valores
con otras dentro de una comunidad democrática, del respeto
de esa entidad y de sus principios depende entonces la fluidez de
interacción interestatal en ese escenario.
Por cierto, siempre es posible la violentación de esta
norma elemental. Pero cuando ello ocurre de manera persistente y
con la indiferencia de los miembros de la comunidad internacional,
ésta tiende a revertir hacia su primaria calidad de simple
sistema internacional como ocurrió durante la Guerra Fría.
En efecto, si en esa época la violación del principio
de no intervención se explicaba en función de la necesidad
de mantener los rígidos alineamientos que demandaban los
dos centros de poder mundial que configuraban el sistema internacional
de entonces, hoy esa vulneración no ocurre sin graves costos
para la comunidad de Estados democráticos y liberales prevaleciente.
Ello sucede porque, a pesar de la erosión del concepto
de soberanía, aquellos Estados –como los americanos
y europeos- han suscrito formalmente códigos como la “cláusula
democrática” como normas de comportamiento básico.
Y cuando ésta asume la protección colectiva de la
democracia en cada país suscriptor lo hace en función
de su respeto por los órdenes internos de estos países
(ver art. 17 de la Carta Democrática Interamericana).
Ello no quiere decir que entre esos Estado reine la armonía
ni que un Estado en el que se realiza un proceso electoral debe
aislarse de todo contacto o influencia externos. Si la influencia
externa es inatajable –y, eventualmente, hasta deseable- ésta
debe realizarse a través de los canales propios de una interdependencia
ideológicamente respetuosa, financieramente legal y transparente
e inercialmente legítima (como la que realizan ciertos actores
económicos o políticos con intereses en el país
del caso).
Lo que no debe ocurrir, como ocurre hoy en el Perú, es
la activa, material y sistemática intervención externa
en una campaña, la imposición coactiva de un tipo
de liderazgo en otro Estado o la agresión reiterada a sus
autoridades, candidatos y ciudadanos para prevalecer en ese escenario
electoral. El Estado que se comporta de esta manera tiende a ser
excluido de la comunidad (o debiera serlo) sea porque instrumenta
deliberada y transnacionalmente ese proceso electoral, porque pretende
una posicionamiento hegemónico a partir de él o porque
intenta el establecimiento de alineamientos anticomunitarios manipulando
el orden interno de un país determinado.
Sin embargo, a pesar de que ésta es la conducta del Estado
venezolano en el proceso peruano, ese Estado no es apercibido por
la comunidad hemisférica ni por ninguna otra. Y, por tanto,
tampoco se manifiesta la tendencia esperada: la exclusión,
suspensión o punición del transgresor.
En lugar de ello, éste parece ser premiado por la colectividad
(en este caso, la hemisférica) en tanto ésta permite
el incremento de la “libertad de acción” del
agresor, tolera su acceso a ciertos grupos subregionales luego de
denunciar despectiva y hostilmente a otros y facilita el aprovechamiento
de la irresponsabilidad de un vecino para agredir desde su territorio
al país donde se celebra el proceso electoral.
Esta última transgresión acaba de se protagonizada
por el señor Chávez en su visita a Bolivia. En el
marco de la consolidación del alineamiento entre Venezuela
y el país altiplánico, Chávez no sólo
apabulló las normas de seguridad bolivianas, sino que utilizó
ese territorio para hacer política interna y externa (la
transmisión desde Tiahuanaco de su manipulador y hostil programa
radial). Desde allí, insultó nuevamente al Presidente
del Perú, volvió a agredir a un candidato peruano
en momentos decisivos de la campaña electoral (Alan García)
y favoreció al contendor de la segunda vuelta (Ollanta Humala).
Al respecto, la Cancillería peruana procederá tardíamente
a la denuncia correspondiente ante la Asamblea General de la OEA
(el día posterior a las elecciones) sin haber anunciado mayores
medidas bilaterales (que ahora no sólo son legítimas
sino necesarias en el campo diplomático y en otros).
Pero en el largo plazo quizás estas acciones tengan menor
importancia que las consecuencias de la acción venezolana
y de la laxitud boliviana (y la de otros Estados concernidos). Estas
consecuencias podrían ser las de la involución de
las comunidades hemisférica y andina en las que se comparten
valores y principios a meros sistemas internacionales en los que
sólo rige el interés primario de los Estados o el
de sus gobernantes. El resultado de ello podría ser el deterioro
de los regímenes internos culpables de esa situación.
Para ilustrar este último punto, recordemos –salvando
las distancias- la visita de Fidel Castro a Chile de Salvador Allende
a principios de la década de los 70. Castro, con irresponsabilidad
sólo comparable a la impunidad que se le otorga en América
Latina, recorrió a placer ese país durante dos o tres
semanas avivando la confrontación política, organizando
grupos subversivos y soliviantando a las Fuerzas Armadas (Jorge
Edwards en Persona Non Grata relata episodios de esa visita y de
la confrontación de Castro con oficiales de la Marina chilena).
No pocos vieron en ese acto uno de los detonantes de la caída
de Allende.
Ciertamente Bolivia está lejos de ser el símil de
Chile de una época distinta, pero la increíble extravagancia
estratégica del dictador Castro de los 70 se parece como
dos gotas de agua a la de su aliado, el señor Chávez,
en su visita a Bolivia. E igual que Castro –que no dudó
en exportar la revolución armada y llevar al Hemisferio al
borde la guerra nuclear-, el presidente Chávez está
exportando su “revolución bolivariana” -y a sus
“revolucionarios”- a Bolivia. En el proceso busca una
posición de predominio en las áreas de seguridad y
en otras áreas estratégicas (como las de hidrocarburos,
telecomunicaciones y documentación de la identidad ciudadana)
y violenta normas internas para agredir, desde Bolivia, al Perú,
a sus autoridades y a una mayoría electoral.
Esta acción hostil no es la primera ni será la última
en la que se empeñe el señor Chávez. Pero cada
una de ellas irá minando su posición en la comunidad
hemisférica y activando su futuro aislamiento. En el proceso,
sin embargo, el presidente venezolano está apurando la degradación
de las comunidades hemisférica y subregionales americanas
y estableciendo un sistema primario –que por serlo, es de
poder- en su reemplazo.
Independientemente de la respuesta peruana, si los países
grandes de la región (Brasil, Argentina, Chile, Estados Unidos,
Canadá o México) no reaccionan a tiempo muy pronto
estarán frente a una realidad de conflicto que ellos no desearon
y en la que su eventual rol restaurador probablemente será
menor, ineficiente y extremadamente costoso.
La agresión de Chávez al Perú en este momento
electoral y la laxitud de los países grandes de la región
frente a la alianza venezolana-cubana-boliviana tiene esa dimensión
sistémica. Si esto continúa el hemisferio americano
y las comunidades andina y del Mercosur volverá a ser escenarios
de conflicto orientados por los intereses más primarios de
Estados que habrán renunciado a su evolución democrática
y liberal.
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