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EDITORIAL
Inversión financiera: una nueva estimación
del riesgo
Alejandro Deustua
24 de mayo de 2006
Como no ocurría desde las crisis financieras de la última
década del siglo pasado (y de la argentina del 2001), importantes
retiros de inversionistas de mercados emergentes acaban de causar
pérdidas bursátiles mayores: la plaza rusa cayó
9%, la turca 8%, la hindú 10% y el índice de mercados
emergentes de Stanley Morgan perdió 11%. (WSJ)
Esta anomalía impactó también en el mercado
de bonos (recuperado después de la negociación argentina
de 2003 que, en el marco de una “quita” unilateral de
75%, implicó una gran pérdida de confianza), en los
grandes mercados de valores (el DOW registró la peor pérdida
en seis meses aunque después se recuperó) y en plazas
pequeñas como la bolsa limeña (aunque el descenso
fue atribuido aquí al “stress político”
propio de la contienda electoral y a la toma de ganancias de las
acciones mineras).
Lo extraordinario es que estas caídas no se debieron a
una crisis económica o financiera de algún país
en desarrollo importante o a una corrección general de mercados
sobrevaluados, sino al incremento de las expectativas de inflación
en Estados Unidos y al posible aumento adicional de las tasas de
interés decretadas por el FED (en prolongación del
ciclo correctivo que debía cerrarse en la próxima
sesión de ese organismo). Frente a este escenario, en el
que los inversionistas asumieron un incremento del precio del riesgo,
éstos prefirieron refugiarse en los bonos del Tesoro.
Pero más extraordinario es que los inversionistas hayan optado
por una “fuga hacia la calidad” a costa de los mercados
emergentes cuando éstos son sólidos mientras que los
desequilibrios que generan los déficits de cuenta corriente
(-7.2%) y fiscal (-3.7%) norteamericanos están lejos de corregirse
y debieran afectar el mercado de bonos.
Del primer caso se puede concluir que a pesar de que las economías
emergentes (o de buena parte de los países en desarrollo
como el Perú) se ha provisto de un fuerte volumen de reservas,
de importantes superávits fiscales, de baja inflación
y de tasas de cambio flotantes que las fortalecen y les permiten
mayor margen para lidiar con shocks externos, estas economías
siguen siendo vulnerables a imponderables como el que describimos.
Y del segundo puede colegirse que, desde el punto de los grandes
fondos que manejan esos flujos financieros, la salida de los mercados
emergentes hacia los centrales parece también racional a
pesar de que las economías grandes sean también vulnerables.
Pero esa racionalidad sólo puede ocurrir bajo un supuesto.
Si lo que se pretende es proteger la inversión financiera
buscando refugio en papeles “más seguros” cuando
la expectativa de un incremento inflacionario en la economía
norteamericana ha crecido, ello sólo puede ser sensato si
el deterioro percibido de las economías emergentes es mayor
que el de las economías centrales.
En esa perspectiva, el riesgo esperado del incremento del índice
de los precios en Estados Unidos y del incremento progresivo de
las tasas de interés en ese mercado debiera ser menor a su
impacto en las economías emergentes. En ese supuesto, nada
más lógico que buscar albergue en la fuente del problema
en tanto la perfomance de esa fuente (la economía central
predominante) sea aún sustentable.
Esta lógica sin embargo no es consistente. Si las economías
centrales son sustentables y de éstas depende el buen desempeño
de las emergentes, estas últimas no debieran presentar fisuras
en tanto mantengan los grados de solidez macroeconómica actuales
y la orientación consecuente.
Y la lógica de la fuga es aún menos sensata si se
tiene en cuenta que los pronósticos sobre las economías
centrales han mejorado a pesar de sus vulnerabilidades y de la convicción
general de que su ciclo expansivo debe caducar en “algún
futuro”.
Esto es lo que acaba de confirmar el último reporte de
la OCDE (1): la proyección de crecimiento de la economía
global ha mejorado para este año (3.1% en lugar del estimado
original de 2.9%) consolidando el quinto año de expansión
consecutiva.
Ello ocurre a pesar de que las vulnerabilidades preexistentes
no han variado: los desequilibrios globales derivados de la coexistencia
de déficits norteamericanos y surpeávits asiáticos
y europeos, el impulso inflacionario y recesivo del alto precio
del petróleo y el peligro de un fuerte deterioro de los mercados
de bienes raíces se mantienen.
A pesar de estas vulnerabilidades la economía norteamericana
mejorará su perfomance (3.6% este año en lugar del
3.5% originalmente proyectado), Japón incrementará
sustancialmente la suya (2.8% en lugar de 2% incorporándose
al estímulo de la economía global) y la zona del euro
mejora importantemente a pesar de ser el “eslabón más
débil” (crecerá 2.2% vs. 1.4% el 2005).
Por lo demás, el comercio internacional se expandirá
importantemente (9.3% vs 7.5% el año pasado que fue bueno)
gracias, en no poco medida, al impulso asiático del que China,
que seguirá creciendo en las vecindades del 10%, es un principal
responsable.
Es verdad que en este escenario hay novedades (p.e. el incremento
del gasto en algunas economías centrales, como las europeas,
donde la resistencia a la reforma económica persiste de manera
debilitante, según la OCDE). Pero más allá
de ello no hay incertidumbres adicionales. Salvo la del cambio de
racionalidad en el inversionista.
Ésta parece basarse en una percepción nueva: la
aproximación al pleno empleo en Estados Unidos incrementará
la presión inflacionaria renovando la tendencia al incremento
de las tasas de interés en lugar de atenuarla como hemos
mencionado. En consecuencia el riesgo de la inversión se
ha incrementado y, por tanto, su precio. Así, si no hay atractivo
suficiente en escenarios menores en circunstancias de incertidumbre
(la próxima decisión del FED) es mejor comprar bonos
del Tesoro aunque sus rendimientos se estanquen conforme se incrementa
su demanda.
Estamos avisados: a pesar de la extensión del ciclo expansivo
de la economía global, la inversión se volverá
más volátil. Mantenerla requerirá, en consecuencia,
de más y no menos garantías de seguridad mientras
que la solidez de nuestras economías requerirá sostener
el rumbo central en lugar de alterarlo radicalmente.
En este marco hacer sitio a la inversión social será
necesario ya no sólo por razones de equidad sino de estabilidad
siempre que las políticas correspondientes no alteren la
corriente del crecimiento general. Y si éste no parece sustentable
en el largo plazo se deberán adoptar cautelas urgentes, intensificar
los esfuerzos de previsión de crisis, mejorar el gobierno
de la interdependencia, asegurar el acceso a los organismos multilaterales
y tomar medidas para asegurar la participación de éstos
de manera eficiente y oportuna (lo contrario de lo que ocurrió
en Argentina).
Finalmente, considerando que el ciclo expansivo caducará,
será necesario estimar mejor la fecha de su “largo
plazo”. Éste será más “corto”
si las vulnerabilidades señaladas impulsan un “aterrizaje
fuerte” de la economía global. Pero si nada ocurre,
es sensato otear el 2008 (FOZ), año posterior a la última
proyección de crecimiento. Mientras tanto, en este par de
años restantes la preparación para lidiar con la nueva
percepción de riesgo del capital financiero deberá
afinarse en nuestros países.
(1) OECD Economic Outlook, mayo 2006
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