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EDITORIAL
Estados Unidos: polémica migratoria
Alejandro Deustua
19 de mayo de 2006
Mientras las dos ramas del Legislativo norteamericano debaten
proyectos radicalmente opuestos sobre regulación migratoria,
el Presidente Bush acaba de adoptar una controversial iniciativa
“intermedia” sobre esta materia.
La iniciativa de la Casa Blanca parte del principio de que legislar
sobre la organización del Estado Derecho en una sociedad
abierta en temas tan complejos como el migratorio, es competencia
soberana de todo Estado. Especialmente en aquél que ha sufrido
un ataque terrorista como el del 11 de setiembre del 2001. En ello
lleva razón.
Y más si el trato que se dará a los 11 ó 12
millones de migrantes ilegales en Estados Unidos no implicará
su “criminalización” (al revés de lo que
desea una iniciativa de la Casa de Representantes). En lugar de
ello, la iniciativa del Presidente Bush dispone que éstos
podrán trabajar temporalmente en Estados Unidos (previa identificación
y registro de antecedentes), podrán renovar ese satus (pagando
las multas e impuestos correspondientes y aprendiendo el idioma
inglés) y, eventualmente, podrían acceder luego, el
proceso de nacionalización.
Esta propuesta, que no se aleja demasiado de otra más benigna
que se discute en el Senado, es complementada por una norma sobre
control fronterizo de carácter coactivo. Si, como es evidente,
todo Estado tiene la obligación de vigilar sus fronteras
empleando las fuerzas del orden, no parece que la disposición
a incrementar el número de la Guardia Fronteriza y a desplegar
inicialmente de 6mil hombres de la Guardia Nacional como elementos
de apoyo sea una disposición imprudente, abusiva o ilegal.
Lo que sí parece insensato es la construcción de una
valla de contención de alta tecnología para impedir
el paso en una frontera de más de 3 mil kms. Varias razones
sostienen que esa medida es imprudente y contraproducente.
Primero, la disposición emite un mensaje fácilmente
traducible en la idea del “muro” que, en el siglo XXI,
remeda uno de los símbolos más funestos de la Guerra
Fría. Segundo, la calidad política de esa valla atenta
contra la naturaleza de la sociedad norteamericana (una sociedad
abierta cultivada desde su emergencia como república liberal).
Tercero, el cerco será ineficiente en sus propósitos
(no podrá extenderse a lo largo de toda la frontera y siempre
podrá ser vulnerado con el agravante del costo en vidas para
quien se atreva a superarlo) y podría ser jurídicamente
impugnado (el ejemplo israelí es un antecedente referible).
Y cuarto, va a contrapelo del trato consensual de un problema de
carácter global como el de la migración ilegal.
Estos argumentos, que no van desacompañados de un estado
de ánimo capaz de incrementar el “antinorteamericanismo”
en expansión, ya han mostrado sus primeros resultados: un
Jefe de Estado amigo de los Estados Unidos, como el presidente Vicente
Fox, acaba de calificar la disposición como hostil. En el
futuro cercano probablemente otros gobernantes latinoamericanos
acompañaron al presidente mexicano en su malestar. Sobre
todo aquellos que desean una solución de mayor aliento regimental
y disposición consensual en tanto sus ciudadanos queden afectados
por las disposiciones norteamericanas.
Entre ellos se encuentra los gobernantes de ochos países
que hace poco, a través de sus cancilleres, hicieron un llamado
al gobierno norteamericano para un trato colectivo del problema.
Y también las altas autoridades que, en la Conferencia Especial
de Países en Desarrollo con Flujos Sustantivos de Migrantes
Internacionales realizada en Lima, reclamaron la aplicación
del principio de responsabilidad compartida al problema de la migración
global.
En la base de la propuesta de los países de origen de migrantes
está la naturaleza del problema (aunque antiguo, se trata
de un problema global), sus causas (la pobreza y la exclusión),
su volumen (según la CEPAL son 25 millones los latinoamericanos
que han migrado a Estados Unidos hasta el 2005 incluyendo a los
legales) y su dimensión económica (alrededor de 65%
de los migrantes remitieron a 18 millones de familias latinoamericanas
aproximadamente US$ 53.6 mil millones el año pasado según
el BID). Esta cifra no es sólo superior a la inversión
extranjera orientada a la región el 2005 sino que es inferior
al valor del trabajo demandado por empresas norteamericanas que
contratan migrantes calificados y no calificados y que contribuyen
al crecimiento y al bienestar estadounidense.
Si Estados Unidos tiene el deber y el derecho de regular los flujos
migratorios en su país y de controlar sus fronteras (es decir,
de tratar el problema en su dimensión específica,
incluyendo el de seguridad), la compleja naturaleza del mismo reclama
una consulta con los Estados de origen además de la promoción
de una regimentación global.
La comunidad hemisférica ya está bastante fraccionada
como para agregar factores de división adicionales. Especialmente
cuando en la agenda norteamericana pre-11 de setiembre de 2001 la
disposición de la Casa Blanca a aproximarse a un tratado
migratorio con México señalaba la ruta más
sensata para el trato del problema.
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