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EDITORIAL
Brasil: un ejemplo de la amenaza del crimen organizado
Alejandro Deustua
17 de mayo de 2006
Mientras en Bolivia el combate al narcotráfico se adormece
en el permisivo trato que el nuevo gobierno concede a la amenaza
de la coca y en Perú este asunto de seguridad desaparece
de las agendas de los candidatos presidenciales, en Brasil organizaciones
de narcotraficantes confrontan directa y sangrientamente al Estado
más poderoso de Suramérica desde su principal metrópoli:
Sao Paulo.
En efecto, luego de 4 días de levantamientos carcelarios,
215 ataques citadinos, 115 muertos en confrontación directa
entre delincuentes y policías y de la consolidación
del poder del crimen organizado desde las cárceles paulistas,
la realidad de la amenaza del narcotráfico que sostiene este
escenario no puede ser negada.
El ataque coordinado con precisión militar por esa mafia
sofisticada denominada Primer Comando de la Capital desde las cárceles
brasileñas contra la policía federal, guardias penitenciarios
y estaduales, entidades bancarias y establecimientos comunes es
demasiado grave como para que los países productores de coca
y cocaína sigan engañándose a sí mismos
sobre la intensidad de esta amenaza.
Ésta ha cobrado ahora tal magnitud entre quienes comercializan
la droga que sus agentes pudieron aterrorizar a una de las mayores
metrópolis latinoamericanas, alterar seriamente el orden
en otros Estados brasileños, obligar al gobierno del Presidente
Lula a convocar un sesión extraordinaria de gabinete (que
no pudo evitar que el gobernador paulista declinase la oferta de
envío de tropas federales) e inducir a las autoridades policiales
a “conversar” con los insurrectos (versión parcialmente
negada por la oficialidad mayor) para acabar con el sangriento desorden.
Tamaño asalto a la seguridad pública pudo llevarse
a cabo por prisioneros y criminales callejeros bajo el liderazgo
de un tal Marcos Williams Camacho, “Marcola”, utilizando
como excusa el traslado de 765 líderes criminales de una
prisión paulista a otros recintos de seguridad.
Esa organización criminal evidentemente consiguió
su objeto: hacer una demostración de fuerza antes que permitir
la desorganización de su cúpula. Luego de esto consiguieron
lo complementario: televisión para el mundial, visitas “intimas”
y reevaluación del trato de especial cautela que las autoridades
les brindan por razones de seguridad entre otras pequeñeces.
Pero no es ésta la única mafia que, sustentada en
el narcotráfico –y otros delitos conexos-, amenaza
a Brasil. Antes el Comando Vermelho confrontó a la fuerza
policial de Río de Janeiro en las favelas cariocas donde
la autoridad estatal no puede hacer acto de presencia sin el uso
de la fuerza.
Si estas organizaciones urbanas y carcelarias tienen una década
de vigencia en el Brasil, están asociadas al narcotráfico
y plantean un problema de seguridad nacional y ciudadana a la potencia
regional, la pregunta elemental que cualquiera puede plantearse
es: ¿cómo es cómo es que una potencia emergente
no puede controlar sus ciudades? Y asociada a ésta, ¿cómo
es que los países productores y consumidores de Suramérica
– especialmente, Brasil, Bolivia, Perú y Colombia-
no han tomado adecuadas medidas de respuesta conjunta, por qué
no figura este estratégico y concreto compromiso de combate
como primera prioridad en las ambiciosas y apresuradas agendas de
la Comunidad Suramericana de Naciones y, si las medidas han sido
adoptadas, por qué no son adecuadamente difundidas y ejecutadas?
La respuesta puede radicar en la indisposición diplomática
a tratar, en escenarios de gran diseño, temas apremiantes
que implican vulnerabilidad, desprestigio e ineficacia en la confrontación
de la amenaza. Ello orienta la indisposición estratégica
primero e ideológica después a reconocer la gravedad
de la misma por los respectivos gobiernos.
Como consecuencia surgen, con extraordinaria facilidad, posiciones
como la boliviana que pretenden luchar contra el narcotráfico
mientras permiten la ampliación del cultivo de coca ilegal,
aparecen disposiciones subregionales que amparan esa medida, insurgen
candidaturas que dan cabida a esa perspectiva y persisten posiciones
gubernamentales en Estados que prefieren no decir ni hacer mucho
sobre la materia.
Lo ocurrido en el Brasil no es una señal de alerta al respecto.
Es una clara demostración de que la amenaza es real y presente
y que los Estados de la región deben actuar de manera solidaria,
de preferencia en un marco de seguridad colectiva, para hacerle
frente.
Lo contrario es continuar en la senda de la flexibilización
de la respuesta frente a una amenaza letal, extender el infértil
debate sobre la naturaleza de la amenaza o dar mero testimonio de
su existencia mientras las bases del Estado son corroídas
por organizaciones que elevan, cada día, su capacidad de
confrontación.
(Fuentes: Clarín, la Nación, Reuters)
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