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EDITORIAL
Una asociación atlántica para Colombia
Alejandro Deustua
15 de mayo de 2006
En el marco de una evaluación de la relación bilateral
entre Colombia y Estados Unidos, autoridades de la primera potencia
han ofrecido al país andino algún tipo de vinculación
con la OTAN. Según el diario El Tiempo de Bogotá,
no sólo la Canciller Carolina Barco lo ha confirmado sino
que Estados Unidos también estaría explorando la conformación
de un grupo de países latinoamericanos “amigos de la
OTAN”.
Aunque la propuesta no ha sido estudiada aún por los miembros
de la Alianza Atlántica y apenas habría sido considerada
por las autoridades colombianas, ésta muestra la vigencia
del ánimo innovador de los mecanismos de seguridad colectiva
en la región. Ciertamente con más intensidad que el
estancado proceso de reformas del TIAR, esta propuesta de seguridad
se inserta en la dinámica de ampliación de Occidente
que se inició en 1991 y que ya ha tenido realizaciones regionales
(la expansión de la OTAN en Europa) y tentativas globales
de redefinición estratégica (p.e. la aproximación
al cambio de la doctrina de ataque preventivo en la ONU). Por lo
demás, la propuesta tiene antecedentes en Suramérica:
la asociación de Argentina como “socio extra-OTAN”
de la Alianza Atlántica.
Si ello indica que el proceso de expansión occidental no
ha encontrado aún sus límites, el contexto actual
de la propuesta a Colombia es bien diferente al predominante en
la década pasada (cuando Argentina replanteó su inserción
de seguridad). En efecto hoy la mayor visibilidad e influencia de
las potencias emergentes, la mayor intensidad de los conflictos
regionales y el nivel crítico de amenazas como el terrorismo
presentan un escenario menos conducente, por fragmentado, a la aplicación
política de la propuesta. Sin embargo, de manera inversa,
los riesgos incrementales que emanan de ese escenario aumentan la
demanda de seguridad que la propuesta quisiera satisfacer.
Y si se ésta incluye a un grupo de países latinoamericanos
amigos de la OTAN es bueno y conveniente evaluarla.
Primero veamos las condiciones en las que Argentina accedió
al status de “socio extra-OTAN”. Éstas fueron
bastantes diferentes a las que hoy definen a Colombia. Cuando en
1988-1990 Argentina cambió radicalmente su política
exterior lo hizo bajo el apremio de una crisis económica,
una disminuida situación de seguridad y en los albores del
cambio del sistema e internacional.
Por lo demás, aunque hasta hoy no se han hecho públicos
los beneficios concretos del “status” argentino una
vez superada la etapa de alineamiento estrecho con la primera potencia,
algunos se pueden reportar. En principio, estos beneficios pueden
referirse a la generación de de un contexto estable y cooperativo
para proceder a la reforma de Fuerza Armada argentina, un mejor
posicionamiento de ese Estado como participante en operaciones de
mantenimiento de la paz (en las que participan fuerzas de la OTAN)
y probablemente, un mejor acceso a información y al conocimiento
originado en esa alianza.
Hoy, en cambio, Colombia no ha cambiado su política exterior
ni tiene intenciones de hacerlo, su economía está
en expansión, la grave situación de seguridad interna
ha mejorado relativamente y el sistema internacional y regional
es bastante más complejo. Además su Fuerza Armada
es sólida y las relaciones de seguridad con Estados Unidos
son óptimas. Asociada –y quizás aliada- a la
primera potencia en el marco del Plan Colombia y siendo un principalísimo
receptor de cooperación económica, puede mostrar resultados
concretos en el campo aunque éstos no sean todavía
los esperados.
En consecuencia la necesidad colombiana de una vinculación
institucional con la OTAN no tiene los requerimientos que eventualmente
tuvo Argentina. Por lo demás, esta afiliación occidental
complicaría la relación con un gobierno antioccidental
como el venezolano, incrementaría la exposición del
escenario amazónico a un número de potencias extraregionales
(en probable contraposición con el interés brasileño)
y escalaría eventualmente la beligerancia de las fuerzas
subversivas activas en Colombia.
Sin embargo, cada uno de estos argumentos puede ser respondido:
Venezuela podría atenuar su hostilidad frente a un vecino
eslabonado con la primera alianza del mundo, Brasil podría
estar interesado en la cooperación de seguridad con ese régimen
de seguridad siempre que se respete su soberanía amazónica
y las fuerzas subversivas podrían inclinarse más rápidamente
por la negociación si comprenden que no estarían enfrentando
sólo al gobierno del Presidente Uribe sino a la mayor institución
de seguridad de Occidente.
Y en lo que hace a la seguridad colectiva, Colombia necesitaría
más de ella hoy que antes en tanto la redefinición
del TIAR está entrampada y, por tanto, el sistema interamericano
depende más de la capacidad defensiva norteamericana y de
la de cada uno de sus miembros por separado. Ello en un contexto
subregional de precaria estabilidad como el andino y de disfuncional
innovación estratégica (generada por Venezuela y Bolivia)
que incrementa la necesidad del esfuerzo de ordenamiento y defensa.
Veamos ahora línea argumental que deriva del significado
del status de “socio extra-OTAN”. Como su nombre lo
indica, esta calidad no implica membresía en esa alianza.
Y, en apariencia, tampoco abarca los mecanismos institucionales
de las “asociaciones para la paz” (por lo menos en el
extremo de las asociaciones instituidas para generar contextos de
estabilidad en Estados con problemas de desestructuración
en Europa) ni los diálogos regionales priorizados por la
OTAN (como el diálogo euro-mediterráneo).
En lugar de ello, la vinculación propuesta a Colombia sería
la correspondiente a los socios que se definen por negación
(los que caben en la metáfora de los “tres no”:
no a la membresía, a la asociación institucional y
a la región privilegiada). Estos vínculos de carácter
práctico importan más bien cooperación en planeamiento,
relaciones cívico-militares, entrenamiento, comunicaciones,
información, manejo de crisis y quizás, acceso a tecnologías
(OTAN).
Considerando que la seguridad de Colombia, como la de otros Estados
latinoamericanos, ha diversificado sus fuentes de aprovisionamiento
de material y conocimientos, este vínculo ciertamente le
sería extremadamente útil.
Y si éste se inscribe en un proceso de evidente de expansión
occidental en el que América Latina está inmersa,
el vínculo brindaría soporte y racionalidad de seguridad
a un proceso complejo que abarca otras áreas. Ello no inhibiría
la capacidad emergente de ciertas potencias regionales en tanto
éstas no se definan como antioccidentales.
Por ello la iniciativa que hoy evalúa Colombia también
debiera ser considerada por otros países de la región.
La premisa para hacerlo sería la vieja propuesta gaullista:
a una alianza se ingresa para hacerse más fuerte, no más
débil.
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