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EDITORIAL
Oportunidades y problemas de una Cumbre Euro-latinoamericana
Alejandro Deustua
10 de mayo de 2006
A diferencia de la proliferación de reuniones entre agrupaciones
subregionales, son pocas las reuniones interregionales que abarcan
a casi la totalidad de los miembros que integran esos espacios.
Las reuniones cumbre entre la Unión Europea y la América
Latina y el Caribe, iniciadas en Río de Janeiro en 1999,
forman parte de estas escasas excepciones de ambicioso plurilateralismo.
Basadas en la tradición histórica, en la asimétrica
necesidad de interacción económica y en las posibilidades
que abre un escenario sin marcadas divisiones polares, estos megaeventos
diplomáticos intentan consolidar el marco que vincula a ambas
regiones. Y lo hacen en procura de una “asociación
estratégica” que supone indentidad de principios básicos
y complementariedad de intereses prácticos.
Aunque, por exceso de agenda y defecto de precisión, el
contenido de la “asociación estratégica”
no parece aún bien definido, es claro que su orientación
intenta la consolidación occidental de América Latina
en relación a uno de sus dos centros vitales –Europa-
y en relación a tres ejes temáticos: el incremento
de la cohesión social en la región, el fortalecimiento
de la integración intra y extraregional y la promoción
del multilateralismo.
Sin embargo, esta natural orientación reporta aún
varios defectos. El primero, es la dimensión burocrática
de un proceso complejo. El segundo es el que plantean las políticas
exteriores bilaterales e internas de varios países latinoamericanos
que se oponen a un marco liberal comunitario.
En efecto, capturadas por agendas complejísimas de muy
escaso cumplimiento y por la inercia institucional de los organismos
rectores, las cumbres biregionales no generan los resultados esperados
(un caso extremo es, a este respecto, el proceso de cumbres iberoamericanas).
Para contrarestar este problema la renuencia a focalizar la agenda
en tres o cuatro tres puntos prácticos (p.e. inversiones
y transferencia tecnológica, comercio, fondos de cohesión
y cooperación efectiva en seguridad) es, en cambio, grande.
A pesar de la “fatiga integracionista” que padece
la UE, este problema es también de principalísima
responsabilidad latinoamericana. Al respecto parece claro que los
principios liberales básicos que definen a Occidente y que
América Latina suscribe nominalmente -la democracia representativa,
el libre mercado en cualquiera de sus modalidades, el Estado de
Derecho, los derechos humanos- no sólo no están acá
bien arraigados sino que los gobiernos que se ufanan en denunciarlos
quieren ser cada día más evidentes. En este caso es
poco lo que las cumbres biregionales pueden lograr salvo marginar
a esos gobiernos (a lo que los partícipes no están
dispuestos) y brindar un marco de protección liberal a una
región inmaduramente gobernada.
Por lo demás, las cumbres euro-latinoamericanas no se muestran
todo lo eficientes que debieran en el progreso de acuerdos de simple
cooperación a formas complejas de asociación y, luego,
a acuerdos de integración.
Sin duda que la Unión Europea presenta problemas en este
caso (p.e. el mantenimiento, como Estados Unidos, de esquemas de
subsidios a la producción y exportaciones agropecuarias).
Pero ello no es excusa para la incapacidad latinoamericana de articular
una posición consistente basada en la solidez de sus esquemas
de integración (defecto que también ha sido un escollo
para una mejor negociación con la superpotencia).
Peor aún, a la luz de la fragmentación de estos
procesos (concretamente, la CAN), los niveles de interlocución
coordinada –condición indispensable para negociar con
la UE- han llegado a cotas tan bajas que complican dramáticamente
el diálogo biregional (y, en el caso andino, lo convierten
en un esfuerzo esencialmente europeo).
Este problema tiene muy serias connotaciones para la subregión
andina. Primero, pone en riesgo la calidad occidental de la asociación.
Segundo, impide avanzar en acuerdos concretos de asociación
política que amplíen la frontera de libre interacción
de nuestros países. Y tercero, frustra la ampliación
de nuestros mercados a través de esquemas de liberación
del comercio mutuo.
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En este punto debe tenerse presente no sólo la calidad del
interlocutor (la Unión Europea es para la subregión
el segundo socio comercial y la primera fuente de inversión
y de cooperación económica), sino sus mecanismos.
Entre éstos destaca el SGP Plus que mantiene, de manera unilateral,
el acceso de nuestras exportaciones al mercado europeo.
Este esquema se inició en 1991 y ha sido replanteado para
el período 2006-20015. Pero su reciente cuestionamiento por
países no beneficiarios ante la OMC debiera alertarnos sobre
la necesidad de asegurar, de manera negociada, el segundo mercado
de nuestras exportaciones. Sin embargo, mientras los europeos ofrecen
esta alternativa a la CAN (y también a los centromericanos
y al Mercosur), dos de los andinos (Venezuela y Bolivia) se dan
el lujo de trabar el beneficio.
Si la diplomacia de cumbres biregionales es excepcional, su costo
y su peso burocrático debiera ser un estímulo para
lograr mejores y más rápidos resultados. Pero si a
ese objetivo se agregan complicaciones generadas por actores concretos,
éstos no deben seguir disponiendo de libertad de acción
de la que hoy disponen.
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