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EDITORIAL
El Perú y Venezuela ante la OEA: una argumentación
útil pero insuficiente
Alejandro Deustua
5 de mayo de 2006
Como correspondía, el Perú informó al Consejo
Permanente de la OEA sobre la intromisión sistemática
del presidente Hugo Chávez en el proceso electoral peruano.
Al hacerlo el Estado fortaleció la protección de la
voluntad ciudadana en ese proceso, llamó la atención
a Venezuela sobre las consecuencias hemisféricas de las arbitrariedades
de Chávez en el Perú y activó, en alguna medida,
un régimen que los miembros de la OEA parecen dispuestos
a olvidar: la Carta Democrática.
Sin embargo, de manera contradictoria, el gobierno, luego de llevar
el caso a un foro multilateral, prefirió definirlo como una
discordia bilateral. Ello restó sustancia a la precaria argumentación
jurídica con que presentó el reclamo en la OEA: en
lugar de invocar el artículo 17 de la Carta Democrática
que autoriza a cualquier Estado Miembro a dirigirse a ese foro cuando
las normas y el orden democráticos estén poniéndose
en riesgo en su jurisdicción, el gobierno eligió la
defensa de los principios clásicos de la no intervención
y libre determinación de los pueblos reconocidos en la Carta
de la ONU y de la OEA.
De esta forma, al convertir en sustantivo lo que debió
ser sólo el marco formal de la argumentación peruana,
el gobierno erosionó los fundamentos principales de la Carta
Democrática que justamente cuestionan el principio de no
intervención cuando la democracia representativa está
bajo amenaza.
Así, al preferir la razón de Estado, que otorga
prioridad a la soberanía singular, en lugar del régimen
colectivo de la democracia representativa (la “cláusula
democrática”) adoptada por la OEA (y también
por el Grupo de Río, el Mercosur y la CAN), el gobierno debilitó
la argumentación sobre la defensa de la democracia representativa
en el Perú y no fortaleció suficientemente esa obligación
general en el ámbito hemisférico.
En consecuencia, erosionó la posibilidad de cuestionar el
carácter autoritario del gobierno que hoy agrede al Perú,
afianzó la sensación de invulnerabilidad del mismo,
no inhibió el impulso de su proyección geopolítica
(especialmente en el Cono Sur a propósito de la interconexión
energética en la que Venezuela es dominante) y tampoco reclamó
con la energía suficiente la obligación de los Estados
americanos de concurrir solidariamente en la defensa de la democracia
representativa de un socio.
Por lo demás, el privilegio que la representación
peruana otorgó en este caso a los principios de no intervención
y de autodeterminación clásicos facilitará
la exaltación de los mismos por Venezuela, cuando le toque
hacerlo, para defender la creciente acumulación de poder
por el Ejecutivo de ese país.
Una vez dicho esto, es necesario sin embargo, considerar las posibles
razones que tuvo el gobierno para emprender este débil línea
de argumentación. En efecto, es posible que la opción
por una declaración singular en la OEA antes que colectiva
se haya debido a la incapacidad de concretar apoyos indispensables
(lo que reflejaría una seria debilidad diplomática),
que éstos hayan sido inviables (lo que comprobaría
la decrepitud de la Carta Democrática) o que esos apoyos
no se ha hayan buscado para evitar una mayor fricción en
Suramérica y la Comunidad Andina que ha ingresado a una ciclo
de preocupante fragmentación.
En efecto, de haberse aislado a Venezuela en el ámbito
de la OEA es posible que a este hecho hubiera seguido la agudización
de la fricción de Bolivia con la CAN. Ello habría
tenido por lo menos dos resultados. Primero el fortalecimiento de
la disposición venezolana a promover realineamientos suramericanos
radicales que presionen a Brasil y Argentina. Segundo, una mayor
dinamización de la alianza de Bolivia con Venezuela y Cuba.
Ésta habría agudizado la confrontación del
país altiplánico con la Comunidad Andina en momentos
en que el lanzamiento de la negociación de un acuerdo de
asociación con la Unión Europea pende de un hilo en
tanto la UE desea negociar con el grupo de integración y
no con cada uno de sus miembros.
Sin embargo, considerando que, además del cálculo
político, están en juego principios rectores del orden
interno y hemisférico, la Cancillería debió
recurrir con más énfasis a la Carta Democrática.
Si ello conducía a una supuestamente inaceptable mayor fricción
con Venezuela, el gobierno siempre podría haber moderado
la intensidad de su denuncia, pero en el ámbito de la Carta.
.
Pero aún así el objetivo de minimis se ha logrado:
congelar de momento la intromisión venezolana desde el foro
hemisférico.
Sin embargo, como la motivación de esa potencia es manifiestamente
revisionista, es probable que ésta reitere su intromisión
en el Perú. Cuando eso ocurra, la Cancillería tendrá
que acudir a argumentos más sólidos que los esgrimidos
en esta oportunidad en la OEA. El bilateralismo simple no alcanzará
para atenuar la vocación antidemocrática del régimen
chavista ni su decisión de imponerla en la región.
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