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EDITORIAL
El “hecho” y el “acto” de una
nacionalización regresiva
Alejandro Deustua
3 de mayo de 2006
La nacionalización de los hidrocarburos bolivianos (la
segunda reserva de gas en Suramérica) no ha sido un hecho
de sorpresa sino un acto sorpresivo instrumentado por el decreto
28701 a través de un despliegue militar en el simbólico
1 de mayo.
En efecto, el “hecho” de la nacionalización,
en tanto objetivo de un proceso manifiesto, era largamente esperado.
Ese proceso empezó con la renuncia del presidente Gonzalo
Sánchez de Lozada el 2003 forzada por un movimiento de masas
liderado principalmente por el sindicalista cocalero Evo Morales.
Ese movimiento asumió como elemento articulador el reclamo
en las calles por la disposición del Ejecutivo a tratar con
un consorcio empresarial transnacional para exportar el gas boliviano
a mercados norteamericanos a través de puertos chilenos.
La doble naturaleza nacionalista de la protesta –la reivindicación
de la propiedad del recurso y de su futuro empleo para intentar
negociar la solución del problema de la mediterraneidad-
tuvo una intensa connotación emocional, política y
estratégica que el Presidente Carlos Mesa canalizó
a través de la convocatoria a un referéndum vinculante
sobre la materia.
Dado que la ciudadanía boliviana votó a favor de
que el Estado tuviera una presencia en toda la cadena productiva
del gas natural y que éste sirviera de instrumento de negociación
con Chile, el Presidente Mesa procedió luego a instrumentar
una ley de hidrocarburos en cuyo controversial proceso el Congreso
no se limitó a una función simplemente aprobatoria.
Posteriormente el candidato Morales forjó buena parte de
su plataforma de campaña en la nacionalización del
recurso. El “hecho nacionalizador” que hoy ocurre en
Bolivia es la culminación nada sorpresiva de esta parte del
proceso.
Pero el “acto nacionalizador” sí ha causado sobresalto
en tanto ha desbordado, de manera súbita, el cauce del proceso.
Éste había querido encontrar un rumbo negociador con
las empresas afectadas. Siendo las principales de carácter
estatal o semisestatal (Petrobras, Repsol) el contacto había
involucrado conversaciones con los gobiernos de origen. Y debido
a que la nacionalización formaba parte de los objetivos explícitos
del gobierno, el proceso de conformación de la norma esperaba
un debate esclarecedor, abierto y colectivo.
Si embargo, el decreto 28701 fue promulgada de madrugada, procesado
apenas por seis incógnitos funcionarios y ejecutado con participación
de la Fuerza Armada la que, como en épocas pasadas, procedió
a tomar posesión de 56 campos o puestos de hidrocraburos.
De esta manera el Presidente Morales repitió el uso dual
del poder que el congresista Morales empleó anteriormente
como forma de presión: el uso simultáneo de la calle
(es decir, de la fuerza) y de la ley para conseguir objetivos de
máxima.
El “acto nacionalizador” tuvo también un componente
externo activo: el Presidente Morales procedió a la nacionalización
inmediatamente después de haber consolidado una fuente de
poder internacional incorporándose a un peculiar régimen
comercial (el ALBA) conformado dominantemente por la alianza estratégica
venezolano-cubana. Éste, instrumentado por un denominado
tratado de cooperación de los pueblos, se pretende alternativo
y opuesto a los que suscriben otros países de la región
con Estados Unidos.
Esta posición debe ser considerada a la luz de la aparente
indisposición boliviana de adscribir al inicio de negociaciones
de un acuerdo de asociación con la Unión Europea que
sus socios –Perú, Colombia y Ecuador- sí promoverán
a partir de este mes en Viena. Por lo demás, la indisposición
boliviana tiene aún una racionalidad antioccidental: según
el presidente Morales Occidente representa “la cultura de
la muerte” (Oppenheimer).
Todo esto ocurre cuando Bolivia ha puesto en duda su membresía
en la CAN. En tanto, además del debilitamiento adicional
de la cohesión subregional, esa decisión consolida
la quiebra del consenso andino sobre vinculación con el capital
extranjero (que ya habían vulnerado Venezuela y Ecuador en
el ámbito energético), es evidente que el clima para
la inversión extranjera se deteriorará fuertemente
en esta parte del mundo.
La afectación de países de economía abierta
como Perú y Colombia podrá ser significativa porque,
a pesar de que cada mercado tiene su especificidad, aún persiste
en el inversionista la percepción del riesgo regional. Y
éste se habrá incrementado en el área andina
por la decisión boliviana.
Ésta tenderá a ser vista no sólo como excéntrica
sino como irracional. En efecto, si la inmensa mayoría de
la inversión en Bolivia es de origen extranjero (a diferencia
de lo que ocurre en Perú, p.e) no se entiende bien de dónde
piensa obtener ese Estado el capital necesario para acceder al capital
necesario para emprender la industrialización comercialización
del gas.
Si esta fuente fuera Venezuela (como parece evidente) entonces
la liberación de fuerzas geopolíticas de fragmentación
en la región sustitutivas de fuerzas de integración
será una realidad. En efecto, liberada de compromisos de
integración compleja, la asociación venezolano-boliviana
intentará comandar el proceso de interconexión energética
en el corazón suramericano.
Y ésta éste será inicialmente excluyente
como lo demuestra la convocatoria de una cumbre entre Bolivia, Brasil
y Argentina (como antes hubo una con Venezuela) para aclarar el
nuevo tipo de relación dejando al margen a los países
que no tienen poder de de demanda ni de oferta actual de energía.
La decisión boliviana tiene, por tanto, una dimensión
regresiva de connotaciones estratégicas que se complementan
con otra de dimensión interna: la revocatoria eventual de
la reforma liberal en ese país. Ahora se ha procedido a retroceder
sólo hasta 1995-1996 cuando se dio la “ley de capitalización”
(o de privatizaciones). Más adelante podrá regresionar
hasta 1985 aplicando la derogación de la ley que dio marcha
a las reformas del Estado y de mercado iniciales. Como todo proceso
de contrarreforma radical, éste querrá arraigarse
proyectándose sobre los vecinos.
He allí los efectos potenciales del “hecho”
y del “acto” de la nacionalización boliviana.
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