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EDITORIAL
Realineamientos suramericanos
Alejandro Deustua
26 de abril de 2006
El rápido deterioro del consenso suramericano sobre la
integración regional está modificando el escenario
en el subcontinente. Y lo hace de manera extraordinaria en tanto
que la pérdida de cohesión a propósito de un
pretexto (el TLC con Estados Unidos) se está complementando
con nuevos y conflictivos alineamientos políticos. Éstos
han profundizado las líneas divisorias preexistentes en la
región y ampliado en ella el ámbito de influencia
de los agentes fragmentadores.
El objeto de la discordia (o del pretexto) ha sido la decisión
de dos gobiernos andinos (Perú y Colombia) de extender el
espacio de integración al mercado norteamericano primero
y al europeo después. Ésta opción, autorizada
por la normativa andina (la Decisión 598), concordante con
el principio de regionalismo abierto y practicada, en sus respectivos
fueros, por todos los países americanos (salvo los del Mercosur),
ha sido fuertemente contestada por Venezuela y Bolivia cuyos gobiernos
proponen, en apariencia, un escenario de integración regional
restringido, hostil a los Estados Unidos y renuente al vínculo
con la Unión Europea.
El agente dinamizador de este antagonismo ha sido Venezuela cuyo
presidente ha encabezado una cruzada autárquica de intensa
beligerancia. Ello ha inducido a Bolivia a recusar irracionalmente
un proceso de negociaciones que conocía perfectamente en
tanto ha sido observador privilegiado del mismo y al que sus agentes
económicos aspiraban adherir negociando por su cuenta.
La irracionalidad boliviana se ha expresado con insospechada intensidad
al añadir a la adhesión ideológica, la inmatizada
filiación geopolítica con Venezuela, al emplear el
insulto como instrumento de política exterior (el reiterado
agravio a los presidentes Uribe y Toledo) siguiendo la huella de
su mentor y al arriesgar la relación especial con el Perú
en momentos en que pretende satisfacer reinvindicaciones históricas
con Chile en conversaciones que tarde o temprano reclamarán
el concurso peruano.
Pero el ámbito de influencia de la disociación andina
se ha proyectado también al Mercosur impulsada por el presidente
Chávez con el poder de sus reservas petroleras y de una amplia
y arbitraria disposición de divisas. De manera extraordinaria,
la experiencia diplomática del Brasil y el poco tradicional
comportamiento de la segunda economía de la región
(la Argentina) han sucumbido a la influencia chavista en una cumbre
tripartita realizada en Sao Paulo. En ella se ha forjado, en la
versión periodística, una “alianza regional”
entre los tres asistentes en materia de integración energética
(el proyecto de construcción de un ducto de 8 mil kms. por
el lado oriental del subcontinente a un costo inicial de US$ 20
mil millones).
Dado el contexto en que esta “alianza” se confirma
y la agenda informal que la ocupa, es claro que ésta no se
incluye oficialmente en el marco de los proyectos IIRSA de la Comunidad
Suramericana de Naciones. Ese foro incluyente ha sido reemplazado
por uno restringido a núcleos de poder, existentes y en formación,
en Suramérica.
Por lo demás la “alianza” se organiza en un
contexto de fragmentación del Mercosur en el que a las disputas
por una asimétrica distribución de beneficios se suma
el abierto descontento de los países menores (Uruguay y Paraguay)
por la manera cómo se adoptan decisiones en ese organismo.
Esta fractura es ilustrada por la forma abusiva con que el gobierno
argentino –bajo el pretexto de la presión provinciana
y de organizaciones ambientalistas- dificulta hoy la inversión
extranjera en Uruguay (US$ 1800 millones de una empresa española
y otra finlandesa en el sector forestal) y permite el bloqueo de
rutas vitales para el comercio exterior uruguayo. Esto ocurre a
pesar de que representantes de la Comisión de la Unión
Europea (el señor Mandelson) ha respaldado la calidad ambiental
de la inversión en Uruguay.
El tema no es anecdótico no sólo porque revela la
decisión de consolidar de manera coactiva la jerarquía
de poder en el Mercosur sino porque está influido por el
interés uruguayo de explorar instrumentos de entendimiento
económico con Estados Unidos para diversificar su inserción
en el Cono Sur. Esa disposición es recusada por Argentina
y Brasil.
De otro lado, el reconocimiento que Brasil hace de la influencia
venezolana al aceptar esta “alianza” restringida en
circunstancias complicadas para la región renueva la controversia
sobre su rol de potencia entre a los socios no convocados, incrementa
la incertidumbre sobre su visión de Suramérica (¿es
cerrada o abierta?) y contrasta fuertemente esta realidad con su
tradición hemisférica y panamericana. Como consecuencia,
resta posibilidades a su capacidad de mediación en controversias
intraregionales en ejercicio de otra tradición brasileña:
la mediación empleando el principio de solución pacífica
de controversias que hoy intenta invocar en la subregión
andina.
De esta manera si, antes de la iniciativa fragmentadora venezolana,
Brasil era percibido como un polo de poder constituido y ciertamente
diferente al que pretende para sí la irregular acción
externa del señor Chávez, hoy esa diferencia parece
bastante atenuada. Y si se tiene en cuenta que el quid pro quo en
este punto es la relación económica con Estados Unidos,
la aquiesencia brasileña al hostil antinorteamericanismo
venezolano tiende a colocar a la potencia amazónica en el
lado de la línea que el gobierno venezolano está trazando
en la región.
Si, en la percepción de algunos, ello no equivale a otorgar
a Venezuela el fiel de la balanza regional, la formalización
el próximo sábado en La Habana de un “tratado
de libre comercio de los pueblos” entre Venezuela, Bolivia
y Cuba ciertamente contribuye a ello. Cualquiera que sea la peculiar
lógica económica de ese acuerdo (que no será
la del libre mercado), éste no sólo arraigará
el denominado proyecto ALBA en la región sino que proyectará
la influencia ideológica cubana en el espacio económico
suramericano, consolidará el rol de Venezuela como proveedor
de fondos a cambio del alineamiento anticapitalista que implica
el ALBA y otorgará al frágil Estado boliviano un mayor
rol antisistémico que terminará debilitando más
su viabilidad interna y friccionando su relación vecinal
y hemisférica.
Es acá donde la política ya no queda tan divorciada
de la economía en la región como algunos piensan.
En efecto si, por ejemplo, la mayoría de las exportaciones
andinas al mundo se colocan en Estados Unidos (42%) y en la Unión
Europea (12%) (CAN), la dimensión políticamente hostil
que ha emergido en ciertos países de la región en
contra de los acuerdos que favorecen el acceso a esos mercados puede
devenir en la frustración de los mismos y en el entorpecimiento
de una inserción económica de fuerte carácter
occidental. Este resultado terminaría beneficiando la opción
excluyente por un mercado minoritario y cerrado como el suramericano
(14% de las exportaciones andinas al mundo) que propone Venezuela.
Es probable que ello no ocurra (en el peor de los casos, los países
negociarán cada uno accesos singulares y los beneficios del
sistema SGP podrían replantearse). Pero lo que sí
puede suceder es que Suramérica (que, como concepto integrador,
es una “idea” nueva) se fragmente entre una región
prooccidental que prefiere acuerdos formales de mayor generación
de interdependencia con Estados Unidos y la Unión Europea
y otros antioccidentales que, sin serlo esencialmente, adoptarían
esa condición por rechazar de manera trepidante la asociación
ofrecida por las potencias centrales de esa civilización
principal.
Si el señor Chávez desea, a propósito del
requerimiento regional de un mejor acceso a los mercados, conducir
a Suramérica a una nueva guerra fría, esa intención
debe ser combatida radicalmente por irredenta, perversa y empobrecedora.
Los que así lo hicieran deberán también oponerse
a sus mecánicas consecuencias: que Estado Unidos desarrolle
políticas hacia la región en términos de una
“vieja” Suramérica regionalista, autárquica
y agresiva y una Suramérica “nueva” atlanticista,
abierta y de vocación global. El símil con lo ocurrido
entre Estados Unidos y la Unión Europea sería aquí
tan crudo como indeseable.
Para evitarlo el tiempo se va acercando para que los países
suramericanos con vocación de apertura y proclividad occidental
como Colombia, Perú y Chile (y quizás Uruguay) incrementen
fuertemente su interdependencia, coordinen mejor sus políticas
exteriores, procuren de manera conjunta el diálogo con Brasil
y Argentina y coordinen su inserción global. Y Estados Unidos
debe dar la mano flexibilizando los acuerdos de libre comercio donde
hubiera que hacerlo.
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