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EDITORIAL
Venezuela y Bolivia en la “crisis sistemática”
de la CAN
Alejandro Deustua
24 de abril de 2006
La decisión venezolana de denunciar el Acuerdo de Cartagena
confirma que la “crisis sistemática” forma parte
del proceso de integración andino. Pero la reacción
boliviana a los motivos contemporáneos de la misma –la
negociación de un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos
por dos países miembros- agrega un elemento innovador a esa
condición crítica: la fricción vecinal entre
socios históricos y preferenciales.
En el primer caso, la decisión de retiro venezolano confirma
que si el proceso de integración andino ha sido irregular
e ineficiente en la formación de una zona de libre comercio
(que luego de 37 años, no ha logrado evolucionar hacia una
unión aduanera), éste ha progresado a través
de ciclos conflictivos de regular periodicidad relacionados con
la naturaleza económica del esquema subregional.
En efecto, en la década de los 70 el tardío ingreso
venezolano al Grupo Andino (1973) fue contrapesado por el retiro
de Chile (1976) cuyo gobierno dictatorial encontró que el
inicio de la reforma económica liberal en ese país
era incompatible con un modelo de integración cerrado y dirigista.
De esta manera el esquema de integración intensamente ligado
al planeamiento central (p.e. los programas sectoriales de desarrollo)
y al control financiero (p.e. el régimen limitativo de la
inversión extranjera) fue cuestionado por un proceso reformista
bajo auspicio militar que tuvo después extraordinaria connotaciones
regionales.
A esa crisis inducida por el retiro de un Estado siguió
otra de carácter sistémico en la década de
los 80 -“la década perdida”- cuando la crisis
de la deuda en América Latina erosionó el poder de
los Estados y la reforma liberal proliferó entre los andinos.
Entonces el proceso de integración sólo puedo reemplazar
la pérdida de sus parámetros originales con una relanzamiento
desorientado: el modelo de “integración hacia fuera”
que parecía privilegiar el entorno cuando su estamento básico,
la zona de libre comercio, estaba lejos de haberse conformado.
Hacia la década de los 90 cuando, en un marco de incumplimiento
generalizado de compromisos, el proceso de integración no
distribuía beneficios, el retiro temporal del Perú
debilitó el acuerdo subregional al tiempo que, de manera
desordenada y sobreideologizada, resaltó la prioridad de
la “integración con el mundo”. La búsqueda
unilateral de ese nuevo patrón de inserción al margen
del escenario andino se contextualizó en la apertura comercial
promovida por la reforma liberal interna y en el nuevo régimen
de comercio internacional (la OMC).
Ahora la denuncia del Acuerdo de Cartagena que Venezuela confirma
(pero que resta formalizar) se produce en el intento de una contrarreforma
que pretende, en apariencia, un modelo de integración más
endógeno que desprecia la proyección externa de la
Comunidad Andina y opta por el Mercosur para avanzar luego en el
marco de la Comunidad Suramericana de Naciones.
Aunque la intención inmediata del gobierno venezolano sea
la de obstaculizar la relación estratégica entre los
países andinos y Estados Unidos (que aquel gobierno sigue
definiendo como hostil), la de fortalecer el vínculo geopolítico
con Brasil y Argentina (pero especialmente con esta última
incrementando su influencia en el proceso de integración
energética) y la de redefinir la organización del
Mercosur bajo patrones de economías menos abiertas, es evidente
que su interés va más allá de la búsqueda
de un modelo de integración “bolivariano”. En
efecto, el gobierno del señor Chávez intenta consolidar
en la región un polo de poder alterno al norteamericano promotor,
en su perspectiva antisistémica, de una nueva distribución
del poder internacional.
En este nuevo modelo el poder de generar mercado estaría
a cargo de Brasil y Argentina (Chile mantendría su condición
excepcional), buena parte del financiamiento de la infraestructrua
provendría de Venezuela y la articulación ideológica
la proveería la alianza estratégica entre Venezuela
y Cuba. En la perspectiva venezolana, Suramérica tendría
al Caribe como fuente de poder.
De esta manera la crisis del modelo andino de integración
tendría una fuerte correlación con el interés
venezolano de impedir un entorno con mayor presencia económica
norteamericana y occidental y con su aspiración de generar
un cambio en la distribución de poder regional de proyección
global. Esta perspectiva es evidentemente antagónica a la
evolución del proceso andino de ampliación de mercados
extendiendo la zona de libre comercio a Estados Unidos y a la Unión
Europea en el futuro luego de haberlo hecho con el Mercosur.
A pesar de que, en una de las particularidades de ese proceso (la
negociación con Estados Unidos), la CAN haya deseado salvaguardar
la cohesión andina protegiendo la normativa subregional,
su ineficacia o escasa insistencia en una negociación colectiva
y en una mejor aplicación del trato diferencial ha contribuido
también a alterar el esquema de integración andino
(esta vez hacia su dimensión minimalista). Ésta variación,
a su vez, está siendo manipulada por Venezuela. Ello muestra
en el siglo XXI, como en las tres primeras décadas, que la
crisis es inmanente a la naturaleza del proceso andino de integración.
Si éste pudiera sobrevivir ahora, como en las décadas
pasadas, ello dependerá sobre todo de la buena relación
entre sus miembros. Descartada Venezuela de esa posibilidad, la
reacción boliviana a la crisis abre un fuerte interrogante
al respecto.
Y lo hace porque el gobierno de Bolivia acaba de complicar una
buena relación de carácter histórico con el
Perú para privilegiar otra de peligroso carácter estratégico
con el gobierno de Venezuela. Si alguien tenía alguna duda
de que la vinculación entre esos dos gobiernos fuera de estrecho
alineamiento al punto de permitir una influencia determinante de
Venezuela (y Cuba) en la política exterior boliviana, la
inadmisible reacción del presidente Morales a la suscripción
por el Perú del TLC con Estados Unidos la ha mostrado en
su versión irracional recurriendo, como Chávez, al
insulto.
Si la agresión verbal del Presidente Morales al Presidente
Toledo debe ser rectificada incondicionalmente por el presidente
boliviano, el gobierno peruano debe estar tanto o más atento
a la fricción ulterior que puede resultar de las motivaciones
no tradicionales que impulsan al Presidente Morales y a la dimensión
de la influencia venezolana en su entorno y en sus decisiones.
Ciertamente la dimensión de esa reacción ulterior
evidenciará cuánto valora el gobierno boliviano la
relación histórica y de integración con el
Perú, cuál es su percepción del rol de nuestro
país en la satisfacción de intereses nacionales de
ese Estado y cómo entiende la vinculación alternativa
que Bolivia mantiene con Chile y el Perú en relación
con esos intereses. Pero además, esa reacción mostrará
la dimensión del interés boliviano en la integración
andina o, alternativamente, la forma cómo ese gobierno desea
explotar la crisis andina a propósito del TLC con Estados
Unidos.
Ello dirá mucho también sobre la seriedad con la que
ese gobierno se propone afrontar la superación de serios
problemas de fragmentación interna y extraordinarios arraigos
en el Cono Sur a través del ancla estabilizadora que el escenario
andino le proporciona. Finalmente, esa reacción reflejará
la importancia que el gobierno del presidente Morales otorga a la
complementariedad de intereses andinos en relación con Estados
Unidos cuando tres países andinos indican, a través
de la negociación del TLC con la superpotencia, que esa relación
es económicamente vital para ellos.
En relación a este punto debe recordarse que el gobierno
de Bolivia ha asistido a todo el proceso negociador como observador
oficial, que esa presencia se ha justificado en la expectativa de
suscribir luego un acuerdo equivalente y que el interés del
sector exportador y de las pymes (especialmente las de El Alto)
de ese país ha sido oportunamente expresado. Por lo tanto,
nada sustantivo de lo negociado por Perú y Colombia es ajeno
al gobierno boliviano. Y si, adjetivamente, tuviera alguna queja
por su inasistencia a una reunión de la Comisión sobre
compatibilidad de la normativa andina (6 de abril), ésta
debe cotejarse con el hecho de que su voto era imposible en tanto
no cumplía con las condiciones para emitirlo (no estaba al
día en sus contribuciones).
En cuanto a la preocupación boliviana por las exportaciones
de soya que podrían ser afectadas por el TLC, debe tenerse
presente que Estados Unidos ha ofrecido evaluar esos reclamos en
el curso de este semestre y que el foro andino es pertinente también
a estos efectos. Al respecto, debe recordarse que Bolivia es el
país que menos aprovecha el mercado andino y que Venezuela
no ha sido especialmente constructivo para mejorar esa situación
(ese país ha adquirido soya norteamericana reduciendo el
mercado boliviano).
Si luego de estas conversaciones el gobierno boliviano mantiene
su agresiva posición se hará evidente que “el
problema del TLC” ha sido exagerado y que éste no es
sólo comercial. Se confirmará entonces que en su generación
prevalecen motivos ideológicos (marcados por el antinorteamericanismo),
geopolíticos (que sacrifican el buen trasto de intereses
vecinales) y sociales (que se traducen en política exterior
a través de una ambigua y riesgosa “diplomacia de los
pueblos”.
De esta manera, a la “crisis sistemática” de
la integración andina Bolivia, de la mano de Venezuela, estará
contribuyendo al sacrificio final de ese proceso mediante la generación
de fricción vecinal, bloqueando la cohesión suramericana
y cuestionando la relación hemisférica (de cuyas instituciones,
sin embargo, desea hacer uso para satisfacer intereses como el de
la solución de la mediterraneidad).
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