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EDITORIAL
El complejo tránsito hacia un nuevo gobierno democrático
Alejandro Deustua
10 de abril de 2006
Aunque la incertidumbre sea aún el resultado más
evidente de la contienda electoral del domingo pasado, la certeza
de que éste ha consolidado la contención del avance
del candidato del fascismo y de que se ha iniciado el proceso de
su derrota debiera fortalecer el optimismo de la mayoría
de peruanos. Especialmente la de aquéllos que votarán
en segunda vuelta por el perfeccionamiento de un Estado y una sociedad
liberales independientemente de su proclividad socialcristiana o
socialdemócrata.
El optimismo que despierta este cuadro de situación no
puede, sin embargo, escabullir por lo menos tres escenarios emergentes:
la polarización momentánea del contexto interno, la
incertidumbre política y económica hasta la realización
de la segunda vuelta y la alerta por la remanencia posterior de
tendencias violentistas en los que no podrán iniciar un nuevo
ciclo autoritario en el Perú.
En relación al primer escenario debe decirse que, en tanto
la realidad de la momentánea polarización nacional
proviene de la imposición de una candidatura autoritaria,
ésta no terminará hasta que esa candidatura haya sido
efectivamente derrotada. Entendemos que la implicancia antagónica
de este escenario no es deseable por muchos ciudadanos, organizaciones
y socios externos y que la tendencia negociadora a cualquier costo
es una alternativa que ellos preferirían.
Éste podría ser la actitud de ciertos partidos políticos
especialmente, los que no han superado la valla del 4%, y la de
ciertos poderes fácticos.
Entre los primeros podrían estar los que se proclaman de
izquierda que, privilegiando su antagonismo al modelo económico
sobre la condición política de la candidatura militarista,
intensificarían su percepción de que ésta es
preferible a una candidatura “de los ricos”.
Y entre los segundos pueden encontrarse grupos empresariales que
atraídos por la proclividad corporativista de quien los congrega,
por el temor a las nuevas condiciones del mercado (p.e. el TLC)
o por el deseo de maximizar beneficios singulares y expectaticios,
intenten llegar a ciertos arreglos con esa candidatura.
Al respecto estos sectores debieran recordar que, si algo enseña
la historia sobre este tipo de contienda, es que con las agrupaciones
de ideología fascista el entendimiento no es una solución
de largo plazo. En éstas la convicción sobre los beneficios
del ejercicio de la coacción y de la manipulación
es siempre superior a la alternativa del arreglo político.
Por ello es que esa candidatura debe ser derrotada antes que procurar
alianzas con ella. La única alternativa sería su renuncia
explícita y garantizada por terceros solventes y fiables
a su pasado etnocacerista, a su condición militarista y a
su disposición antisistémica (incluida la alianza
con potencias de similar valencia como el gobierno del señor
Chávez). Pero ello es una utopía.
De otro lado, la ciudadanía debe tener presente que si bien
todo cambio de gobierno lleva consigo una alteración del
factor de riesgo, la extraordinaria incertidumbre que hoy vive el
Perú ha sido impuesta por el predominio de la candidatura
autoritaria antes que por la indefinición de la candidatura
que disputará la segunda vuelta.
Si el costo de la volatilidad del mercado, de la indecisión
sobre las futuras inversiones y la ansiedad colectiva sobre el porvenir
del país es adjudicable a uno solo de los tres candidatos
en lisa, lo esperable es dejar que las leyes de la política
se impongan: si uno de tres factores de poder intenta subordinar
a otro cambiando el orden, el tercero debe alinearse con el que
resguarda el régimen en función.
Esta actitud de balance no es en el Perú de hoy reaccionaria
en tanto lo que se pretende resguardar es un orden social perfectible
y abierto a la modernidad y al progreso. Lo reaccionario sería,
en cambio, que ese tercero se alíe con el actor emergente
que desea llevar al Perú, en el mejor de los casos, a los
años 70 del siglo XX. Por lo tanto un entendimiento entre
los candidatos democráticos no sólo sería “natural”
e ideológicamente consistente para quienes lo pacten sino
que tendría la legitimidad progresista que brinda la exigencia
de la mayoría ciudadana.
Este acuerdo debe realizarse adicionalmente por una razón
táctica: la candidatura autoritaria intentará disminuir
la incertidumbre derivada de la desconfianza que genera favoreciendo
la discusión de un programa de gobierno elaborado a último
momento (con la probable participación de miembros acomodaticios
de las más prominentes instituciones del Estado).
Si la intención aquí es la de atenuar el cuestionamiento
colectivo de su naturaleza ideológica y lograr, más
bien, una discusión “temática”, ciertos
interlocutores verán en ello una alternativa razonable y
algunos socios externos percibirán hasta una señal
de moderación. Si estos últimos asumen que con ello
podrán mejorar su posición de riesgo al tiempo que
evalúan la conducta de un eventual gobierno autoritario en
el Perú al margen de sus motivaciones, esa esperanza se desvanecerá
cuando ese gobierno establezca relaciones especiales con uno de
sus mentores –el gobierno venezolano-, incremente la condición
fragmentadora de otro –el gobierno boliviano- y devenga totalmente
antisistémico –si, por ejemplo, incrementa relaciones
con Cuba y ciertos países del Medio Oriente.
El potencial de generación de inestabilidad regional de un
gobierno fascista en el Perú ciertamente es una razón
para procurar la derrota de esa candidatura sin negociación
con ella antes que el hiperpragmatismo de sus eventuales interlocutores
internos e internacionales obligue a todos a pagar un precio mayor
después.
Parte de ese costo bien podría ser el del incremento de la
violencia política derivada de la inercia del ciclo autoritario
emergente que encumbrados sociólogos ya atribuyen al Perú
y a la región. Ella se verá favorecida por un contexto
en el que a la injusticia social se agregará la frustración
del fascismo derrotado en las urnas.
Para prevenirlo, cualquier gobierno de tradición democrática
deberá estar dispuesto a consolidar efectivamente el monopolio
exclusivo de la fuerza que corresponde a todo Estado liberal, a
generar efectivas políticas sociales que reduzcan radicalmente
la inequidad que genera tensión y a exigir al movimiento
fascista en la oposición un cambio de comportamiento y su
riguroso sometimiento a la ley.
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