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EDITORIAL
Entre la democracia y el fascismo
Alejandro Deustua
7 de abril de 2006
Cuando los peruanos concurramos a las urnas este domingo ciertamente
lo haremos para escoger un determinado tipo de gobierno (democrático
o autoritario), un estilo de liderazgo (coactivo o consensual) y
un programa de gestión pública (basado en el respeto
de prácticas locales e internacionales y plazos fijos de
vigencia o en premisas que asumen que su ejecución depende
de sus propias reglas mesiánicas). Bajo los auspicios de
la formalidad democrática estaremos, en consecuencia, decidiendo
si deseamos progresar como ciudadanía al amparo de un Estado
liberal o si optamos por el advenimiento de un Estado de orientación
fascista que asume que todo y todos estamos a su servicio.
Si este proceso electoral nos obliga a optar por principios y valores
radicalmente distintos –lo que implica la posibilidad de que
quebrar el régimen establecido- para escoger bien debemos
reconocer primero que el Estado democrático representativo,
protector de los derechos humanos y articulado económicamente
por el libre mercado está, en el Perú, nuevamente
en crisis.
Para extraerlo de esta grave situación no basta ahora reconocer
las inaceptables inequidades sociales y las deformaciones institucionales
que marcan el paso del progreso del país: el domingo no se
va a optar por un diagnóstico sino por una solución
y por quien sea más capaz de procurarla. Por tanto, es imprescindible
también saber identificar a quienes no están capacitados
para liderarla y el tipo de solución que no puede ser aceptada.
En consecuencia, si el fascismo es una de ellas entonces habrá
que rechazarla no sólo por inapropiada sino por su naturaleza
incivilizada y por su anacrónica representación.
Por la exaltación tramposa del Estado, el ejercicio de
la violencia como método de gobierno, la organización
corporativista de intereses en el poder y su farsa racista, el fascismo
es una garantía de fracaso y de violento conflicto. Luego
de la ilusión corporativista de los 70, de la década
perdida de los 80 y de la marginación política de
los 90, los peruanos razonables no pueden optar nuevamente, luego
de un quinquenio de compleja transición hacia el progreso,
por un tipo de gobierno que se ha probado reiteradamente autodestructivo
y destructor.
Y no lo harán además por razones de oportunidad: el
fascismo aparece en toda su barbarie en circunstancias de colapso
del Estado, de impotencia gubernamental y de total subordinación
a fuerzas externas. Ésta no es hoy la situación del
Perú. El Estado es ineficiente pero está en trance
de reforma, el gobierno no ha satisfecho las altas expectativas
sociales pero ha construido un marco macroeconómico solvente
y, a pesar de los excesos ideológicos de la reforma neoliberal
de la década pasada, el Estado está en capacidad de
corregir los defectos de inserción externa sobre los que
tiene control.
De otro lado, si los representantes del fascismo en el Perú
desean exaltar el nacionalismo fundamentándolo en una variable
racial, no podrán sostener el esfuerzo por mucho tiempo.
Primero porque la tan pregonada calidad indígena de la población
prescinde de su naturaleza más extendida: el mestizaje es
predominante en el Perú (y también en la subregión
andina). Lamentablemente el racismo de ciertos dirigentes “étnicos”
y fascistas prefiere no apreciar esta condición.
Segundo porque la exaltación fascista del nacionalismo difiere
de la realidad de esa característica social: éste
es imprescindible para la identidad de los Estados y su vigencia
no sólo es universal sino que es más fuerte aún
en las potencias occidentales (Estados Unidos incluido). El nacionalismo
ciertamente no es patrimonio de una candidatura irracional que intenta
expropiar esa característica social de la conciencia colectiva.
Tercero porque la mayoría de los peruanos coinciden con
la gran mayoría de los ciudadanos de otros Estados que la
proyección transnacional de la denominada globalización
tiene límites reales (las barreras nacionales –económicas
y políticas- existen) y normativos (nadie que no esté
neoliberalmente sobreideologizado entregará a gobiernos extranjeros
o a agentes transnacionales, más allá de lo ya hecho,
las condiciones de autonomía indispensables para que un Estado
pueda sobrevivir).
En tanto la conciencia ciudadana de que “lo nacional”
existe y que la convicción sobre la necesidad gobernar la
globalización está adecuadamente representada en las
alternativas democráticas, la alternativa fascista debiera
ser, para el votante, prescindible.
Pero esta opción presenta otro frente que será también
contestado en las urnas: si el fascismo considera que el Estado
es un “órgano vivo” tiene también una
visión geopolítica “orgánica” tan
desalmada como impracticable. Su propuesta de expansión tahuantisuyana
ciertamente es un riesgo en la percepción ajena (y en la
propia). Pero en épocas de integración, es decir de
construcción progresiva de intereses compartidos y de de
flujo de interdependencia con los vecinos, la región y el
mundo liberal, esa propuesta, por impracticable, lleva consigo el
germen de su propia destrucción y de quienes intenten llevarla
a cabo.
Por ello, este domingo, la ciudadanía, obligada a escoger
nuevamente entre las alternativas democráticas y fascista,
elegirá la primera.
Pero luego de hacerlo deberá mantenerse en guardia porque
la opción fascista espera el mínimo pretexto para
confirmar lo que algunos sociólogos dan por un hecho estadístico:
la emergencia cíclica de violencia política en el
Perú. El gobierno democrático que se elija este domingo
o en mayo próximo deberá prevenirlo
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