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EDITORIAL
Riesgos electorales de la política exterior
Alejandro Deustua
29 de marzo de 2006
A lo largo de los últimos 35 años la política
exterior peruana ha dejado de definirse sólo en términos
de poder. Y si sus principios son hoy liberales en tanto privilegia
al individuo (los derechos humanos) y a la sociedad (el libre mercado
y la democracia representativa) a través del Estado, su involucración
en el ámbito occidental se ha fortalecido.
En consecuencia, lo adecuado al interés nacional es hoy el
perfeccionamiento de ese ámbito. Hacer lo contrario acarrearía
el alejamiento del eje de la comunidad internacional, el incremento
de la inseguridad que acarrea el cambio de asociaciones fundamentales
(Estados Unidos y la Unión Europea) y la reducción
de beneficios derivados de nuestros principales mercados. Quien
pretenda emprender esa ruta lo harán a costa de la consistencia
del Estado y del bienestar de sus ciudadanos.
En el ámbito global la política exterior peruana
se orienta a incrementar la seguridad colectiva, a rentabilizar
mejor el multilateralismo y a favorecer la gobernabilidad global
al tiempo que se aspira a una más apropiada distribución
del poder.
Para ello se requiere incrementar nuestra capacidad de cooperación.
Ésta debiera generar mayor participación en tareas
de mantenimiento de la paz (p.e. Haití), en la lucha contra
las amenazas globales (el narcotráfico y el terrorismo) y
en regímenes internacionales (p.e. la Covemar), en obtener
mejor ventaja de ellos (p.e.la efectiva aplicación del trato
diferencial y la rejarquización de los temas del desarrollo)
y en promover un balance de poder que nos incorpore a la expansión
de Occidente. .
Quien, en lugar de ello, desee replantear la vieja confrontación
Norte/Sur, generar inestabilidad global, convertir las instituciones
multilaterales en foros de propaganda o promover alianzas con Estados
que cuestionan las libertades fundamentales incrementará
exponencialmente la vulnerabilidad del Estado, la de sus habitantes
y la de su economía.
En el ámbito regional la política exterior peruana
privilegia hoy la inserción en Suramérica y la “asociación
estratégica” con el Brasil. Este escenario ciertamente
debe consolidarse incrementando los precarios términos de
la integración e implementando, el programa IIRSA como fundamento
de la Comunidad Suramericana de Naciones.
Pero también debiera mejorarse ampliando el rango de asociaciones
preferenciales a Estados Unidos (que es el socio principal de hecho)
y a Chile (que complementaría en el Pacífico la estabilidad
que brinda Brasil en el continente suramericano). Esta base trilateral
consolidaría el rol del Perú en el indispensable ámbito
hemisférico.
Lo que no puede hacerse es promover alianzas antisistémicas
con Venezuela y Cuba si no se desea erosionar más la escasa
cohesión suramericana, fracturar el foro panamericano y colocar
al Perú entre los Estados poco fiables, desestabilizadores
y de alto riesgo.
Quienes deseen este destino para el Perú complicarán
enormemente nuestro progreso económico y erosionarán
nuestra posición estratégica en el Continente y en
la subregión andina (que será heredada exclusivamente
por Colombia) y tenderán a generar fricciones con los vecinos.
Esta situación eventual contrariaría frontalmente
nuestra política vecinal que no está signada por el
conflicto sino por la promoción de integración fronteriza
y vínculos de cooperación, que siendo aún escasos,
no tienen precedentes en nuestra historia (aunque quede por resolver
la delimitación marítima con Chile).
Quienes se aproximen a ella con una visión militarista, especialmente
la que se fundamenta en el fascismo, tenderán a generar contienda
por sus acciones, sus intenciones y su anacrónico predicamento
ideológico. Eventualmente esa fricción revertirá,
internamente, entre los peruanos.
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