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EDITORIAL
Aproximación inicial a la nueva Estrategia de Seguridad
Nacional de Estados Unidos (2006)
Alejandro Deustua
27 de marzo de 2006
El gobierno norteamericano acaba de confirmar a través
de la actualización de la Estrategia de Seguridad Nacional
(la original se publicó el 2002) que se encuentra en guerra,
que su desafío principal es el terrorismo y que su objetivo
fundamental es la derrota de esa amenaza y la expansión del
ámbito internacional de libertades básicas.
El Perú es un socio de Estados Unidos, comparte sus valores
fundamentales y es un decidido luchador contra el terrorismo. Esta
condición indica que los intereses generales de ambos Estados
son, en esta materia, complementarios y, dependiendo del escenario
o de la amenaza, idénticos.
En consecuencia, aunque el Perú no sea formalmente un aliado
norteamericano y la práctica de los valores compartidos sea
aún precaria, el Estado peruano debe apoyo a Estados Unidos
bajo la situación de guerra actual y, en reciprocidad, está
en el derecho de reclamar asistencia cuando la situación
sea inversa. Esta relación de derechos y deberes compartidos
podría incrementarse aún más si el Perú
se involucra, como debiera, en la “alianza” global para
la promoción de los valores de la libertad, la justicia y
la equidad que acaba de proponer el Primer Ministro británico.
Es en este marco que el Estado peruano debe aproximarse a la interpretación
de la Estrategia de Seguridad norteamericana. Y también en
el que, en una primera lectura, debe plantear las siguientes cuestiones.
Si el documento que se evalúa está fuertemente influenciado
por la situación militar en Irak y Afganistán y ésta,
al margen de la asistencia que debe merecer la fuerza empeñada
en el terreno, carece del consenso norteamericano necesario ¿debe
el Perú, o cualquier Estado, pronunciarse a favor de la Estrategia
asumiendo que los respectivos intereses nacionales en juego son
consistentes con las prescripciones de aquélla bajo las actuales
circunstancias?
La respuesta no puede ser plenamente afirmativa para el conjunto
del planteamiento mientras no se clarifique la posición del
Estado norteamericano (y no sólo del gobierno) en relación
a aquél . (situación que ocurrirá quizás
en las próximas elecciones parlamentarias de fin de año).
Mientras tanto, las autoridades peruanas deben continuar asociadas
en los hechos a las norteamericanas en la lucha contra el terrorismo
(especialmente en nuestro territorio) y hacer efectivo el compromiso
de promoción de valores compartidos (p.e., aplicando, en
beneficio hemisférico, la ahora devaluada Carta Democrática).
Al hacerlo estará en mejor posición para solicitar
la reciprocidad correspondiente.
En segundo lugar, si bien la Estrategia se plantea correctamente
como de largo plazo, lo hace bajo el supuesto de que el escenario
actual es equivalente al de la Guerra Fría. En consecuencia,
los contenidos de la misma se presentan como equivalentes a los
de la doctrina Truman o la doctrina Reagan.
Es claro que, para los socios de la primea potencia el combate
contra el terrorismo también es de largo plazo. Pero si este
fenómeno no es estructural en el sistema (no es exclusivo
producto de la unipolaridad estatal como la Guerra Fría lo
fue de la bipolaridad), el Perú no puede incorporarse a ese
combate bajo una Estrategia que otorga dimensión estructural
a esta lucha. Y menos cuando la otra cara de la moneda - la lucha
contra el fundamentalismo islámico- no se plantea consensualmente
en Occidente como un “conflicto entre civilizaciones”
como sí asume la Estrategia.
En consecuencia, el Perú no cuestionaría su filiación
occidental si no acepta la propuesta de la Estrategia sobre la lucha
contra el terrorismo como un conflicto civilizatorio . Las premisas
para hacerlo son por cierto, la persistencia en esa lucha (que debe
ser mejor desplegada en el campo) y la impugnación del fundamentalismo
islámico (que debe ser declarada en el ámbito diplomático).
En tercer lugar, las autoridades peruanas deberán estimar
cuál es el grado de compromiso bélico norteamericano
y el nivel de beligerancia en que éste se encuentra. Al respecto,
el texto de la Estrategia no sólo no establece estos matices
sino que su redacción extrema incita a una interpretación
extrema (una guerra total que merece una involucración total).
Al respecto cabe preguntarse, si los Estados Unidos están
guerra, ¿su intensidad llega al punto de comprometer todos
los recursos del Estado y de la sociedad? A pesar del alto costo
de la guerra, la respuesta es evidentemente negativa. Por tanto,
la asociación requerida debe establecer su nivel de relatividad.
Sin embargo, en este punto debe tenerse presente que las percepciones
de quienes toman decisiones en el Ejecutivo norteamericano sí
están fuertemente permeadas por la amenaza y que, en consecuencia,
la lectura del contexto que éste haga tiende a proyectarse
al conjunto de las políticas correspondientes. Ello puede
llevar a poca flexibilidad negociadora.
Especialmente cuando la promoción del libre comercio como
un puntal de la ampliación del ámbito global de “libertades”
(el liberalismo) es considerado como parte del mecanismo de seguridad.
Y cuando, en consecuencia, la negociación de acuerdos de
libre comercio tienen (por lo menos en la perspectiva del Departamento
de Defensa) la dimensión estratégica correspondiente.
Las implicancias de este corolario son muy concretas. Para empezar,
si las autoridades peruanas hubieran entendido esta situación
(que ya era explícita en el 2002), ciertamente no deberían
haber delegado toda la autoridad negociadora en los “tecnócratas”
del Mincetur. En lugar de ello deberían haber convocado por
lo menos a la Cancillería y a autoridades del Ministerio
de Defensa a una más efectiva asistencia (más aún
si se considera los fundamentos de seguridad del ATPA y del ATPDEA).
Los términos de la negociación habrían cambiado
y los requerimientos de reciprocidad en términos de compensación
por asimetrías habrían sido distintos.
En cuarto lugar, la identidad que establece la Estrategia entre
la naturaleza de los gobiernos y la distribución de poder
entre los Estados no parece conceptualmente correcta ni estratégicamente
acertada. En el sistema internacional contemporáneo los órdenes
internos siguen siendo diferentes de los externos en tanto que los
Estados siguen siendo las entidades prevalecientes en el mismo.
La calidad ideológica del gobierno no es necesariamente equivalente
a su comportamiento externo. En el sistema contemporáneo,
los mecanismos de balance de poder tradicionales subsisten, especialmente
a la luz de las relaciones de competencia emergentes (Estados Unidos
lo ha entendido bien en Pakistán). Si éstos son anulados
por exclusivas razones ideológicas, las fuerzas centrífugas
de esos sistemas de balance podrían eventualmente superar
a las fuerzas de cohesión de los mismos. Si ello se multiplica,
la comunidad internacional liberal predominante podría erosionarse
e inhibir su potencial no militar de expansión.
La propuesta de la Estrategia es aquí contraproducente
porque no reconoce la vitalidad de esa comunidad (que ciertamente
es insuficiente en ciertas áreas) y porque tiende a generar
el desorden que deriva de la confusión de la política
interna con la externa. Así, si el objetivo de promover un
orden liberal en el Medio Oriente puede ser apropiado como consecuencia
de una conflictividad específica (el conflicto palestino-isarelí,
el de Irak, el de Afganistán), transladarlo, por esos medios,
a otros escenarios puede sobreextender la fuerza capaz de sostenerlo
(ver el caso de Corea del Norte donde Estados unidos ha optado por
la vía diplomática del Sexteto). Ello puede dañar
los pilares de la comunidad liberal existente.
Esto es bastante diferente a la promoción de la democracia
y del libre mercado por medios diplomáticos y multilaterales
(p.e. los casos de Ucrania y de Bielorrusia). Sin embargo, para
sostener mejor este punto de vista (la promoción de la democracia
como diferente de su imposición) los Estados miembros de
la comunidad liberal (como el Perú) deben ocuparse de consolidar
primero esa comunidad en lugar de erosionarla (como ocurre hoy,
en el ámbito suramericano, con la inaplicación de
la Carta Democrática).
En quinto lugar, la Estrategia debe ser interpretada de manera
flexible para los casos donde la democracia o el libre mercado (el
régimen de libertades) tenga fundamentos diferentes. Este
es el caso de la reconstrucción iraquí. Si en ese
escenario sencillamente es imposible implantar los términos
occidentales de democracia representativa (y, por tanto, deberán
aceptarse otros parámetros), la admonición maniqueista
de la Estrategia (estar a favor o en contra sin plantear escenarios
menos extremos) debe mitigarse.
Este es el caso de las alternativas entre el “miedo”
y la “confianza”. Especialmente cuando ciertas variables
del “miedo” (p.e. el proteccionismo según la
Estrategia) están vigente en Occidente (p.e los subsidios
norteamericanos y europeos). Y ciertas virtudes de la “confianza”
(como la apertura de las potencias mayores) son cuestionadas por
esos Estados liberales (p.e. en materia migratoria).
En este caso, el Perú ciertamente no estaría poniendo
en duda el liderazgo norteamericano si no se somete a conminaciones
cuando se comparten valores (del tipo “están ustedes
con nosotros o con los terroristas” del 2001). Siendo un Estado
pequeño, el Perú debe mantener la escasa autonomía
disponible. Y Estados Unidos debiera inhibirse de insistir en esta
política que indispone el apoyo de socios que, bajo condiciones
más estimulantes, probablemente mostrarían menos timidez
en brindarlo.
En sexto lugar, la Estrategia hace bien en incorporar entre sus
mecanismos el establecimiento de alianzas, el empleo de la fuerza
preventiva y de intermediación en la solución de conflictos
y la lucha contra la pobreza en el combate del terrorismo. Los primeros
dos instrumentos inciden en una predisposición multilateral
quizás mayor a la existente en el 2002 y el tercero resalta
la necesidad de atacar los condicionamientos sociales del conflicto.
Sin embargo, aquí el Perú debería proponer
que estas asociaciones no se conformen sólo con las potencias
mayores o emergentes sino también con las menores cuando
el fenómeno terrorista sea una amenaza actual o latente.
Y por cierto, una iniciativa peruana para rejerarquizar los problemas
del desarrollo (y no sólo los de la pobreza) más allá
de las aproximaciones asistencialistas (la Cuenta del Milenio) o
cooperativas (la “diplomacia transformativa”) de la
Estrategia añadiría valor a la relación de
seguridad peruano-norteamericana. La religitimación de las
políticas de desarrollo como políticas sectoriales,
entre otras iniciativas, es indispensable para el logro de largo
plazo de la Estrategia de Seguridad norteamericana en un ámbito
de crecientes intereses complementarios: vencer al terrorismo y
ampliar el círculo de países liberales.
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