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EDITORIAL
Humala: la rabia y su mito
Alejandro Deustua
22 de marzo de 2006
Sobre la base de un malestar evidente pero irracionalmente expresado,
los peruanos están a punto de satisfacer su frustración
mediante el sacrificio de la modernidad económica (que todavía
espera mejores políticas generadoras de bienestar, equidad
y desarrollo) y de la democracia representativa (que aún
debe crear confianza, legitimidad institucional y paz social).
Una candidatura que nace del fascismo racista, que evoluciona
hacia el nacionalismo excéntrico, que convoca oportunistamente
la rabia de los excluidos por un modelo económico inflexible
y por un Estado injusto y que termina disfrazándose de un
partido originalmente democrático (la UPP) creado por un
internacionalista reconocido (Pérez de Cuellar), está
a punto de arrastrar al Perú a la senda de la inestabilidad
andina de la que, hasta hoy, se ha librado.
No son éstas calificaciones arbitrarias sobre otro “outsider”
que aparece, como Fujimori, en el momento exacto en que el descontento
popular puede ser explotado. Nacen aquéllas de la evidencia
que muestra el ideario etnocacerista suscrito originalmente por
los Humala (1). Este cúmulo de pesadillas, que vuelca sobre
el Perú el mito de la raza superior (la cobriza), la disolución
del mercado (privilegiando el trueque), la magnificación
del rol del Estado (al que las familias deben el depósito
de sus hijos) y la glorificación de la confrontación
internacional, es la cuna ideológica de quien hoy pretende
la Jefatura del Estado y la representación de la Nación.
La evolución “nacionalista” de este enjambre
fascista, transitó luego por una cobertura paramilitar –la
que proporcionan los reservistas de las fuerzas armadas- y militar
–que proviene del grado que ostenta el oficial Humala y de
la debilidad que mostró la oficialidad mayor para controlarlo
luego de los sucesos insurreccionales de hace pocos años.
Deducir de ello un engarce del candidato en cuestión con
ciertos mandos de la Fuerza Armada no es, en consecuencia, ninguna
exageración.
Posteriormente la curiosa tendencia trasnacional del nacionalismo
otorga a la evolución ideológica del humalismo una
fuente de poder que encuentra en el presidente de Venezuela, Hugo
Chávez, un puntal antisistémico adicional. El vínculo
con el presidente Chávez, otro oficial golpista de peculiar
ideología, encadena la candidatura del oficial Humala a la
alianza estratégica cubano-venezolana que pretende subvertir
el orden regional y coludirse –a través de vínculos
con potencias de amplio y cuestionado prontuario como Irán-
para, desde su particular perspectiva, contribuir a redefinir el
balance de poder global nada menos.
Desde esa versión del nacionalismo sustentado en el poder
militar, en el sojuzgamiento de las instituciones democráticas
y en la alianza con la dictadura cubana (a la que puede atribuírsele
la exposición de América Latina a la guerra nuclear
en 1962, la subversión permanente y la erosión del
sistema interamericano para empezar) el candidato Humala emprende
otra evolución.
Ésta aún no se centra en el antinorteamericanismo
declarado (aunque ya accederá el candidato a esta versión
antioccidental) sino en la vinculación con el indigenismo
cocalero del presidente Evo Morales. El retorno a los orígenes
etnocaceristas del candidato encuentra acá un camino aligerado
por la sencilla razón de que quien lo replica es ahora el
presidente de un país que, como Bolivia, tiene especial afinidad
histórica con el Perú (y su presidente goza del buen
trato consecuente). La dimensión étnica de la vinculación
con el presidente Morales tiene, además, el potencial geopolítico
que tiene Bolivia: la proyección al corazón suramericano
pero lastimosamente envuelta, esta vez, en el vínculo con
el narcotráfico propio de los gremios cocaleros.
Finalmente la evolución del candidato en cuestión
culmina con dos formalidades extraordinarias. Primero adquiere la
legitimidad partidaria de una agrupación cuyo internacionalista
y liberal exfundador jamás imaginó que podía
servir para avalar lo contrario a su convicción: una candidatura
auoritaria de nacionalismo cerrado e impulsada por un grupo de empresarios
con larga y compleja inserción en el mercado nacional.
Segundo, la evolución termina con un plan de gobierno de
última hora y de economicismo visible en el que el acápite
sobre asuntos internacionales se limita a ponderar la integración
regional y la revisión de contratos. Ningún diagnóstico
del escenario de inserción, ni de sus problemas, ni rol alguno
para el Perú en ese contexto se vislumbra en ese documento.
No sabemos si el candidato Humala ha reducido su perfil agresivo
en el último momento. Pero los antecedentes dicen que, de
triunfar, el Perú perderá el atributo de ser el país
más estable de la precaria subregión andina, devendrá
en un interlocutor poco fiable en la comunidad internacional (que
la relación con Chávez y Castro intentará transformar
en abiertamente confrontacional) y se marginará de la ruta
del progreso emprendida por los países del Cono Sur y México.
La rabia de los peruanos excluidos ciertamente tiene otras alternativas
de canalización moderna y legítima.
(1) Contra el fascismo de los Humala
2005: en defensa del Estado democrático
Ambos en www.contexto.org
(archivo de editoriales 2005)
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