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EDITORIAL
Chile: nuevo gobierno, nuevas posibilidades y requerimiento
de una política exterior oficialmente explícita
Alejandro Deustua
13 de marzo de 2006
A pesar del inusual carácter de la transmisión del
mando en Chile y de su notoriedad (la primer mujer que ejercerá
la jefatura del Estado en ese país recibió la posta
de un presidente que se retira con más de 70% de aprobación
en el escenario democrático más sólido de Suramérica),
los anuncios sobre su programa de gobierno fueron extraordinariamente
austeros y prácticamente inexistentes en política
exterior.
Y aunque los grandes rasgos de lo que la presidente Bachelet propone
en el campo internacional están establecidos en su programa
de campaña y que el alto nivel académico y político
de quienes llevarán a cabo esa tarea (el Canciller Foxley
y el Viceministro van Klaveren) aseguran solvencia en la conducción,
nada más allá de ello se supo de momento sobre las
acciones concretas con que éstos deberán proyectar
el interés nacional chileno.
Estamos al tanto de que la nueva gobernante y su equipo entienden
que las fuerzas motoras de la dinámica global son la interdependencia
y la integración; que las contiendas de valores antes que
de civilizaciones son , en su percepción, los generadores
de buena parte de la conflictividad contemporánea; que por
lo menos tres ámbitos de poder reclaman la inserción
internacional chilena (América Latina es el escenario primario
de inserción económica y de identidad; Estados Unidos
y la Unión Europea son potencias con los que se comparten
valores; y un grupo intermedio de Estados liberales –Nueva
Zelanda, Irlanda, Canadá, Australia, Noruega y Suecia- conforman
la referencia de status); que con el Asia, siendo la fuerza emergente,
se intentará consolidar conformar un “círculo
virtuoso” que tenga a Chile como plataforma suramericana (éste
se medirá especialmente a partir de los contactos con China,
India y Japón); que en el ámbito multilateral, el
fortalecimiento de instituciones y la generación de bienes
públicos serán los medios a emplear para mejorar el
“gobierno de la globalización” y que los intereses
marítimo son singularmente destacados como intereses primarios
(1).
Y también entendemos que en la relación con los
vecinos (que será motivo de una atención especial
y quizás hasta de una reforma institucional), el avance de
la relación con Argentina requerirá consolidación,
que con Bolivia se intentará generar un clima apropiado para
establecer un diálogo “sin exclusiones” y que
la “alianza de cooperación con el Perú”
deberá fortalecerse (idem).
Ciertamente estas resumidas premisas y sus implicancias pueden ser
objeto de debate académico, de especulación política
o de adhesión u oposición ciudadana más o menos
rápidas. Pero teniendo en cuenta la importancia que la relación
con Chile tiene para algunos interlocutores –entre ellos,
el Perú- es necesario contar con información más
desagregada para evaluar la perspectiva de la política exterior
chilena para los próximos cuatro años y sus posibilidades
de efectiva complementación.
A falta de estos elementos –que seguramente el Canciller
Foxley hará públicos en las semanas siguientes- nos
atendremos, de momento, a considerar esa perspectiva desde el punto
de vista la experiencia peruana actual y de las circunstancias más
visibles de algunos de los acontecimientos diplomáticos ocurridos
en Santiago durante la transmisión de mando.
Desde 1989 la relación peruano-chilena ha avanzado intensamente.
Sin embargo, si su orientación es de progreso, la falta de
solución de diferendos que involucran intereses primarios
(la controversia sobre límites marítimos), la recurrencia
de incidentes diplomáticos (muchos derivados de imprudencias
en el manejo de la creciente interdependencia económica),
los resultados ambiguos en la generación de medidas de fomento
de la confianza (y su escasa aplicación al campo no militar),
no pocos errores de juicio en la gestión política
y la persistencia en la brecha de distribución de beneficios
han contribuido a que la crisis complemente al progreso en la evolución
de esta compleja relación inhibiendo el tránsito a
una mayor complementariedad (que, ciertamente, no es sólo
económica).
Por lo demás, la relación peruano-chilena no ha estado
ausente de la influencia de Bolivia en la relación bilateral
reconfirmando una realidad: mientras dure el problema de la mediterraneidad
de ese Estado, la relación bilateral con cualquiera de las
partes tendrá siempre un condicionante trilateral. Bajo los
patrones tradicionales, éste no será necesariamente
constructivo.
De allí que la presencia del presidente boliviano en la
transmisión de mando en Chile sea tan importante para la
relación con el Perú y no sólo para la política
exterior chilena. En efecto, la presencia del presidente Morales
en Santiago –como antes, la del presidente Lagos en La Paz,
supera en importancia a todas las demás: no sólo ha
quebrado una cuestionable tradición histórica (nunca
había ocurrido) sino que cumplió la etapa previa a
la constitución formal del “diálogo sin exclusiones”
chileno-boliviano (lo que, en buen castellano, implica el trato
de la cuestión mediterránea y hasta el posible restablecimiento
de relaciones diplomáticas entre las partes).
Por su intención integradora y estabilizadora, este desarrollo
no sólo es beneficioso para los directamente interesados
sino que debe ser estimulado por el Perú. Pero, dependiendo
del avance que la política exterior chilena desee realizar
en la materia, el estímulo debe tener en cuenta por lo menos
tres factores.
El primero consiste en tener presente que la aproximación
no es nueva y que su última versión (realizada en
Algarbe a principios de siglo) incluyó tres etapas: la apertura
de toda la agenda sin incluir el tema de la mediterraneidad, el
trato específico de la cuestión de la mediterraneidad
y la consulta con los terceros interesados. El diálogo no
prosperó –entre otras razones, por incapacidad de interlocución
boliviana- y ciertamente los terceros interesados nunca fueron convocados.
En consecuencia se debe prever que para un diálogo boliviano-chileno
sobre un asunto de esencial dimensión bilateral ciertamente
se debe asegurar la capacidad de diálogo de las partes. Ello
supone estabilidad interna en Bolivia y flexibilidad de trato en
Chile. Dos gobiernos democráticos que inician su gestión
tendrán mayores probabilidades de éxito. Y los condicionamientos
internos (entre los que se encuentran el uso del gas boliviano –cuyo
régimen no ha sido aún definido- como instrumento
de negociación) deberán moderarse. Pero para la generación
del “ambiente apropiado” será indispensable,
además, consultar el interés del Perú (como,
en teoría, se estableció en Algarbe pero nunca se
realizó).
En segundo lugar, los gobiernos de Chile y Bolivia deberán
tener presente que el fracaso de las anteriores experiencias en
la materia ha implicado serios retrocesos en la relación
bilateral y la complicación de la relación con el
Perú cuando la parte que se considera perjudicada intenta
mejorar la relación con nuestro país a costa de la
otra. La reacción peruana tiende, en este caso, a seguir
el mismo patrón.
Por tanto, el diálogo chileno-boliviano no debe darse a
costa de la relación con el Perú y éste debe
prever alternativas de política (como un escenario trilateral
oficial u oficioso, por ejemplo) para evitar un juego de poder que
es históricamente pernicioso para los tres involucrados.
Finalmente, los gobiernos de Chile y de Bolivia deberán
tener presente que, a pesar de que el Perú no desea ser un
obstáculo para la satisfacción de la demanda boliviana
y de que apoya su causa, no podrá haber ninguna solución
a la misma que involucre territorios que fueron peruanos si peruanos
y chilenos no resuelven antes –o colateralmente- la controversia
sobre delimitación marítima. En tanto ésta
involucra un interés primario peruano, su postergación
en beneficio de terceros sencillamente no tendrá posibilidades
de éxito.
Para superar estas eventualidades es indispensable que el Perú
recupere el terreno diplomático perdido en Bolivia (en buena
cuenta, debido a la crisis interna boliviana) y que fortalezca la
relación con Chile (que luego, debiera adquirir un status
especial) para generar un polo de estabilidad y progreso en el Pacífico
Sur suramericano. Y que en relación a la problemática
chileno-boliviana proponga un mecanismo trilateral en el que los
intereses de todos puedan ser resueltos con criterios de integración.
Si éstas son algunas de las implicancias concretas de la
política exterior chilena, es claro que una exposición
detallada de la misma por las nuevas autoridades es indispensable.
(1) Programa de Gobierno, 2006-2010, Michelle Bachelet
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