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EDITORIAL
Argentina-Uruguay: un caso (peligroso) de ecologismo fundamentalista
Alejandro Deustua
6 de marzo de 2006
El ambientalismo ecológico (hay otros tipos) es una disciplina
que congrega a individuos generalmente liberales, pacíficos,
transnacionalmente responsables y científicamente sólidos
. Pero cuando su temática deviene en causa ideológica,
los fundamentalistas que escapan a su organización democrática
(los “partidos verdes”) pueden generar serios problemas
políticos, económicos y de seguridad.
De esto hay algún ejemplo. Por ejemplo, a mediados de la
década de los 80, integrantes de una organización
tan solvente como Greenpeace provocaron una confrontación
violenta con las fuerzas de seguridad francesas. Hoy en América
Latina, extremistas que alimentan el amasijo ideológico que
comparten con los postergados de la historia (generalmente, grupos
anarquistas y marxistas reciclados), con marginados sociales (los
efectivamente excluidos por el mercado) y con irredentistas “étnicos”
(mestizos que reclaman el “neoindigenismo” y sus “símbolos
” -la coca- como causas “sagradas”) pueden hacer
caer gobiernos (los casos de Bolivia y Ecuador).
Pero su eficacia no queda allí: también pueden generar
conflictos internacionales entre vecinos que mantienen buenas relaciones
políticas y diplomáticas. Si ello es hoy grave, en
otros tiempos estos conflictos inducidos habrían llevado
a niveles de confrontación mucho más peligrosos.
Entre ello, grupos como la Asamblea Ambiental de Gualyechú
(provincia de Entre Ríos, Argentina) han procedido al bloqueo
de dos puntos vitales de la comunicación entre Argentina
y Uruguay (el puente General San Martín, que une Fray Bentos
–Uruguay- con Gualyechú –Argentina-, y el puente
General José Artigas que vincula a Paysandú -Uruguay-
con Colón –Argentina-). El pretexto: su oposición
al establecimiento de dos plantas de procesamiento de pulpa de madera
en el departamento de Río Negro (Uruguay) que, a su juicio,
contaminarán el río Uruguay.
Es más, ese grupo ha incurrido en esta acción hostil
al compás del “grito nacional” por “el
ambiente, la vida, la dignidad y el trabajo” encontrando,
además del probable sustento de la ONG que los financia,
el apoyo del gobernador de la provincia de Entre Ríos. La
Cancillería y la Presidencia argentina no sólo no
se han preocupado de aplacar este acto hostil, sino que le han dado
legitimidad externa. El nacionalismo del peor origen regionalista
ha encontrado acá, curiosamente, un pretexto transnacional.
Sin darse cuenta de la naturaleza del problema –o sin querer
hacerlo- la insistencia argentina de que, efectivamente, la protesta
de los fundamentalistas entrerianos tiene sustento en un acuerdo
bilateral sobre el manejo del río Uruguay ha llevado al gobierno
uruguayo a plantear un reclamo ante las instancias pertinentes del
MERCOSUR y de la OEA y a considerar la posibilidad de llevar el
caso a la OMC y a la Corte Internacional Justicia.
¿Está realmente en peligro el río Uuguay y
su entorno?. Según las autorizaciones ambientales emitidas
por las autoridades uruguayas, no. Lo que, en su perspectiva, está
realmente en peligro es una inversión de US$ 1500 millones
en dos plantas de procesamiento de pulpa de madera (Ence –española-
invertirá US$ 500 millones y Botnia –finlandesa- invertirá
US$ 1000 millones en Fray Bentos) en una zona forestal que, según
la información oficial, asegura la adecuada gestión
de residuos y la ampliación del área de bosques.
¿Tienen sustento las garantías ambientales que ofrece
el gobierno uruguayo? Evidentemente sí desde el punto de
vista de sus autoridades. La respuesta del lado argentino es obviamente
no (pero ese gobierno no puede saberlo a cabalidad). Infortunadamente
para saberlo el gobierno argentino propone la paralización
de las obras por 90 días en lugar de una investigación
conjunta que no afecte la fase inocua del proyecto. En última
instancia, su conocimiento de los hechos no será pleno mientras
mantenga el compromiso con los sesgados bloqueadores de Gualyechú.
Mientras persita en ello, el gobierno del señor Kirchner
lamentablemente estará anunciando que no sólo no puede
o no desea restablecer el orden interno en ciertos lugares de su
país, sino que estará permitiendo que los “piqueteros”
influyan peligrosamente en su política exterior (algún
artículo de La Nación sostiene lo mismo), al tiempo
que vulnera el derecho internacional y deteriora aún más
el frágil clima de integración del MERCOSUR.
En efecto, hoy el libre tránsito y el libre intercambio normado
por tratados de ámbito global (la OMC) y regionales (el MERCOSUR)
están siendo violentados por ciudadanos argentinos con el
apoyo de su gobierno. Y ello está conduciendo al bloqueo
de facto, aunque parcial, de una economía pequeña
que, por sus particulares condiciones, depende muy intensamente
de la buena vinculación económica con sus vecinos.
Efectivamente, alrededor del 40% del comercio exterior uruguayo
se interrelaciona con el MERCOSUR. Aunque la relación más
intensa es con el Brasil, las exportaciones hacia Argentina bordearon
los US$ 250 millones el año pasado mientras los uruguayos
compraron de Argentina alrededor de US$ 900 millones. Si el segundo
socio uruguayo en la región intercambia con su vecino alrededor
de US$ 1150 millones anuales de un comercio exterior total de alrededor
de US$ 7 mil millones, estamos hablando del compromiso eventual
de la sexta parte de ese comercio. Con un agravante, los puentes
bloqueados son rutas por las que transita el comercio uruguayo hacia
Paraguay y Bolivia.
Pero eso no es todo. En tanto Uruguay es deficitario, los exportadores
argentinos son los más perjudicados por el bloqueo de los
piqueteros (una señal de política económica
que los interesados no podrán leer positivamente) mientras
que la industria del turismo estacional (que, en Uruguay, es un
fuerte componente del PBI) está seriamente afectada (50%
del flujo de turistas argentinos al Uruguay está siendo paralizado).
De otro lado, como alternativa (aunque la intención corresponde
a las colocaciones que ya realiza Uruguay en el mercado estadounidense),
el gobierno del señor Tabaré Vásquez ha actualizado
el intento de establecer algún tipo de acuerdo comercial
con Estados Unidos. Para ello, sin embargo, no sólo requiere
que los miembros del Frente Amplio accedan a revisar su programa
de gobierno, sino que el gobierno uruguayo tendrá que pasar
sobre los reparos de sus socios argentinos y brasileños que
consideran, equivocadamente, que un eventual TLC entre Uruguay y
Estados Unidos arruinaría el MERCOSUR.
El argumento no sólo es falso (por lo menos Brasil llegará
a un entendimiento comercial con la superpotencia en el mediano
o largo) sino que implica manifiesto abuso del poder: si Argentina
entorpece la inversión extranjera en Uruguay y daña
su comercio exterior, no puede, además, trabar la política
exterior uruguaya y pretender que esa posición sea considerada
como razonable y justa.
La política exterior argentina –y la del MERCOSUR-
se verán seriamente afectadas si persisten en este tipo de
prácticas coercitivas tanto abiertas como implícitas.
El deterioro será mayor si, además, permiten que ambientalistas
fundamentalistas ejerzan libremente de “piqueteros”
internacionales.
En el caso específico, Uruguay debe poder continuar con su
proyecto de inversiones y, en la fase preliminar del mismo, evaluar
con Argentina la solidez de las medidas ambientales que ha adoptado
para el caso en cuestión. El recurso a un mecanismo de solución
de controversias que ordene lo que haya que ordenar sin inhibir
la inversión es una alternativa razonable.
El proyecto, con los resguardos del caso, debe poder realizarse
en tanto no hay impedimento orgánico para ello (la zona no
es un santuario ecológico). Especialmente si en el lado argentino
ya existe la industria de la pulpa de madera. Al respecto asumimos
que los “piqueteros” argentinos no están protegiendo
su propia actividad económica. De ser así, el fundamentalismo
ecologista habrá encontrado otra razón de ser.
Fuentes: La Nación, Ministerio de Relaciones Exteriores
de la República Oriental del Uruguay, Cepal.
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